/ Si está visto que no sólo el futuro, sino también el pasado, entra en el terreno de la posibilidad /
I
Aspe seis, le había dictado la voz de una señora por teléfono, pero no anotó nada porque pensó que jamás podría olvidarse de una dirección con nombre tan sonoro. Pagó y salió del locutorio para sumergirse en la atmósfera flamante de la calle. Todo el sol del verano cayendo a pique esa mañana sobre el centro de Elx.
–Aspe seisss. Assspe sei.
Sonaba como una fórmula, como el título de un proyecto artístico o de ingeniería civil… En todo caso, el denominador común a todas las analogías parecía estar cifrado en esa palabra que inconscientemente sus labios dejaron escapar.
–Futuro.
Y una joven lusitana que venía en la dirección contraria, muy guapa con su vestidito de gasa, pero evidentemente agobiada por las bolsas de la compra, cazando al vuelo esa palabra perdida, respondió con un gesto despectivo que puso en evidencia su natural vanidoso. Seguro que interpretó un piropo. ¡Bien por ella!
A poco de andar encontró y tomó la calle indicada, bajando recto desde la avenida hacia el Palmeral, para luego, a la altura de Correos, girar a la derecha. Todas cosas que esa tal Marisa le había indicado por teléfono.
El cartel de la próxima calle, efectivamente, ponía “Aspe”, y la numeración partía allí de cero, puesto que se trataba de una cortada que empezaba a mitad de la cuadra. La calle Aspe se precipitaba en forma de rampa empinada en dirección a ese famoso “Palmeral” del que apenas entreveía, allá abajo y a lo lejos, el revoltijo amarillo y estático de sus copas.
El hecho de ver la referencia escrita allí, expuesta y al alcance de cualquier mortal, no disipó un punto las fantasías estimuladas por el sonido de semejante palabra desde que se la dijeron. Tanto que ni siquiera prestó atención al dato inminente de que se encontraba ya a muy pocos metros de su destino. La casa de esa tal Marisa, con quién se había puesto en contacto a través de un clasificado del diario “Información”.
“Se necesitan chicos para casa de servicios a caballeros en Elx”
II
En realidad el muchacho había viajado en tren desde Alicante, y ese primer día Marisa lo había recogido en coche en la puerta de la estación de autobuses de Elx. Pero como creo que no es justo andar con tantos devaneos en los cuentos, pensé que sería conveniente partir desde acá. Sólo que ahora creo que tampoco es justo que por criterios estéticos me abstenga de contarles cómo reconoció Marisa a Rubio en el portal de la estación, y a su vez, cómo este muchacho cayó en la cuenta de que se trataba de ella. Cosas tontas pero que, si mi intuición no falla, uno siempre se cuestiona a la hora de las citas a ciegas, propias o ajenas. Y al respecto, Rubio pudo comprobar por propia experiencia que todos esos temores y prejuicios se diluyen en el momento en que dos miradas extrañas y anhelantes se entrechocan para producir, como las espadas enemigas, la comunión de la chispa. La chispa en el ojo bueno de Marisa, que el derecho lo tenía arruinado y virola.
“¡Vaya pinta la de mi colega!”
Fue más o menos lo que pudo Rubio descifrar en los gestos de la señora del Seat rojo, el tiempo en que ella se demoraba en acercar el coche al cordón.
“¡Y a éste tío quién lo manda, a ver!”
Pero lo que la bizca dijo en realidad fue: “Sube”, empujando hacia fuera la puerta del coche.
Un autobús urbano hizo sonar la bocina apremiándolos y el muchacho apresuró su andar movedizo para zambullirse dentro.
– ¿Cómo te llamas?
–José –mintió pudorosamente el chico.
–José, yo soy Marisa. Encantada.
Y le tendió una mano laxa y regordeta, atiborrada de anillos de metal y piedras de fantasía. Las uñas, sin esmalte aunque prolijamente esculpidas, volvieron a tomar posición sobre la palanca de cambios cerrándose como una falange de hoplitas en posición de tortuga.
–No te molestará que me haya apresurado a bautizarte Rubén para el anuncio, ¿verdad? ¿Qué nombre acostumbras llevar?
– ¿Qué anuncio?
–El del periódico, chaval. Que ayer mismo, luego de que llamaras, mandé a poner para que salga hoy. No están las cosas para perder el tiempo.
Concluyó la frase bajando el volumen de la radio, con un gesto contrariado y a la vez mecánico, y echando miradas nerviosas por el retrovisor, inició una maniobra no reglamentaria para tomar la calle Aspe yendo en reversa, poco menos de media cuadra. Estacionó sobre la vereda y apagó el motor.
–Supongo que tienes experiencia en esto, verdad José.
–Sí.
–Con hombres, digo. ¿Ya has estado trabajando?
–Claro…, pero ¿dónde está el local?
Por toda respuesta Marisa descendió y lo esperó junto a la fachada de una casa antigua, con la puerta clausurada por una pesada persiana de madera. Cerrada más de la mitad, la persiana podrida amenazaba con desprender su guillotina sobre el plano de mármol del escalón de la entrada, elevado unos treinta centímetros de la línea de la vereda. Por el tramo que la persiana dejaba al descubierto, se alcanzaba a ver la parte baja de una puerta de madera de dos hojas, que pronto cedió silenciosa a la mano de Marisa.
Rubio empujaba la puerta del coche echando un vistazo a la redonda, mientras la mujer activaba el seguro antes de desaparecer como un duende, o un ratón, hacia el interior oscuro de la casa.
III
Una parte interesante de la conversación en el coche que también había decidido apresuradamente recortar:
–Déjame adivinar… eres argentino.
–Tibio, Tibio…
–Vaya, ¿sabes que eres un tipo raro?
Rubio no pudo reprimir una carcajada nerviosa que contagió saludablemente a la alcahueta y se expandió como un gas benéfico en toda la cabina.
–Eres guapo, masculino y muy reservado, tres cosas que no suelen darse en la gente de ambiente. Y ahora me sales con eso de que “Tibio, tibio”. ¿Cuánto misterio?
–Nada de misterio, Marisa. A lo sumo es que estoy un poco nervioso. Y con eso de “tibio, tibio” quiero decir que por un pelo no has acertado.
–Ya, ya. No me hagas caso. ¿Entonces…?
–Entonces, vengo de Montevideo, Uruguay. Un país pequeño, pegadito a la Argentina.
–Hay, qué bonito lo que dices –acompañando las palabras con una melancólica caída de cuello.
– ¿Conoce?
– ¿Que si conozco? Yo he nacido en Salto Uruguayo.
– ¡No me diga! Eso sí que es raro.
–Pero claro, no sé si a eso se le pueda llamar conocer. Mis recuerdos verdaderos recién comienzan en Madrid, donde me crié. Los otros son como espejismos hechos con imágenes que, de tanto machacar mi madre con sus cuentos y sus fotos, se me han quedado grabadas.
–Claro, es lo que suele pasar. Nunca sabremos lo que somos…
Pero a Marisa parecía ya no interesarle escuchar nada más que las voces removidas en su interior. Voces que evidentemente la complacían, muy a pesar de su dudosa legitimidad, porque aun así le devolvían o ayudaban a dar forma patente a ciertas partes oscurecidas de su historia, equis tesoros postergados y sepultados por los insondables caprichos de la vida en apremiantes situaciones de crecer y de tomar arbitrarias decisiones, tales como olvidar, tergiversar, entre tantas otras.
–Imágenes de un río gigantesco y oscuro –continuaba la señora–, ancho casi como el mar. Mi padre allá lejos, internado en la corriente, parado sobre una roca negra, a la pesca de esos famosos… ¿dorados? ¿Digo bien? Tú corrige.
El muchacho cabeceaba sonriente.
–Yo mirándolo desde la costa, tan pequeñita, vistiendo apenas un bombachudo y una gorra, a upa de mi pobre mamá. Las patitas en la corriente fría, que pasa como una tromba entre las rocas. Un olor penetrante a hierro… Si es que, ya te digo, hasta esos mínimos detalles se me han quedado grabados.
Rubio se dejaba llevar. Sonreía dentro de una nebulosa condensada en torno de tantas inesperadas referencias familiares. No obstante no dejaba mentalmente de pellizcar su conciencia para mantenerla alerta y a la altura cabal de la circunstancia. Lejos de ofenderse o espantarse, el chico condescendía con el arrebato de esa perfecta y, por lo mismo, potencialmente peligrosa extraña, yéndole a la par.
Porque, salvando las distancias, intuía un vínculo estrecho y, por así decirlo, espiritual, que lo ligaba a esa inescrupulosa prostituta devenida, a exigencias de la edad, en matrona de una casa de citas. Uruguaya, como él. Bizca de un ojo, como rengo desde hacía unos años también él (y esto a cuento de la dimensión somática que acaban por alcanzar ciertos estigmas). Esclava de un natural vicioso, autodestructivo, miserable, propenso a dejarse seducir por oscuras pasiones, y todavía encima el remate contundente de un detalle: la indeleble imaginación del padre como un punto difuso, lejano, inalcanzable, parado con su reel sobre una roca negra del Salto Uruguayo, concentrado en la utopía redentora del dorado.
– ¿Y cómo es que terminaron por volver? –fue lo que se le ocurrió en ese momento a Rubio preguntar.
–Eso es lo que nunca me supieron responder con claridad. Si estábamos en el cuarenta y pico, con todo el rollo de la segunda guerra, ¡a qué volver! Había un problema, ya, con mi abuelita, que en esos días se había quedado viuda, solita y pobre. Dicen que el abuelo se puso malo desde que partimos y a los pocos meses murió de tristeza. Papá le mandó dinero a la abuela para que tomara un vuelo desde Madrid, pero no había forma de convencerla de que subiera al avión. Total, que tuvo que abandonar un buen trabajo y viajar. Allí comenzaron los problemas. La vieja se plantó a cinco minutos de Barajas. Hizo parar el taxi, porque se orinó y otras cosas feas que no vienen a cuento.
–No lo puedo creer, jajajaja. Pero qué vieja loca…
– ¿Loca? ¿Qué dices? ¿Qué crees tú que tenía que hacer la pobre Concha en el Uruguay, con setenta años y el marido aun calentito bajo tierra?
– ¿Y entonces?
–Mi padre. ¡Pobre! Nada más fue llegar que ya lo estaban reclutando en un coche de estos de las películas. Casi dos años en reserva y otros tantos meses en un hospital, en B...
–Al diablo todos los proyectos.
–Pos, claro. Tuvimos que volver y aprender a vivir de la caridad que nos tuvieron unos primos de mi madre, y luego vine a enterarme de que también de cierto oficio que frecuentaban las mujeres. De dónde, al cabo de unos años, y ya por pura tradición familiar, resultó que yo también vine a aprender.
Mientras esperaban que el semáforo diera el verde para cruzar la avenida, se abrió un paréntesis de silencio. El tráfico de las doce y media del día figuraba un hormiguero removido entrando en pánico. Marisa encendió un cigarrillo, le dio dos o tres calada y lo escupió fuera. Acto seguido pulsó el levanta vidrios y puso al máximo el aire acondicionado. Actuaba como un hombre.
–A propósito –continuó–, ¿qué tal se trabaja en Uruguay? ¿Vienes de ejercer allí la prostitución?
–Con el nombre de Lucas, cierta noche de juerga, me ofrecí a unos caballeros. Por pura curiosidad.
– ¿Cuántos eran?
–Diez, o doce.
–Eso está muy bien. ¿Y te dejaste penetrar?
–No fue necesario. Los tipos querían otra cosa.
– ¡No veas!, siempre pasa lo mismo con esos cochinos. Y cómo vienes de adelante.
–19 x 5.
– ¡Jolines! Ten cuidado entonces con las chicas.
– ¿Qué chicas?
– ¡Mis chicas! Ya te las presentaré. Ellas también son argentinas.
–¿…?
–Todavía conserváis la piel caliente allí. ¿Cuál es el secreto?
IV
Ahora sí llegamos al portal. Bajando a pie desde la avenida, o aparcando el Seat rojo de Marisa. Como más les guste. La cuestión es que hay un cartelito en la pared que pone “6” al lado de la persiana de madera bajada hasta un poco más de la mitad. Agachándose para poder entrar, y empujando una de las hojas de la puerta, el tintinear de un llamador de cuentas de vidrio les da la bienvenida.
– ¡Hola chicas! ¿Dónde estáis bonitas?
La primera sala está en penumbra. El mobiliario huele a madera, metal y género pesado. Con un fondo musical de radio, que proviene de una habitación del ala izquierda, poco a poco van apareciendo, en los estantes, los contornos de un millar de baratijas de diseño hortera, de otros siglos: un candelabro judío, con sus siete brazos de bronce oscurecido, el destello de la platería y un juego completo de té, chino, dentro de una vitrina, miles de abanicos y muñecas antiguas de porcelana desconchada, gobelinos desteñidos enrareciendo el aire con un tufo agrio.
–Ven, es por aquí. Recuerda lo que te he dicho, de otra manera se terminará pronto el negocio.
Las chicas fumaban a pata suelta en una sala contigua. Tenían puesta en la radio una emisora de latinos y todo olía a quitaesmalte y musk. Era como haber entrado en una peluquería, o una pequeña fábrica de ropa. Dos sofás unidos en ángulo, atiborrados de cojines con motivo de cebra, en torno de una mesita baja con superficie de vidrio protegiendo una estampa japonesa, desleída. Y aquellas dos muchachas de rojo. Parecían hermanas.
–Les presento a Pepe. Rubén, para los clientes. Y, ¿a que no se lo imaginan? Es argentino, como vosotras.
Las chicas levantaron con afectación la vista de sus uñas. Estudiaron con ojillos penetrantes al recién llegado, con las limas suspendidas a mitad del trayecto, para luego estallar en una contagiosa carcajada.
–Ya, Ya. No tenéis por qué burlaros ¿A que es guapo?
–Guapísimo, doña Marisa, si no es del joven que nos reímos.
Rubio, abochornado, pidió a sus santos la chance de despertar o desaparecer.
–Qué pena, madrecita, que no recuerde que somos venezolanas.
–A ver. Claro que lo recuerdo, niñas. Es que he querido decir que sois todos de Suramérica.
Para entonces, las chicas se ponían de pie y saludaban al novato con besos frescos, muy cerca de la comisura.
La madama contemplaba encantada el cuadro de su cándido corrillo, suspirando con un dejo de envidia sana frente los pormenores del alegre recibimiento. Echó un par de veces un vistazo a su reloj pulsera con el rabillo del ojo bueno, luego de lo cual hizo un gesto conclusivo de palmearse rítmicamente los muslos sobre la falda.
–Los voy a dejar solos un rato. Tengo cosas que hacer. Sobre las dos estaré de vuelta con el almuerzo, así que ahora, a trabajar.
Y antes de salir:
–Pepe, acércate. Voy a confiarte mi móvil para que trabajes. Es el que hice figurar en el anuncio, hasta que tengas uno propio.
El chico se acercó, visiblemente emocionado, y estiró la mano para tomar el diminuto aparato.
–Puede que llamen unos muchachos de Murcia: Carlos y Fernanda, si mal no recuerdo. Indícales cómo llegar. Por lo pronto, te deseo mucha suerte, y ya sabes… Pos, nada.
Y se fue, guiñándoles el único ojo vivo. Y el chasquido imperceptible de los párpados pintados al cerrarse continuó vigente en el aire hasta mucho tiempo después de que hubo salido.
V
–Mi niñito quedó en Caracas, con mi madre… –globitos de historieta, de sueño o de pensamiento, proyectados hacia arriba, con un gesto de ojos anegadizos, por encima de la crisma, la de cabello rojo.
–¡Ay, mi Papito, que está en Miami…! –apresurada, y en el mismo tono lastimero que la otra, la morena–. Me prometió venir en diciembre para casarnos. Él no sabe nada de esto, claro…
Rubio escuchaba con atención, guardando pudoroso silencio, apenas preguntándose por qué esas dos profesionales del sexo completo necesitarían excusarse así, justamente, frente a él.
–Que es como te lo he dicho, yo tampoco vine a Europa para esto, sino para ser artista…
Esta última era Moni, la pelirroja. Morena de facciones, pero de tez muy blanca y delicada, Mónica se lamentaba de haber sido siempre una “muchacha de familia”, allá en Caracas, y con “varios oportunos pretendientes a sus pies”. Pero después de terminar el Bachillerato, con sobrado puntaje, había ingresado al magisterio, y al poco tiempo había quedado deslumbrada por la imponte figura de un tal Renato Noe, quien coordinaba los cursos de dramaturgia en el instituto. Un hombre mayor, soltero o viudo, en plena decadencia de su carrera actoral, pero cuya virilidad todavía era ponderadísima entre las jóvenes. El tal fulano, luego de inflamar a Moni de una ardiente pasión y de un embrión inoportuno, la había abandonado por otra admiradora menor, con quien finalmente se casó.
–Se llama Jeremías –concluyó llorosa–, mi bebe. Un bonito nombre que recordé, durante el parto, de los cuentos de la Biblia que me contaba mi abuelita.
Hubo entonces un largo bache de silencio. Un tiempo muerto en el que no podría afirmarse, ya a esta altura, si Musi, la morochita, y el chico nuevo lloraban o sonreían.
–¿Y tú? –soltó de prepo la pelirroja, luego de reponerse, dirigiéndose al muchacho.
–¿Yo…? ¡Ah!, mjm. Nada raro. Mi hermano se casó con mi novia.
–¡No digas! –exclamó Moni.
–Si sabré yo algo de esas cosas… –atinó a continuar Musi, acongojada.
–Calla, déjalo que continúe…
–Casi diez años de pareja, ¡Ja! Ehh… ella, resultó que más de seis con los dos al mismo tiempo, así que… aquí me tienen. No sé qué tendrá que ver lo que le digo con su pregunta…, señora.
–¡Ya, cariño!, nada de “su”, ni “señora”. Llámame Mónica.
–Mónica. Guay…, Yo me…
–¡Moni!, prefiero… Y aquí, la amiga Música. Ya ves, en inglés suena como un lema muy chévere: Money & Music. ¡Dinero y Música!
–… me llamo Rubio –concluyó el chico.
–… y no te reprimas, tesorito… ¡¿Quéeee?! ¿Rubio? ¿Oyes, Musi? Se llama “Rubio”.
–¡Pero si eres morocho!, ¡Qué gracia!
–En realidad me llamo Hernán, pero de niño me dicen Rubio.
–¿Y se puede saber por qué?
El muchacho se sonrojó. Y luego de levantarse, carraspear y ponerse a dar vueltas sin sentido alrededor de la sala, dijo que por ahora prefería pasar sobre el tema.
–Es una cosa muy íntima…, digamos, un lunar, o un “defecto” de nacimiento. Pero tranquilas, nada que pueda contagiar ni matarme.
Las chicas, intrigadas, guardaron respetuosamente compostura, pero con muestras evidentes de haber quedado afectadas por el enigma que el chico había dejado a medio resolver.
Musi continuó trabajando sus uñas perfectas con la lima, mientras que Moni revisaba su teléfono con afectada concentración.
–Claro –se decidió por fin la morocha a continuar–, entiendo que los hijos marcan un rumbo muchisísimo más severo. Son para siempre. Lo mismo que el vínculo que naturalmente crean entre los padres. Pero no se olviden que el amor, sobre todo cuando es el primero, por más que no se realice en hijos, deja una marca imborrable. Y si cuando estábamos juntos, yo y Papito, allá en Caracas, ni todo el amor del mundo vino a impedir que nos separáramos…
Y aquí empezó el llanto a raudales.
–¿Para lo que tengo que hacer yo acá en España? ¡Si sabré quién consiguió meterle en la cabeza eso de hacerse rico yéndose a Miami!
Rubio, al principio, también lloró un poquito, viendo cómo la hasta hace unos minutos impenetrable alegría de la morocha se desmoronaba. Y como no sabía qué hacer, hizo lo que vio hacer a la otra compañera. Acercar el cuerpo. Entibiar. Sostener el exangüe cuello con cariñosas prensas manos y, por último, también besar. Besar, de a dos, la piel delicada y humedecida de lágrimas del escote de una chica de 25 años. Beber, de pronto y como sin querer, la sal de ciento cincuenta mil millones de turgentes y calientes arribas o senos o bocas de mujeres a la deriva, en un mundo en donde la desgracia, para ellas, significa incluso un poco más que la palabra “nada”. Y el chico, que sin quererlo, con ser un hombre, también lo significaba. La nada besante. El escozor que sentía en lo más descubierto que encontró entonces siendo su espalda. Sus hombros, el torso, el pecho neumático, entre tantos otros poderes que Musi le venía a descubrir con su reclamo. ¡Qué hermosos estaban!
Y entonces, sin reparo, el chico se bajó los pantalones para exponer su vientre payo a las muchachas. Un vello lacio y casi invisible, como decolorado, que apenas alcanzaba a ensombrecer una cuarta del tronco de un pene fuera de lo común. Algo verdaderamente inédito, pero para nada monstruoso, si no de finas y delicadas proporciones. Una vena púrpura, de un calibre que en ocasiones es posible ver en el reverso de ciertos atléticos antebrazos, afirmaba la estructura de la máquina.
Con la misma velocidad el chico volvió a cubrirse, y antes de que cualquiera de las dos latinas recuperara el aliento, se despatarró en el extremo más alejado de los sofás de cebra, sacó un cigarrillo y se puso a fumar.
Sonó un teléfono. Moni hurgó con su delicada manita de uñas esculpidas dentro de un bolsito blanco y, luego de aclararse la garganta, contestó.
–Aló… Venga, padrecito, tú dirás cuánto dinero quieres gastar… Sí, papi, se me da muy bien. Sí. Sí… Pero deja ya de gastar en móvil y vente para aquí, tenemos todo lo que se te ocurra… Ya, ese es el coste, tú decides. Hasta ahora, guapo.
Mientras tanto, Musi había subido el volumen de la radio y bailaba, haciéndole ademanes al muchacho para que la acompañara.
–Esto se merece un brindis, ¿no os parece? ¡Vaya polla la que traes, Rubio! Con lo pequeño que eres.
– ¡Sálveme Dios, chiquillo! –exclamó Moni, todavía empuñando el teléfono–, que traes mucho más de 20x5 allí. Eres un fenómeno.
–Además de guapo. Te llenarás de dinero, pero no creo que este sea el lugar adecuado. Tú mereces algo mejor. Quizás en Murcia…, pero ¡qué digo!, Barcelona y Madrid a ti te quedan chico. ¿Qué edad dices que tienes?
–Diecinueve.
– ¡Diecinueve!, pero chico, ¿qué haces que no estás en la escuela?
–Ya terminé el colegio, ¿qué creíais?
– ¿Y tus padres, saben de esto que haces?
–Claro que no. Mi padre, hoy día, es presidente de Uruguay. Ni se entera de mí. Y mi mamá se murió. Es decir, acaba de morirse hace unos meses. Un accidente de coche, saliendo de Villajoyosa. Quizás escucharon hablar…
–Ya decía yo que esto merecía un brindis. ¿Quieres ir hasta la granja en busca de cerveza? Aquí tienes. Todas las latas que te alcance.
–De acuerdo.
VI
Antes de salir, el chico manoteó su teléfono y el dinero que le extendía Musi. No sin un contenido arrebato de pudor, esto último, ya que su triste realidad era, desde hace un tiempo, traer bolsillos vacíos. Pero qué felicidad cuando el llamador de cristales de la puerta ejecutó su música, dándole paso y sosiego a ciertos lógicos temores de Rubio de que la jefa los haya dejado encerrados. Se apresuró entonces a escurrirse como una laucha por el hueco que dejaba la persiana.
El empedrado de la calle Aspe reverberaba bajo un sol de pleno mediodía que partía la tierra y lo obligó a calzarse las gafas oscuras. Sonrió. La música y el alboroto de las chicas seguía escuchándose desde afuera. Remontando con la vista la calle en ambas direcciones, reconoció, a pocos metros, el toldo de una tienda de alimentación. Cruzó la calle y se metió en el local acondicionado.
Mientras esperaba junto al mostrador a que alguien lo atendiera, echó un vistazo a un anuncio manuscrito, pegado en el costado de la cortadora de fiambre.
“Se necesita monitor particular para niño con problemas de dislexia. Por contactos, consultar aquí.”
Epílogo
Carlos y Fernanda finalmente llamaron y aparecieron en casa de Marisa sobre las seis. Para entonces la alcahueta había regresado y vuelto a salir varias veces, fastidiada por que la única que había sabido concretar una visita aquella tarde fue Musi. Carlos era un gitanito tostado, de aproximadamente 27 años, temperamental y escueto con las palabras. Se puede decir que eso era todo lo que tenía de guapo. Pasó la tarde fumando porros y conversando con Pepe en una sala de espera del ala posterior de la casa, diminuta y pintada de rosa, con una heladerita, que, pronto descubrieron, estaba llena de latas de cerveza Cruz Campo, y una litera, o camilla, arrimada a la pared izquierda. Ambos simulaban estar atentos a sus teléfonos cada vez que la charla naufragaba.
Mientras tanto, en la primera habitación, las chicas derivaban a merced del estimulante relato de Fernanda, una travesti valenciana de apenas 18 años que se jactaba de haber invertido más de un millón de pesetas en cirugías. Vestía un enterito de jean celeste sobre una prenda elastizada color sandía. Algo que podía ser un body o una camiseta de breteles, que le favorecía mucho el arriba, pálido, escotado, en torno de un par de senos discretos de pezones en forma de estrella.
Mostró que en el costado no tenía rollos. Que el vientre estaba recuperándose de una lipo reciente ...
Fernando Callero
Santo Tomé – Santa Fe
Febrero de 2006
25.2.06
Aspe seis
/ Si está visto que no sólo el futuro, sino también el pasado, entra en el terreno de la posibilidad /
I
Aspe seis, le había dictado la voz de una señora por teléfono, pero no anotó nada porque pensó que jamás podría olvidarse de una dirección con nombre tan sonoro. Pagó y salió del locutorio para sumergirse en la atmósfera flamante de la calle. Todo el sol del verano cayendo a pique esa mañana sobre el centro de Elx.
–Aspe seisss. Assspe sei.
Sonaba como una fórmula, como el título de un proyecto artístico o de ingeniería civil… En todo caso, el denominador común a todas las analogías parecía estar cifrado en esa palabra que inconscientemente sus labios dejaron escapar.
–Futuro.
Y una joven lusitana que venía en la dirección contraria, muy guapa con su vestidito de gasa, pero evidentemente agobiada por las bolsas de la compra, cazando al vuelo esa palabra perdida, respondió con un gesto despectivo que puso en evidencia su natural vanidoso. Seguro que interpretó un piropo. ¡Bien por ella!
A poco de andar encontró y tomó la calle indicada, bajando recto desde la avenida hacia el Palmeral, para luego, a la altura de Correos, girar a la derecha. Todas cosas que esa tal Marisa le había indicado por teléfono.
El cartel de la próxima calle, efectivamente, ponía “Aspe”, y la numeración partía allí de cero, puesto que se trataba de una cortada que empezaba a mitad de la cuadra. La calle Aspe se precipitaba en forma de rampa empinada en dirección a ese famoso “Palmeral” del que apenas entreveía, allá abajo y a lo lejos, el revoltijo amarillo y estático de sus copas.
El hecho de ver la referencia escrita allí, expuesta y al alcance de cualquier mortal, no disipó un punto las fantasías estimuladas por el sonido de semejante palabra desde que se la dijeron. Tanto que ni siquiera prestó atención al dato inminente de que se encontraba ya a muy pocos metros de su destino. La casa de esa tal Marisa, con quién se había puesto en contacto a través de un clasificado del diario “Información”.
“Se necesitan chicos para casa de servicios a caballeros en Elx”
II
En realidad el muchacho había viajado en tren desde Alicante, y ese primer día Marisa lo había recogido en coche en la puerta de la estación de autobuses de Elx. Pero como creo que no es justo andar con tantos devaneos en los cuentos, pensé que sería conveniente partir desde acá. Sólo que ahora creo que tampoco es justo que por criterios estéticos me abstenga de contarles cómo reconoció Marisa a Rubio en el portal de la estación, y a su vez, cómo este muchacho cayó en la cuenta de que se trataba de ella. Cosas tontas pero que, si mi intuición no falla, uno siempre se cuestiona a la hora de las citas a ciegas, propias o ajenas. Y al respecto, Rubio pudo comprobar por propia experiencia que todos esos temores y prejuicios se diluyen en el momento en que dos miradas extrañas y anhelantes se entrechocan para producir, como las espadas enemigas, la comunión de la chispa. La chispa en el ojo bueno de Marisa, que el derecho lo tenía arruinado y virola.
“¡Vaya pinta la de mi colega!”
Fue más o menos lo que pudo Rubio descifrar en los gestos de la señora del Seat rojo, el tiempo en que ella se demoraba en acercar el coche al cordón.
“¡Y a éste tío quién lo manda, a ver!”
Pero lo que la bizca dijo en realidad fue: “Sube”, empujando hacia fuera la puerta del coche.
Un autobús urbano hizo sonar la bocina apremiándolos y el muchacho apresuró su andar movedizo para zambullirse dentro.
– ¿Cómo te llamas?
–José –mintió pudorosamente el chico.
–José, yo soy Marisa. Encantada.
Y le tendió una mano laxa y regordeta, atiborrada de anillos de metal y piedras de fantasía. Las uñas, sin esmalte aunque prolijamente esculpidas, volvieron a tomar posición sobre la palanca de cambios cerrándose como una falange de hoplitas en posición de tortuga.
–No te molestará que me haya apresurado a bautizarte Rubén para el anuncio, ¿verdad? ¿Qué nombre acostumbras llevar?
– ¿Qué anuncio?
–El del periódico, chaval. Que ayer mismo, luego de que llamaras, mandé a poner para que salga hoy. No están las cosas para perder el tiempo.
Concluyó la frase bajando el volumen de la radio, con un gesto contrariado y a la vez mecánico, y echando miradas nerviosas por el retrovisor, inició una maniobra no reglamentaria para tomar la calle Aspe yendo en reversa, poco menos de media cuadra. Estacionó sobre la vereda y apagó el motor.
–Supongo que tienes experiencia en esto, verdad José.
–Sí.
–Con hombres, digo. ¿Ya has estado trabajando?
–Claro…, pero ¿dónde está el local?
Por toda respuesta Marisa descendió y lo esperó junto a la fachada de una casa antigua, con la puerta clausurada por una pesada persiana de madera. Cerrada más de la mitad, la persiana podrida amenazaba con desprender su guillotina sobre el plano de mármol del escalón de la entrada, elevado unos treinta centímetros de la línea de la vereda. Por el tramo que la persiana dejaba al descubierto, se alcanzaba a ver la parte baja de una puerta de madera de dos hojas, que pronto cedió silenciosa a la mano de Marisa.
Rubio empujaba la puerta del coche echando un vistazo a la redonda, mientras la mujer activaba el seguro antes de desaparecer como un duende, o un ratón, hacia el interior oscuro de la casa.
III
Una parte interesante de la conversación en el coche que también había decidido apresuradamente recortar:
–Déjame adivinar… eres argentino.
–Tibio, Tibio…
–Vaya, ¿sabes que eres un tipo raro?
Rubio no pudo reprimir una carcajada nerviosa que contagió saludablemente a la alcahueta y se expandió como un gas benéfico en toda la cabina.
–Eres guapo, masculino y muy reservado, tres cosas que no suelen darse en la gente de ambiente. Y ahora me sales con eso de que “Tibio, tibio”. ¿Cuánto misterio?
–Nada de misterio, Marisa. A lo sumo es que estoy un poco nervioso. Y con eso de “tibio, tibio” quiero decir que por un pelo no has acertado.
–Ya, ya. No me hagas caso. ¿Entonces…?
–Entonces, vengo de Montevideo, Uruguay. Un país pequeño, pegadito a la Argentina.
–Hay, qué bonito lo que dices –acompañando las palabras con una melancólica caída de cuello.
– ¿Conoce?
– ¿Que si conozco? Yo he nacido en Salto Uruguayo.
– ¡No me diga! Eso sí que es raro.
–Pero claro, no sé si a eso se le pueda llamar conocer. Mis recuerdos verdaderos recién comienzan en Madrid, donde me crié. Los otros son como espejismos hechos con imágenes que, de tanto machacar mi madre con sus cuentos y sus fotos, se me han quedado grabadas.
–Claro, es lo que suele pasar. Nunca sabremos lo que somos…
Pero a Marisa parecía ya no interesarle escuchar nada más que las voces removidas en su interior. Voces que evidentemente la complacían, muy a pesar de su dudosa legitimidad, porque aun así le devolvían o ayudaban a dar forma patente a ciertas partes oscurecidas de su historia, equis tesoros postergados y sepultados por los insondables caprichos de la vida en apremiantes situaciones de crecer y de tomar arbitrarias decisiones, tales como olvidar, tergiversar, entre tantas otras.
–Imágenes de un río gigantesco y oscuro –continuaba la señora–, ancho casi como el mar. Mi padre allá lejos, internado en la corriente, parado sobre una roca negra, a la pesca de esos famosos… ¿dorados? ¿Digo bien? Tú corrige.
El muchacho cabeceaba sonriente.
–Yo mirándolo desde la costa, tan pequeñita, vistiendo apenas un bombachudo y una gorra, a upa de mi pobre mamá. Las patitas en la corriente fría, que pasa como una tromba entre las rocas. Un olor penetrante a hierro… Si es que, ya te digo, hasta esos mínimos detalles se me han quedado grabados.
Rubio se dejaba llevar. Sonreía dentro de una nebulosa condensada en torno de tantas inesperadas referencias familiares. No obstante no dejaba mentalmente de pellizcar su conciencia para mantenerla alerta y a la altura cabal de la circunstancia. Lejos de ofenderse o espantarse, el chico condescendía con el arrebato de esa perfecta y, por lo mismo, potencialmente peligrosa extraña, yéndole a la par.
Porque, salvando las distancias, intuía un vínculo estrecho y, por así decirlo, espiritual, que lo ligaba a esa inescrupulosa prostituta devenida, a exigencias de la edad, en matrona de una casa de citas. Uruguaya, como él. Bizca de un ojo, como rengo desde hacía unos años también él (y esto a cuento de la dimensión somática que acaban por alcanzar ciertos estigmas). Esclava de un natural vicioso, autodestructivo, miserable, propenso a dejarse seducir por oscuras pasiones, y todavía encima el remate contundente de un detalle: la indeleble imaginación del padre como un punto difuso, lejano, inalcanzable, parado con su reel sobre una roca negra del Salto Uruguayo, concentrado en la utopía redentora del dorado.
– ¿Y cómo es que terminaron por volver? –fue lo que se le ocurrió en ese momento a Rubio preguntar.
–Eso es lo que nunca me supieron responder con claridad. Si estábamos en el cuarenta y pico, con todo el rollo de la segunda guerra, ¡a qué volver! Había un problema, ya, con mi abuelita, que en esos días se había quedado viuda, solita y pobre. Dicen que el abuelo se puso malo desde que partimos y a los pocos meses murió de tristeza. Papá le mandó dinero a la abuela para que tomara un vuelo desde Madrid, pero no había forma de convencerla de que subiera al avión. Total, que tuvo que abandonar un buen trabajo y viajar. Allí comenzaron los problemas. La vieja se plantó a cinco minutos de Barajas. Hizo parar el taxi, porque se orinó y otras cosas feas que no vienen a cuento.
–No lo puedo creer, jajajaja. Pero qué vieja loca…
– ¿Loca? ¿Qué dices? ¿Qué crees tú que tenía que hacer la pobre Concha en el Uruguay, con setenta años y el marido aun calentito bajo tierra?
– ¿Y entonces?
–Mi padre. ¡Pobre! Nada más fue llegar que ya lo estaban reclutando en un coche de estos de las películas. Casi dos años en reserva y otros tantos meses en un hospital, en B...
–Al diablo todos los proyectos.
–Pos, claro. Tuvimos que volver y aprender a vivir de la caridad que nos tuvieron unos primos de mi madre, y luego vine a enterarme de que también de cierto oficio que frecuentaban las mujeres. De dónde, al cabo de unos años, y ya por pura tradición familiar, resultó que yo también vine a aprender.
Mientras esperaban que el semáforo diera el verde para cruzar la avenida, se abrió un paréntesis de silencio. El tráfico de las doce y media del día figuraba un hormiguero removido entrando en pánico. Marisa encendió un cigarrillo, le dio dos o tres calada y lo escupió fuera. Acto seguido pulsó el levanta vidrios y puso al máximo el aire acondicionado. Actuaba como un hombre.
–A propósito –continuó–, ¿qué tal se trabaja en Uruguay? ¿Vienes de ejercer allí la prostitución?
–Con el nombre de Lucas, cierta noche de juerga, me ofrecí a unos caballeros. Por pura curiosidad.
– ¿Cuántos eran?
–Diez, o doce.
–Eso está muy bien. ¿Y te dejaste penetrar?
–No fue necesario. Los tipos querían otra cosa.
– ¡No veas!, siempre pasa lo mismo con esos cochinos. Y cómo vienes de adelante.
–19 x 5.
– ¡Jolines! Ten cuidado entonces con las chicas.
– ¿Qué chicas?
– ¡Mis chicas! Ya te las presentaré. Ellas también son argentinas.
–¿…?
–Todavía conserváis la piel caliente allí. ¿Cuál es el secreto?
IV
Ahora sí llegamos al portal. Bajando a pie desde la avenida, o aparcando el Seat rojo de Marisa. Como más les guste. La cuestión es que hay un cartelito en la pared que pone “6” al lado de la persiana de madera bajada hasta un poco más de la mitad. Agachándose para poder entrar, y empujando una de las hojas de la puerta, el tintinear de un llamador de cuentas de vidrio les da la bienvenida.
– ¡Hola chicas! ¿Dónde estáis bonitas?
La primera sala está en penumbra. El mobiliario huele a madera, metal y género pesado. Con un fondo musical de radio, que proviene de una habitación del ala izquierda, poco a poco van apareciendo, en los estantes, los contornos de un millar de baratijas de diseño hortera, de otros siglos: un candelabro judío, con sus siete brazos de bronce oscurecido, el destello de la platería y un juego completo de té, chino, dentro de una vitrina, miles de abanicos y muñecas antiguas de porcelana desconchada, gobelinos desteñidos enrareciendo el aire con un tufo agrio.
–Ven, es por aquí. Recuerda lo que te he dicho, de otra manera se terminará pronto el negocio.
Las chicas fumaban a pata suelta en una sala contigua. Tenían puesta en la radio una emisora de latinos y todo olía a quitaesmalte y musk. Era como haber entrado en una peluquería, o una pequeña fábrica de ropa. Dos sofás unidos en ángulo, atiborrados de cojines con motivo de cebra, en torno de una mesita baja con superficie de vidrio protegiendo una estampa japonesa, desleída. Y aquellas dos muchachas de rojo. Parecían hermanas.
–Les presento a Pepe. Rubén, para los clientes. Y, ¿a que no se lo imaginan? Es argentino, como vosotras.
Las chicas levantaron con afectación la vista de sus uñas. Estudiaron con ojillos penetrantes al recién llegado, con las limas suspendidas a mitad del trayecto, para luego estallar en una contagiosa carcajada.
–Ya, Ya. No tenéis por qué burlaros ¿A que es guapo?
–Guapísimo, doña Marisa, si no es del joven que nos reímos.
Rubio, abochornado, pidió a sus santos la chance de despertar o desaparecer.
–Qué pena, madrecita, que no recuerde que somos venezolanas.
–A ver. Claro que lo recuerdo, niñas. Es que he querido decir que sois todos de Suramérica.
Para entonces, las chicas se ponían de pie y saludaban al novato con besos frescos, muy cerca de la comisura.
La madama contemplaba encantada el cuadro de su cándido corrillo, suspirando con un dejo de envidia sana frente los pormenores del alegre recibimiento. Echó un par de veces un vistazo a su reloj pulsera con el rabillo del ojo bueno, luego de lo cual hizo un gesto conclusivo de palmearse rítmicamente los muslos sobre la falda.
–Los voy a dejar solos un rato. Tengo cosas que hacer. Sobre las dos estaré de vuelta con el almuerzo, así que ahora, a trabajar.
Y antes de salir:
–Pepe, acércate. Voy a confiarte mi móvil para que trabajes. Es el que hice figurar en el anuncio, hasta que tengas uno propio.
El chico se acercó, visiblemente emocionado, y estiró la mano para tomar el diminuto aparato.
–Puede que llamen unos muchachos de Murcia: Carlos y Fernanda, si mal no recuerdo. Indícales cómo llegar. Por lo pronto, te deseo mucha suerte, y ya sabes… Pos, nada.
Y se fue, guiñándoles el único ojo vivo. Y el chasquido imperceptible de los párpados pintados al cerrarse continuó vigente en el aire hasta mucho tiempo después de que hubo salido.
V
–Mi niñito quedó en Caracas, con mi madre… –globitos de historieta, de sueño o de pensamiento, proyectados hacia arriba, con un gesto de ojos anegadizos, por encima de la crisma, la de cabello rojo.
–¡Ay, mi Papito, que está en Miami…! –apresurada, y en el mismo tono lastimero que la otra, la morena–. Me prometió venir en diciembre para casarnos. Él no sabe nada de esto, claro…
Rubio escuchaba con atención, guardando pudoroso silencio, apenas preguntándose por qué esas dos profesionales del sexo completo necesitarían excusarse así, justamente, frente a él.
–Que es como te lo he dicho, yo tampoco vine a Europa para esto, sino para ser artista…
Esta última era Moni, la pelirroja. Morena de facciones, pero de tez muy blanca y delicada, Mónica se lamentaba de haber sido siempre una “muchacha de familia”, allá en Caracas, y con “varios oportunos pretendientes a sus pies”. Pero después de terminar el Bachillerato, con sobrado puntaje, había ingresado al magisterio, y al poco tiempo había quedado deslumbrada por la imponte figura de un tal Renato Noe, quien coordinaba los cursos de dramaturgia en el instituto. Un hombre mayor, soltero o viudo, en plena decadencia de su carrera actoral, pero cuya virilidad todavía era ponderadísima entre las jóvenes. El tal fulano, luego de inflamar a Moni de una ardiente pasión y de un embrión inoportuno, la había abandonado por otra admiradora menor, con quien finalmente se casó.
–Se llama Jeremías –concluyó llorosa–, mi bebe. Un bonito nombre que recordé, durante el parto, de los cuentos de la Biblia que me contaba mi abuelita.
Hubo entonces un largo bache de silencio. Un tiempo muerto en el que no podría afirmarse, ya a esta altura, si Musi, la morochita, y el chico nuevo lloraban o sonreían.
–¿Y tú? –soltó de prepo la pelirroja, luego de reponerse, dirigiéndose al muchacho.
–¿Yo…? ¡Ah!, mjm. Nada raro. Mi hermano se casó con mi novia.
–¡No digas! –exclamó Moni.
–Si sabré yo algo de esas cosas… –atinó a continuar Musi, acongojada.
–Calla, déjalo que continúe…
–Casi diez años de pareja, ¡Ja! Ehh… ella, resultó que más de seis con los dos al mismo tiempo, así que… aquí me tienen. No sé qué tendrá que ver lo que le digo con su pregunta…, señora.
–¡Ya, cariño!, nada de “su”, ni “señora”. Llámame Mónica.
–Mónica. Guay…, Yo me…
–¡Moni!, prefiero… Y aquí, la amiga Música. Ya ves, en inglés suena como un lema muy chévere: Money & Music. ¡Dinero y Música!
–… me llamo Rubio –concluyó el chico.
–… y no te reprimas, tesorito… ¡¿Quéeee?! ¿Rubio? ¿Oyes, Musi? Se llama “Rubio”.
–¡Pero si eres morocho!, ¡Qué gracia!
–En realidad me llamo Hernán, pero de niño me dicen Rubio.
–¿Y se puede saber por qué?
El muchacho se sonrojó. Y luego de levantarse, carraspear y ponerse a dar vueltas sin sentido alrededor de la sala, dijo que por ahora prefería pasar sobre el tema.
–Es una cosa muy íntima…, digamos, un lunar, o un “defecto” de nacimiento. Pero tranquilas, nada que pueda contagiar ni matarme.
Las chicas, intrigadas, guardaron respetuosamente compostura, pero con muestras evidentes de haber quedado afectadas por el enigma que el chico había dejado a medio resolver.
Musi continuó trabajando sus uñas perfectas con la lima, mientras que Moni revisaba su teléfono con afectada concentración.
–Claro –se decidió por fin la morocha a continuar–, entiendo que los hijos marcan un rumbo muchisísimo más severo. Son para siempre. Lo mismo que el vínculo que naturalmente crean entre los padres. Pero no se olviden que el amor, sobre todo cuando es el primero, por más que no se realice en hijos, deja una marca imborrable. Y si cuando estábamos juntos, yo y Papito, allá en Caracas, ni todo el amor del mundo vino a impedir que nos separáramos…
Y aquí empezó el llanto a raudales.
–¿Para lo que tengo que hacer yo acá en España? ¡Si sabré quién consiguió meterle en la cabeza eso de hacerse rico yéndose a Miami!
Rubio, al principio, también lloró un poquito, viendo cómo la hasta hace unos minutos impenetrable alegría de la morocha se desmoronaba. Y como no sabía qué hacer, hizo lo que vio hacer a la otra compañera. Acercar el cuerpo. Entibiar. Sostener el exangüe cuello con cariñosas prensas manos y, por último, también besar. Besar, de a dos, la piel delicada y humedecida de lágrimas del escote de una chica de 25 años. Beber, de pronto y como sin querer, la sal de ciento cincuenta mil millones de turgentes y calientes arribas o senos o bocas de mujeres a la deriva, en un mundo en donde la desgracia, para ellas, significa incluso un poco más que la palabra “nada”. Y el chico, que sin quererlo, con ser un hombre, también lo significaba. La nada besante. El escozor que sentía en lo más descubierto que encontró entonces siendo su espalda. Sus hombros, el torso, el pecho neumático, entre tantos otros poderes que Musi le venía a descubrir con su reclamo. ¡Qué hermosos estaban!
Y entonces, sin reparo, el chico se bajó los pantalones para exponer su vientre payo a las muchachas. Un vello lacio y casi invisible, como decolorado, que apenas alcanzaba a ensombrecer una cuarta del tronco de un pene fuera de lo común. Algo verdaderamente inédito, pero para nada monstruoso, si no de finas y delicadas proporciones. Una vena púrpura, de un calibre que en ocasiones es posible ver en el reverso de ciertos atléticos antebrazos, afirmaba la estructura de la máquina.
Con la misma velocidad el chico volvió a cubrirse, y antes de que cualquiera de las dos latinas recuperara el aliento, se despatarró en el extremo más alejado de los sofás de cebra, sacó un cigarrillo y se puso a fumar.
Sonó un teléfono. Moni hurgó con su delicada manita de uñas esculpidas dentro de un bolsito blanco y, luego de aclararse la garganta, contestó.
–Aló… Venga, padrecito, tú dirás cuánto dinero quieres gastar… Sí, papi, se me da muy bien. Sí. Sí… Pero deja ya de gastar en móvil y vente para aquí, tenemos todo lo que se te ocurra… Ya, ese es el coste, tú decides. Hasta ahora, guapo.
Mientras tanto, Musi había subido el volumen de la radio y bailaba, haciéndole ademanes al muchacho para que la acompañara.
–Esto se merece un brindis, ¿no os parece? ¡Vaya polla la que traes, Rubio! Con lo pequeño que eres.
– ¡Sálveme Dios, chiquillo! –exclamó Moni, todavía empuñando el teléfono–, que traes mucho más de 20x5 allí. Eres un fenómeno.
–Además de guapo. Te llenarás de dinero, pero no creo que este sea el lugar adecuado. Tú mereces algo mejor. Quizás en Murcia…, pero ¡qué digo!, Barcelona y Madrid a ti te quedan chico. ¿Qué edad dices que tienes?
–Diecinueve.
– ¡Diecinueve!, pero chico, ¿qué haces que no estás en la escuela?
–Ya terminé el colegio, ¿qué creíais?
– ¿Y tus padres, saben de esto que haces?
–Claro que no. Mi padre, hoy día, es presidente de Uruguay. Ni se entera de mí. Y mi mamá se murió. Es decir, acaba de morirse hace unos meses. Un accidente de coche, saliendo de Villajoyosa. Quizás escucharon hablar…
–Ya decía yo que esto merecía un brindis. ¿Quieres ir hasta la granja en busca de cerveza? Aquí tienes. Todas las latas que te alcance.
–De acuerdo.
VI
Antes de salir, el chico manoteó su teléfono y el dinero que le extendía Musi. No sin un contenido arrebato de pudor, esto último, ya que su triste realidad era, desde hace un tiempo, traer bolsillos vacíos. Pero qué felicidad cuando el llamador de cristales de la puerta ejecutó su música, dándole paso y sosiego a ciertos lógicos temores de Rubio de que la jefa los haya dejado encerrados. Se apresuró entonces a escurrirse como una laucha por el hueco que dejaba la persiana.
El empedrado de la calle Aspe reverberaba bajo un sol de pleno mediodía que partía la tierra y lo obligó a calzarse las gafas oscuras. Sonrió. La música y el alboroto de las chicas seguía escuchándose desde afuera. Remontando con la vista la calle en ambas direcciones, reconoció, a pocos metros, el toldo de una tienda de alimentación. Cruzó la calle y se metió en el local acondicionado.
Mientras esperaba junto al mostrador a que alguien lo atendiera, echó un vistazo a un anuncio manuscrito, pegado en el costado de la cortadora de fiambre.
“Se necesita monitor particular para niño con problemas de dislexia. Por contactos, consultar aquí.”
Epílogo
Carlos y Fernanda finalmente llamaron y aparecieron en casa de Marisa sobre las seis. Para entonces la alcahueta había regresado y vuelto a salir varias veces, fastidiada por que la única que había sabido concretar una visita aquella tarde fue Musi. Carlos era un gitanito tostado, de aproximadamente 27 años, temperamental y escueto con las palabras. Se puede decir que eso era todo lo que tenía de guapo. Pasó la tarde fumando porros y conversando con Pepe en una sala de espera del ala posterior de la casa, diminuta y pintada de rosa, con una heladerita, que, pronto descubrieron, estaba llena de latas de cerveza Cruz Campo, y una litera, o camilla, arrimada a la pared izquierda. Ambos simulaban estar atentos a sus teléfonos cada vez que la charla naufragaba.
Mientras tanto, en la primera habitación, las chicas derivaban a merced del estimulante relato de Fernanda, una travesti valenciana de apenas 18 años que se jactaba de haber invertido más de un millón de pesetas en cirugías. Vestía un enterito de jean celeste sobre una prenda elastizada color sandía. Algo que podía ser un body o una camiseta de breteles, que le favorecía mucho el arriba, pálido, escotado, en torno de un par de senos discretos de pezones en forma de estrella.
Mostró que en el costado no tenía rollos. Que el vientre estaba recuperándose de una lipo reciente ...
Fernando Callero
Santo Tomé – Santa Fe
Febrero de 2006
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