<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-21821081</id><updated>2012-02-20T10:06:14.151-08:00</updated><category term='AVENTURAS'/><category term='Triller'/><category term='pulp'/><category term='DROGAS'/><category term='novela corta'/><category term='ROCK'/><title type='text'>El árbol, encantado.</title><subtitle type='html'>Narraciones ordinarias</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>marlboroblog</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13518549802093400899</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='19' src='http://2.bp.blogspot.com/-wMyqzbMRt6w/Tt2o6PtqsqI/AAAAAAAAAio/EKE8AW3h9cw/s220/alba.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>4</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21821081.post-115800850384180634</id><published>2006-09-11T13:44:00.001-07:00</published><updated>2012-02-20T10:06:14.165-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='pulp'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='AVENTURAS'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ROCK'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Triller'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='novela corta'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='DROGAS'/><title type='text'>MONOTREMATA</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_qH0ly2LxdXY/R79O1pZsTrI/AAAAAAAAAM8/BQX9RWVSXSQ/s1600-h/Puente-carretero.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5169937580798267058" style="CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_qH0ly2LxdXY/R79O1pZsTrI/AAAAAAAAAM8/BQX9RWVSXSQ/s400/Puente-carretero.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;
&lt;div&gt;&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_qH0ly2LxdXY/R79OgZZsTqI/AAAAAAAAAM0/SkGFKFWxdQA/s1600-h/Puente-carretero.jpg"&gt;&lt;/a&gt;

&lt;div&gt;(Utopía evolutiva en &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;10 &lt;/span&gt;capítulos)&lt;/span&gt;

&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;

&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;por Fernando Callero&lt;/span&gt; / 1998-2000

&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;Esta novela es la primera que escribí, entre el 1998 y el 2000. Al principio concentré toda la narración en un dibujo que luego derivó en el cuento de base que es la historia de L y su fuga. Una especie de reconstrucción de un hecho imaginario expuesto del modo en que alguien intetaría explicar con gráficos un accidente. Esa distracción derivó en una serie de aventuras que luego fueron cruzándose con otras, ligadas al otro heroe que es el viajante. Aunque creo que por aparecer primero L logra ganarse el protagonismo. Espero que les divierta, porque no tiene otro propósito que ese.
&lt;/div&gt;

&lt;div&gt;
&lt;/div&gt;&lt;a href="http://bp2.blogger.com/_qH0ly2LxdXY/Rj7A73N78CI/AAAAAAAAACY/157nosq6FmE/s1600-h/DSC03246.JPG"&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;/span&gt;

&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;
&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Intro&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;

&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;
&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Abre los ojos. Está vivo. Lo siguiente es el emplasto húmedo del jean y un peso muerto a la altura del estómago. Toca una mata de pelo y desciende la recta pendiente de un tabique. Es suficiente para que la imagen se complete en su mente y en cuestión de segundos todo el complejo mecanismo del recuerdo se dispara como una moviola que vomitara en simultaneo toda su historia. Con este brillante tesoro como mapa comprimido en un exiguo taper mental vuelve a la vida, es decir, olvida. Lo que sucede de ahora en adelante es otra historia.
&lt;/span&gt;
&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;

&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;

&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;1.&lt;/span&gt; L en las pistas de arena&lt;/span&gt;

a.m. del viernes


Un estruendo de motores irrumpe de pronto desde la derecha. El sobresalto le arranca un dolor que se expande como una señal de alerta del cuello a las extremidades. La parálisis cesa y vuelve a enfocar. Dos D.R. y un Jeep que pasan por el camino hacia las pistas de arena. Se incorpora lentamente procurando que el cuerpo de la chica no se golpee entre las piedras y vuelve a acomodarlo en el hueco que su propio cuerpo deja en el suelo.
Hacia el final del camino se recortan los médanos y en un punto varios vehículos estacionados en círculo. Llega hasta uno de los Jeeps. Una voz distorsionada da la temperatura en la radio: “ ...32 grados, la sensación térmica es de 39 grados en la ciudad de Santa Fe. Llegando a las seis y cuarto de la mañana...”
Se pone al volante e instintivamente enciende un cigarrillo húmedo puesto a secar sobre el tablero. La primera bocanada le inunda los pulmones dejándole un regusto agrio en la garganta. Se le encienden los ojos y por primera vez cobra cuenta del cielo infinito, sin marcas, apenas interrumpido por el perfil del puente hacia el extremo más huidizo del rabillo.
Enciende el motor y va a reunirse con el cuerpo. Lo alza con dificultad echándolo a lo largo del asiento trasero, luego atraviesa una tabla para evitar que resbale y vuelve al volante. Por el retrovisor ve a tres chicos que acaban de deslizarse por la pendiente del médano abandonar sus tablas y correr hacia los Jeeps. Da un giro en U y se pierde levantando una densa cortina de polvo.
Trepa la pendiente de la carretera y al llegar a la mitad del puente se detiene. Desciende al balcón de cemento de uno de los arcos de la estructura remontando con la vista la margen derecha del río. Atento a los movimientos del grupo de surfistas ve que algunos continúan deslizándose, otros parecen discutir junto a los Jeeps. Procura mantener el ángulo exacto que le permita mirar sin ser visto. El muro de hormigón mantiene oculto el coche.
Vuelve al auto y se pone unas gafas. El sol ya comienza a arder trepando el lomo barroso de las islas. Tiene un bosquejo de plan esquemático que ejecuta casi sin atender a su objeto: alzar el cuerpo, depositarlo sobre la baranda y dejarlo caer. Y así lo hace. El cuerpo se mantiene en suspenso unos segundos, se inclina, da un giro completo en el vacío y se zambulle con un sordo pluf en un remanso.
Debe apresurarse a abandonar el auto. Un Jeep y un D.R. vienen acortando velozmente la distancia. Deshecha la idea de continuar caminando y vuelve al volante. En segundos llega al final del puente y se cruza de mano para descender por la pendiente de un club náutico.
Oculta el auto bajo el puente y lo abandona. Se arranca la ropa y la mete hecha un bollo en un tambor de basura. Se pone unos bermudas y una remera limpia que encontró en el Jeep. Trepa la pendiente opuesta y se escabulle entre el tráfico que ya comienza a fluir en la avenida del centro de la ciudad. Para un remís y desaparece. &lt;/span&gt;
&lt;/div&gt;

&lt;div&gt;



&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;2.&lt;/span&gt; Un rostro familiar para T&lt;/span&gt;
p.m. del jueves


La muchacha que camina bordeando la costa tiene el río y una franja de cielo limpio como fondo. Su figura graciosa, asentada sobre gruesas plataformas de unas zapatillas deportivas, se enmarca con el tráfico de coches por un lado y una cerca baja de caños por el otro. La cerca describe un arco siguiendo el contorno curvo de la calzada y resguarda la caída hacia la pendiente de hormigón que va hasta el agua. A esta hora de la tarde el sol aparece detrás de los silos del puerto tiñendo de rosa unas hebras de nubes dispersas.
Las primeras luces de los coches hacen destellar un calco flúor en uno de los bolsillos de su mochila, el reflectivo de las zapatillas y los cables del walkman. Mira insistentemente su reloj de pulsera tratando de encontrar el ángulo de luz que le permita leer en el cuadrante. Cuando lo consigue su tranco y la expresión de su rostro se relajan. Se deja llevar por la pendiente a favor del viento.
El semáforo da paso y me cruzo de mano para doblar. Comienzo una vez más a contar las cuadras: una, dos, tres. Giro a la derecha. Cuento otra, dos tres cuatro... ¡No puede ser! Otra vez en la avenida costanera. Acelero para aprovechar el semáforo que súbitamente se pone en rojo y en mitad de la bocacalle recibo el bocinazo de un camión que se viene encima. Lo esquivo con odio y aprovecho una dársena lateral para usar como refugio. Mientras espero que el tráfico se descongestione vuelvo a ver a la chica. Acaba de cruzar un puente que lleva al otro lado del lago del parque y continúa bordeando la orilla. Pronto la tengo de frente, pero la lejanía disuelve su silueta entre los estertores del crepúsculo.
Cuando el tráfico se corta me cruzo y tomo el puente yendo inconscientemente tras ella. Me adelanto despacio. En cierto punto que se me escapa se hace evidente que ella no me ignora. Pienso en alguna pregunta tonta que me saque del apuro. Pero ¿qué apuro?, me digo soltando una carcajada para darme ánimo. La chica quedó atrás.
El camino muere para los coches en el portal de acceso a un club. Hay una rotonda, y ya dentro del predio un hangar para las embarcaciones donde veo unos hombres ocupados en cargar una lancha sobre un trailer. Los saludo como para no inquietarlos pero ninguno se da por aludido. Doy la vuelta a la rotonda y al pasar otra vez junto a ella hago sonar estúpidamente tres bocinazos antes de acelerar avergonzado. Es todo por hoy.
En el puente las luces se encienden como una guirnalda de cuarzo. Al final la ciudad aparece gris, debajo de una campana de bruma, animada con el tráfico de coches y gente que sale del trabajo. Mientras cambio la emisora en la radio pienso en que ahora va a ser mucho más complicado dar con esa dirección. Oscurece tan de pronto.
Finalmente doy con la casa. Reconozco el auto de mi amigo Reno estacionado en la puerta y con pocas maniobras acerco el coche al cordón. Pongo el seguro, arranco el frente del estéreo y desciendo. Mi amigo atiende la puerta. Me recibe medio borracho, con una porción de pizza en una mano y una botella en la otra. Mi tímido buenas noches queda sepultado bajo el tumulto de voces y música en un living atestado de gente.




&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;3. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Púb. Buzios&lt;/span&gt;
madrugada entre el jueves y el viernes
(vereda)


Remises estacionados a 45 grados en la puerta del Púb. Los remiseros sentados en los capots fuman mientras escuchan el cotorreo de un grupo de mujeres que ocupa varias mesas en la vereda. Una de ellas, con la cabeza tumbada de lado y ojos abstractos de novillo, sigue el derrotero caprichoso de un corcho que las comensales se arrojan desvergonzadamente a la cara o a los senos. El juego es una versión de mesa del huevo podrido y la prenda para quién se queda con el corcho es narrar una aventura caliente.
En un momento la jarana empieza a decaer y cuando ya nadie se hace cargo de llevar la cuenta de los puntos, la comensal borracha despierta y como tocada repentinamente por un rayo se despacha con un monólogo inesperado.
–Señoras... -(escándalo y risas)-, prepárense a escuchar la aventura más caliente que dio enero de 1983. Para enfatizar el exabrupto eructa sonoramente culminando con un quejido nasal silbante.
–A la mierda –dice una. Las demás permanecen expectantes.
–Cuando yo tenía la Yoli chica (pausa larga, pucho)..., antes del Maxi, vivíamos en Barrio Candioti. Necochea y Boulevard, por Necochea. (En una segunda pausa escamotea una aceituna de un pedazo de pizza fría).
–En la otra esquina había un técnico. Tenía una linda casita con un local adelante con cartel luminoso y todo. Trabajaba bien, le iba bien en aquella época. Era gente que estaba bien... Arreglaba electrodomésticos y a mi no sé por qué se me empezaron a romper las cosas.
–Me daba placer hablar con ese tipo, era feo y medio pelirrojo... pero se cagaba de risa y te explicaba todo, lo que se empastaba, lo del bobinado, parecía un maestro y se notaba que le gustaba lo que hacía. Lo mismo te podía hablar de una comida, de la escuela de los chicos... esas cosas que con Caio nunca.
(Cruce de miradas furtivas entre las chicas. Dos sonoras carcajadas estallan al unísono y culminan en un punto como tragadas. Luego silencio. La locutora, sin prestar atención a la reacción del público, continúa la narración ensimismada).
–Armaba un auto en el fondo de la casa, un Siam que ya era viejo en aquel entonces. Se ve que había sido taxista, o el padre. Yo lo espiaba desde la terraza cuando subía a tender la ropa y él sabía que yo lo espiaba... (alguien hace puntería con un carozo de aceituna contra la bincha de carey de la señora)
–...el día que mamá me pasó el televisor los tipos del flete lo azotaron contra la cancel, casi me muero. El gringo estaba tomando mate en la puerta, recién bañado, y se acercó enseguida a ver... Caio estaba en la Sancor, los chicos en la escuela...
–¡Tere! –interrumpe la morocha de enfrente, la del carozazo–, esa historia la sabemos de memoria. Levanta una aceituna con un pinche y se la lleva a la boca.
–¿No cierto chicas? Además no pasó nada.
La anfitriona aprovecha para hacer fondo blanco con una copa de sidra. Acto seguido se va de costado con silla y todo.
Gran conmoción. La gente que está adentro sale a la vereda atraída por el golpe. Los remiseros se compenetran con el salvataje organizando el tumulto en forma de cadena humana en torno a la ebria:
–Atrás por favor, necesita oxígeno. Que nadie la toque.
Entre tanto una moto inadvertida se mete contramano viniendo desde la avenida. Sube la vereda y se pierde en el terreno baldío que circunda el Púb. En la oscuridad del fondo se abre una brecha de luz y una puerta lateral da paso al piloto.



(Cocina del Púb.)

Habla el motociclista.


–¿Ves estas bolas de pool?
El cocinero asiente con desinterés.
–Son perfectas, pero... –las exhibe con prolijidad gestual de mago-, ¡Ja!, tienen una muesca en la mitad. ¿Te das cuenta? Es una rosca. ¿Te das cuenta?
Ninguna expectativa en el semblante del viejo. No obstante el otro continúa.
–En cada parte entran más de cien gramos. ¿Qué te parece?
–¡Bien! ¡Muy bien sobrino! ¡Qué sofisticación!
–¿Por qué ponés ese tono tío? ¿No te convencen?
–Sí, son perfectas, pero el tema es que seguimos “invirtiendo” plata en esta historia y yo todavía no veo un peso.
–Pará un poco, si tuvieras que poner el cuerpo como yo te volvés loco entonces. Quedate super tranquilo que la plata va a venir toda junta.
–¿Te vieron entrar?
–No, hay un despelote en la puerta. Una borracha creo.



a.m. del viernes. Ya de día y evacuado el drama de la borracha

El remís para en la puerta del Púb. Una chica negra baldea la vereda. Lleva un guardapolvo rosa desteñido abierto sobre un vestido rojo de fibrana y unas botas de caucho beige con plataformas que crujen con el pívot de cada baldazo.
–Hola Leo, ¿y esa pinta?
–Me voy a Mar del Plata. ¿Querés venir?
–Ni loca mi amorcito.
El salón está despejado. Las mesas, las sillas y el pool arrinconados contra las paredes. La pista con su círculo naranja de látex está sembrada de montañitas de colillas y papeles. Por los parlantes suena una f.m. En la caja hay otra chica contando y separando plata. Lleva todavía su producción de noche con restos de papel picado en el flequillo. Simula no darse cuenta de la aparición de L que va y se le planta delante.
–¿Está B?
–Está ocupado –sin levantar la vista–.
L se sonríe, se sirve un chop y se lo toma. Se sirve otro, le tira un beso y se mete a la cocina.
B tiene medio cuerpo metido dentro de un freeser. Con el ruido del hielo y las botellas no advierte la entrada de L que se trepa a una pila de sillas y espera. Desde ese trono observa el proceder de B, su aspecto degradado por la caravana del insomnio. Sus movimientos nerviosos, desincronizados. Dos gotas de sudor se le escurren por la nuca hacia una mancha húmeda en el cuello de la chemise.
Se incorpora de golpe y se enfrenta a L que salta de las sillas y le tiende la mano. En ese momento entra el tío. Trae unos tacos de madera y una plancha de terciada que deja apoyados contra la pared. Saluda y se va.
–El viejo truco del fondo falso –dice L parodiando el doblaje de las películas. Se acerca a echar un vistazo al fondo del freeser.
–¿Qué hacés así vestido?
B intenta hacer que las bolas de pool que sostiene en la mano pasen desapercibidas pero L les clava los ojos como si adivinara el contenido oculto en su corazón.
–¿Qué te pasó? ¿Dónde esta Jessica?
–Murió.
–¿Dónde está? –repite maquinalmente B sin alterar su expresión.
–En el río. Nos mataron a palos. Sin querer, pero la mataron. La tuve que tirar...
–¿Quiénes?
–¿Quiénes van a ser?
B se limita a sacarse la remera y secarse con ella el sudor del cuerpo.
–Mis amigos –dice L con sarcasmo.
El otro corre nervioso haciendo tintinear las bolas en una mano.
–Mirá L –suelta de pronto- lo más conveniente es que te vayas lo antes posible.
L sonríe con el labio partido.
–Tengo trescientos –continúa B–, te doy una de estas y la movés por ahí -destapa una bola y se levanta un pase con una tarjeta. Vuelve a hundir el plástico y prepara una línea en la tapa del freeser. Saca un billete de cien nuevo, arma un cilindro y se lo pasa. Deja otros dos billetes sobre la tapa.
–Dame doscientos más y quedate con las bolas –dice L–.
–No puedo, debo plata hermano. Mové esta bola y quedate con setecientos.
–Estás loco, me duele todo el cuerpo -le muestra unos hematomas en el hombro. Además robé un jeep de los surfistas para cargarla y estoy seguro de que me vieron. Lo que necesito es plata para viajar un tiempo.
B se pone rojo, se pasa las bolas de mano mientras piensa un nuevo argumento. Se toma la línea toda por un mismo canaL
–Te tenés que ir ya, yo no tengo más plata. Monos son una banda y vos todavía les debés algo, ya te dije hace rato que te muevas. O volvés con ellos o te vas lejos, no jodás más, no me jodás a mí. Vos los criaste, son tus cuervos.
De pronto hace silencio. Alguien está entrando en el local y por el silbido de las suelas B reconoce a su madre que viene a controlar la caja. Se apura a esconder las bolas de pool en el freeser. Coloca los tacos y encima la plancha que trajo el pinche.
–Estuviste tomando –dice la madre al verlo-, se te nota. ¿Dónde está tu padre?
Deja caer el bolso en otra una pila de sillas sin advertir la presencia de L Cruza la habitación y espía por la puerta del fondo. B se relaja y le hace una seña a su compinche para que se quede callado.
–Se fue a llevar las chicas. No vuelve.
La madre desaparece unos segundos y al volver se topa con L
–¿Y vos, mataste a alguien?
L esboza una sonrisa mogólica como respuesta y B maldice por lo bajo.
–Mamá, haceme un favor. Llevalo a una casa, en Centenario.
Mientras le habla la esquiva para agarrar la cartera de sobre las sillas. Busca dentro hasta que encuentra plata.
–Dale cien que yo le debo, no trabaja más conmigo. Yo después te devuelvo – todo esto corriendo en círculos por la cocina y la madre yendo detrás a los gritos. B le alcanza a tirar un bollo de plata a L por lo alto antes de que la madre le arranque la cartera de un tirón.
–¡Andate! -grita B desencajado.
La madre se da cuenta que va enserio y se apresura.
Antes de salir L se abalanza sobre el freeser y manotea una de las bolas.
–Esto a cuenta de la Patri.
–Ok –dice B y le extiende la mano- buena suerte.


&lt;/div&gt;


&lt;div&gt;4. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;M, la del cumpleaños&lt;/span&gt;


Reno aparece desde lo que parecería ser la puerta del patio de la casa arrastrando del vestido a una chica flaca que viene trastrabillando y riéndose como loca. Los dos están borrachos y de primera impresión cualquiera diría que acaban de sellar un pacto amoroso y vienen a festejarlo en público. No obstante tengo entendido que la amante oficial de X es S y ésta se encuentra presente en la reunión.
En realidad soy el único que les presta atención y cuando me doy cuenta me avergüenzo y miro para otro lado, un poco porque temo constantemente hacer el ridículo entre tantos extraños, pero creo que aun más porque la belleza y la soltura de la chica me han impactado y no quiero ser tan evidente. Cuando vuelvo a mirar a Reno lo tengo enfrente soltándome la criatura en la falda. Ella se deja caer confianzudamente y me pasa un brazo sobre los hombros.
–¿Vos sos el famoso amigo itinerante? –me interpela con ojos soñadores.
–Ella es Maqui, la del cumpleaños –me explica Reno.
–Encantado. Feliz cumpleaños –digo con el piloto automático, puesto que para entonces estoy tan replegado sobre mí como un bicho bolita.
–¿Cuantos ...?
–Veintiséis
–¡Veintiséis! ¡Qué maravilla!
–¡Qué palabras tan estúpidas elijo dios mío! Por suerte no me escucha. Sale corriendo a cambiar la música. Se pelea con el disk jockey hasta que consigue cambiarla. Pone Michael Jackson y todo el mundo sale a la pista. Vuelve y me arranca de la silla. Me lleva al medio del salón donde todos se ponen a mirarnos y a aplaudir.
Me siento completamente desnudo, atrapado en su red. Un bienestar repentino invade mi cuerpo como una inyección relajante y comienzo a moverme. Al cabo de unos minutos estoy fuera de mí, girando en su órbita, y ella y yo a la vez somos el centro de una elipse mayor que nos disuelve a toda velocidad... bla bla bla bla.

Hacia el final de la noche el aspecto de la reunión es el de esas canciones de gente borracha abrazada y llorando. Yo estoy lúcido y feliz porque la del cumpleaños no se me despegó en toda la noche. Es muy dulce cuando dice pavadas e imponente cuando lanza un comentario filoso, acompañado con ojitos chispeantes, pequeños e inteligentes.
Algunos salen a la puerta a tomar aire y otros se van yendo. Hay unos artesanos chilenos que vomitan con naturalidad en los canteros y que parece que nunca van a terminar de despedirse. Cargan unas mochilas enormes y andan todo el tiempo a la caza de un nuevo interlocutor. Uno se nos acerca. Me dice que se llama Andy y que es de Santiago. Maqui aprovecha para escurrirse.
Le pregunto si son artesanos y me contesta que ellos se autodefinen plásticos errantes. Está tan borracho y fumado que a veces lo único que entiendo de sus frases es el cachay del remate. Me habla de un tal Escher, de la reversibilidad del espacio. Yo le digo que de eso no entiendo nada. Que soy viajante y que vivo en mi auto desde que mi esposa me echó de casa. Mientras le hablo se desmonta la mochila y comienza a hurgar en su interior. Extrae objetos metálicos envueltos en paños que va depositando sobre el césped del jardín. Toma uno y me lo extiende.
–Éste te lo regalo compadre –me dice.
–Está muy bueno, ¿qué es?
–Es un objeto reversible, de recorrido infinito. Un Moebius, como le decimos.
Lo examino atentamente, probando cada posible mutación facilitada por la articulación de las piezas. Después examino los otros que son como variaciones de un mismo motivo en forma de rosa o loto. También parecen constelaciones hechas de alambre, con pequeñas cuentas de cristal enhebradas y aseguradas con alambre más fino.
–Muchas gracias. Lo conservaré.
–Mañana pueden venir a casa con MAQUI, se quedan a comer y le muestro todo el stock. A lo mejor le interesa venderlas y va a comisión.
–Puede ser –respondo sin disimular la gracia que me produce pensarlo–, en principio acepto lo de la comida. Yo solamente sé de ropa y mercería. No sé si esto me va a funcionar.
–Sin compromiso, después charlamos compadre. Se puede hacer dinero con esto. A demás tengo unos catálogos con explicaciones, muy bonitos a color.
–Muy bonitos a color –repito por lo bajo.
El otro chileno lo llama. Se está trepando a la caja de una camioneta que va cargada de gente. Andy guarda todo en la mochila y me da la mano. Se despide también de Maqui y llega justo para colgarse de la camioneta en marcha.

Reno desapareció con su novia. Pienso en cuáles serán mis próximos pasos. Deambular hasta que amanezca y abran los negocios, echarme un sueñito en un parque, cosas a las que estoy acostumbrado. Hace quince años que viajo y más de un año que no paro en una casa. A no ser cuando paso por aquí y me quedo una noche o dos en lo de Reno, el único contacto que mantengo con mi vida anterior. Los demás amigos y parientes se hicieron a un lado cuando caí en desgracia. Tiempos horribles en los que me vi deambulando en busca de afecto, prestamos en efectivo y garantías propietarias para alquilar. Hasta que decidí adoptar el auto como vivienda y todo se solucionó, o por lo menos una parte.
Pero parece ser que mi nueva amiga tiene otros planes. Cuando me despido se queja, me aprieta la mano y me lleva a saludar a otro grupo que se va. Mientras intercambia chistes con unos que no saben que hacer con su Renault me elevo espiritualmente a unos metros de altura y desde allá arriba, como si fuera a la vez amante y cupido, veo un matrimonio feliz despidiéndose de sus amigos desde el porche de la casa, con el hijo menor dormido en brazos y todo. Bella fantasía del amor conyugal, libérame de más desgracia.
–Tené cuidado –me gritan desde el auto-, es una chica vampiro.
–Estoy preparado para cualquier cosa –contesto reprimiendo el bombazo de sangre que se me sube a la cara.
Ella me rodea la cintura con un abrazo consolador. Me distrae de la bronca señalando el lucero de la mañana que es patente sobre un fondo plomizo de cielo. Por el Este se insinúa un tinglado de nubes negras cargadas de agua e iluminadas esporádicamente por refucilos.
–¿Creés en eso de pedir un deseo? –digo–.
–No sé, creo que siempre que tuve uno tomé sin pedir.
–Jajajaja… Seguro, a veces es lo mejor. La intercesión cristiana es muy romántica, pero es estúpido esperar que las cosas te caigan siempre del cielo.
–Bueno, lo de pedir deseos a una estrella o a un panadero no está tan mal. La cuestión es mendigar a gente que no vale la pena por cosas que sí la valen y tienes todo el derecho a tomarlas.
Entramos a la casa. Rescatamos unos vasos entre el desorden y preparamos un trago con lo último que queda de vodka.
–Espero que no te preocupe –me dice echada en un sillón hamaca del living–.
–¿Que seas un Vampiro? –respondo capciosamente para despistarla de mi preocupación, que todavía no me abandona–.
Ternera, como la llamaré por menos de veinticuatro horas, me incrusta su nariz filosa en el cuello y yo me vuelvo a entregar de cuerpo y alma. La nariz permanece ahí mientras la cargo hasta la habitación, que todavía no conozco pero que no me es difícil adivinar al final del pasillo.
Enciendo la luz con el codo. Unas tulipas de color amortiguan el resplandor del foco, dándole homogeneidad al desorden que reina en la habitación. Hay posters de T.C.2000 sobre el respaldar de la cama y banderas a cuadro cruzadas como emblemas en cada ángulo del cielo raso. Ropa tirada sobre los muebles y objetos, envases, revistas. Dos monitores de televisión puestos en estantes de ménsulas sobre la computadora.
Hay más equipo que no conozco. Una especie de consola, dos estantes bajos con cientos de videocasetes a lo largo de dos paredes, casi todos los títulos que aparecen en los lomos son fechas y el nombre de una localidad, o un barrio, escritas a mano. Recorro las estanterías dándole tiempo para que despeje la cama y se quite la ropa, pero al parecer mi curiosidad la fastidia porque enseguida me pide que ponga algo en el equipo de música.
Elijo al azar un compact, uno de los miles que hay tirados o en montones por toda la pieza, y lo pongo en el equipo de audio. Una especie de bossa nova rápida me distrae de una idea que había comenzado a rondarme y en la fuga me deja una picazón molesta.
–Es drum ‘n’ bass –me dice.
–No los conozco.
–Es el nombre del estilo, la banda se llama Everything but the girl, un grupo de moda. Algo así como Todo menos la chica. ¿Qué música te gusta?
–Cualquiera, la de la radio... –pienso en algo moderno– un bolero de los Fabulosos Cádillacs...
–¡Dios mío!, no, no, otra cosa.
–Bueno.. ¿Cómodores?
–Sí...
–Chic. Air, Wind and Fire...?
–Sí, a eso me refería... –mucho más tranquila–, ¡Qué suerte!

La espiral no nos abandona. Es acústica y nos devuelve al baile. Trepado a su espalda recuerdo el frío delicado de las cariátides del patio de la escuela. Mi manera furtiva de acariciarlas aprovechando las gotas deslizantes del rocío matinal. Todo flujo y sonido vibrantes. Me invade una imagen primaria del amor, un presente escolar, un trofeo en el polideportivo, y Úrsula, mi compañera de equipo, acariciándome en la pileta.
Jadeo sobre su nuca y chupo como un bebe hambriento. Ella me busca los dedos y también chupa con la pulpa húmeda de los labios que adivino roja y a punto de brotar. Aminoro la marcha y retrocedo, dolorosamente.
Estoy a su merced, libre de mí. Gracias, le digo al oído.

Me despierta un torrente de lluvia. Entre dormido cierro las ventanas y al volver miro instintivamente el reloj. Las diez. Apenas dormí tres horas. Como sé que va a ser imposible volver a dormirme me tiro a hacer fiaca en un sillón.
La veo dormir. Ni se me ocurre despertarla. Quiero evitarle el disgusto de abrirle la puerta a un extraño que invitó, borracha, a dormir en su casa y al otro día no lo quiere ni ver. Pienso que lo mejor sería buscar la forma de salir después de la lluvia. Dejar una esquela amable en la mesa de luz y luego tirar la llave por debajo de la puerta. Se me ocurre también probar suerte esperándola con el desayuno listo (cosa que, teniendo en cuenta su temperamento, podría resultar contraproducente). Prepararme un mate y sentarme a disfrutar del patio. Sacar la radio al porche, ver caer la lluvia sobre las espumillas deshechas que entreví antes de cerrar la ventana. Hogar dulce hogar. Si no me caso ahora, no me caso más.
Una vez en el porche se me ocurre hacer unas anotaciones. En el mismo folio del remito que estuve preparando anoto: Ayer conocí una chica de veintitrés años que me cambió la vida. Pero otra vez la desconfianza del imbécil del Renault se me mete en la cabeza y tacho la frase. En todo caso debo ser yo el que decide cambiar su vida y no creo estar seguro de querer eso. Esto lo pienso nada más.
Debajo del borrón hago un dibujo. Estamos Maqui y yo jugando a la paleta en una playa. A la derecha el mar encrespado con un sol naciente y al otro lado, sobre la arena, el auto con las puertas abiertas. Dibujo en el aire unas notas musicales para representar que hay música saliendo de la radio. Escribo Everything but the girl.

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&lt;div&gt;5. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;El agujero de los putos&lt;/span&gt;


Trepa al quinto piso por la escalera caracol. En el patio delantero del departamento sus amigos retuercen una sábana en equipo vertiendo un estridente chorro contra la pileta de cemento. Carcajadas y voces se cuelan tras la cascada y viento caliente que se embolsa en la cavidad del lavadero. Cierra los ojos y piensa en chicas jugando con agua. Mira el cielo y ve llegar un frente de nubes gordas desde el Este.
–¿Qué hacés? Pasá –grita el viejo–.
–¿Quién es? ¡L!
Brian suelta la sábana y se le tira en cima propinándole sonoros besos en el cuello y en los cachetes. El viejo se acerca y lo abraza, le tira del pelo.
–¿Qué te pasó? Desapareciste.
–Estoy trabajando en San Jorge, bah, estuve...
Brian se asoma a la puerta entreabierta del departamento y discute algo con un tercero al que L no alcanza a distinguir en la oscuridad del living. La penumbra azul del televisor sólo alcanza a recortar una figura echada sobre el sofá cama del cuarto.
–¡Beto, armá una pipa que hay visita! ¡Qué vampiro esta mujer! Hace dos días que está ahí.
L interroga con un gesto al viejo: ¿Quién es?
–Un “amigo” de Brian –responde con tono despectivo–.
Cuando entran, el viejo levanta de un tirón la esterilla de la ventana. El sorpresivo ataque de luz hace que el tipo sufra una especie de shock. Intentar ponerse de pie y arrastra en el movimiento la funda del sofá con un arsenal de objetos con que se ha ido atrincherando durante la estadía.
–¡Guarda el control, bruta! –suelta Brian–.
L emboca por la puerta que da a la cocina y va a reunirse con el viejo que prepara mate. Sentados a una mesita de camping lo pone al tanto de su situación.
Jessi está muerta. Necesita algo de plata, un arma... Desaparecer después. ¿Adónde? A la costa del Uruguay. Tiene un amigo en Colón que...
El viejo no tiene plata. Le propone vender los instrumentos que L les dejó a cargo antes de irse. Hay una banda interesada. ¿Cuánta plata pueden juntar? Trescientos, cuatrocientos, no más. L descarta la idea.
Brian sale del baño donde estuvo encerrado más de quince minutos. Trae el pelo mojado y peinado hacia atrás. Se escurre las manos agitándolas exageradamente tratando de captar la atención tanto del drogón que continúa apoltronado frente a la tele como del grupo silencioso que forman L y el viejo en el fondo de la cocina. El viejo aprovecha para pasar un último dato: Beto tiene un auto y él y Brian se mueren por unas vacaciones.
–¿Qué hacemos con él? –susurra L-.
–¿Con quién?
–Con Beto.
–Nada. Bah, lo que vos quieras.
L se trepa al alféizar y echa un vistazo al barrio. Al final de la mole circular de cemento se destaca la arboleda muy por encima de los últimos pisos. Deben haber pasado un par de años, piensa. De pronto cree escuchar (imposible, dada la distancia) como un murmullo entre las copas. Desplazamientos. Una sombra descolgándose de una rama.
En las galerías de la planta baja hay niños jugando. Ve cómo un grupo obliga a una niña a sentarse en una hamaca. Luego el líder la impulsa con fuerza y los demás corren a esconderse entre las escaleras del cuerpo de blockes que queda a su espalda.
Algunos se treparon al descanso del tercer piso que da justo sobre ella y comienzan a arrojarle piedras. La mala puntería los excita a procurarse proyectiles de mayor calibre. El más pequeño del grupo de tres, que ocupa el descanso del tercer piso, se las ingenia para despegar un rectángulo de cerámica del borde de la loza.
L se queda quieto observando en detalle todo el procedimiento, como si eso que está ocurriendo frente a sus ojos perteneciera a un orden extraño que lo descalifica de antemano para actuar. No obstante sabe que algunos de ellos son los hijos de sus hermanos de crianza, sus compinches de la manzana 12.
Cuando el chico deja caer el proyectil por entre las rejas de la baranda, L saca medio cuerpo por la ventana. Los putos escuchan primero el grito de L, el impacto y luego un chillido estremecedor. Los tres se agolpan en la ventana. El drogón asoma al balcón delantero y los interpela con señas. En eso la silueta veloz de una mujer joven atraviesa el rectángulo del parque hacia la criatura que yace sobre la arena. La carga sobre un lado y se la lleva. La plaza queda desierta con un manchón oscuro secándose.
L vuelve la mirada hacia los árboles. Algo brilla un instante y vuelve a extinguirse entre el follaje. Algo que puede ser un relámpago en el cúmulo de nubes negras que se han ido estacionando como naves en el límite del Fonavi (pero también la sospecha de un filo de metal captando un último rayo.)
Brian se le acerca por detrás y le coloca un saca bujías humeante entre los labios.
–Esto te va a sacar la cara.
Aspira una bocanada amarga que le quema la garganta y se da cuenta de que no es hierba sino pasta. Retira la pipa y expulsa el humo por la ventana.
–Hay gente en los árboles.
–Hay Monopremas –replica el viejo–.
–¡Monotremas! –corrige Brian–.
–Son esos heavys. Animales, semimogólicos. Vos los conocés a todos.
¿Qué hacen?
–Editan la revista, fuman, asaltan gente. Ahora quieren armar una banda. Vos los conocés a todos.




&lt;/div&gt;&lt;div&gt;6. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Planes
&lt;/span&gt;

Al atardecer Beto y Brian van en el auto a comprar comida. L y el viejo aprovechan para trazar el plan de fuga. El viejo da más detalles de la situación de Beto.
El muchacho es de Paraná. Viaja todas las semanas trayendo y llevando encargos (que no, no es droga.) Visita a Brian y se queda colgado un par de días, fumando y cogiendo en el departamento. Trae muy poca plata pero de buena fe se la da toda al viejo para que la administre.
La idea que sugiere el viejo es la de embarcarse todos en un viaje a Paraná, con cualquier pretexto. Lo siguiente es despachar a Beto y escapar con el auto. De ahí a la costa del Uruguay son cuatro horas. Pueden descansar en Concordia, en casa de amigos, y luego continuar bajando por la ruta 14 hasta los balnearios de Colón. Si consiguen plata pueden continuar viajando hacia el sur y disfrutar de una playa con mar.
L se deja llevar entusiasmado con la perspectiva del viejo y al cabo está tan eufórico y henchido de fantasías de viajero que se avergüenza cuando el viejo amigo lo estrecha en un abrazo y lo cubre de besos llamándolo primo Leonardo. La palabra mar lo envuelve en proteicas y oscuras resonancias y por primera vez en lo que va de su fuga la idea de futuro se abre paso en su mente. Un pasaje en penumbras, pero con los esbozos de carril suficientes como para correr seguro. El vértigo es algo que no trabaja con planes.
Golpean la puerta. L y el viejo cruzan una mirada inquieta interrumpiendo la conversación. El viejo se asoma prudentemente a la ventana de la cocina mirando de soslayo al descanso de la escalera. No ve a nadie allí, pero sí en el primer tramo de la planta baja donde hay dos monos esperando. Alguien se asoma al balcón del lavadero y les hace señas de que suban.
–¿Quién es? –grita el viejo yendo hacia la puerta–.
La respuesta es otra serie de golpes y al final:
–Aldo. Queremos ver los instrumentos.
–Esperen que vuelva Brian, me estoy bañando.
Luego silencio con deliberaciones en murmullo entrecortado.
–Tenemos una plata ¿Porqué no abrís?
–Digo que me estoy bañando, vuelvan más tarde.
L vuelve al living y se coloca junto a la ventana para espiar. Los reconoce a todos. A dos de ellos vio perseguir a Jessi cuando ella se soltó y corría hacia el río. Los vio perderse en la oscuridad y después escuchó los gritos. Él ya estaba muy nockeado, en cuclillas al lado del auto, y alguien le sacudió una patada en la cabeza cuando atinó a levantarse.
Pensó que si tuviera a mano una automática sabría lo que hacer sin que le temblara el pulso. Pero como la flema racional del viejo lo había enfriado ya lo suficiente, se limitó a quedarse quieto y esperar. No obstante los grabó en su mente, gatillando sus nombres verdaderos, exhumándolos minuciosamente de detrás de cada apodo glorioso con que una vez él mismo los bautizara: Máximo, G.T., Venom, Zancadilla y toda la prole de monos alfabetizados para la resistencia.
Les enseñó a vender droga en el centro, fuera del barrio, porque “donde se come no se caga”. A recuperar armas para venderlas a la policía. Les enseñó a no tomar hasta recuperar la plata y a respetar jerarquías en la redacción del fanzine, en la calle, en el vecindario. Pero cuando se fue a conseguir plata del otro lado del puente, se sintieron abandonados, traicionados. Entonces lo persiguieron para hacerle daño, para meterle culpa, sin saber qué hacer con el legado, sin importarles qué decisión lo había llevado a partir.
Tuvo un arrebato de salir a retarlos, pero sabía que el odio a esta altura era un sólido instalado para mover el daño en cualquier dirección, y no sólo entre ellos y él sino indiscriminadamente hacia fuera de cada uno.
El grupo permaneció deliberando en el lavadero unos minutos y después se retiró.
–Tenemos que acelerar los trámites L. No los quiero más en mi casa.
–Tenés razón, ya me estoy yendo.
–Esperá un poco. Si pudieras irte con Beto a Paraná, sin dejarte ver. Te quedás hasta el fin de semana. Ya se me está ocurriendo algo.
–¿Qué cosa?
–Yo tengo que levantar videos el sábado, como te dije. Tengo la llave de la vecinal y el tipo que está a cargo tiene una onda conmigo, así que siempre me espera. Es un puntero importante y sabe dónde está la plata, o una parte. A mí me tiene una confianza ciega, porque sabe que lo mío es el trabajo nada más.
Si Brian viene con migo, sin que el tipo se dé cuenta, puede hacernos unas tomas mientras cogemos, total ahí hay equipos. Después lo sobornamos, o lo apretamos, como sea. El tipo es casado así que se va asustar. Yo ya no tengo training en esto, pero me las voy a arreglar. Ya trabajé mucho y es hora de que se me cumpla el sueño de visitar Mar del Plata.




&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;7. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Beto y Brian van de compras&lt;/span&gt;


Cuando salen del super, ya es entrada la tarde. Llueve a cántaros y el estacionamiento está tan iluminado como un estadio. Beto se divierte activando las alarmas de los coches nuevos, sin prestar la más mínima atención al guardia que desde una garita le hace señas con un silbato.
Brian se mantiene a distancia llevando las bolsas, haciendo lo imposible para contener la risa. Cuando están junto al auto, empuja a su amigo por el agujero de la puerta y corre a ponerse al volante. Una vez ganada la calle estalla en una estruendosa carcajada que acompaña con bocinazos y virajes en “s” al estilo Dukes de Hazard.
Al instante advierte que el humor de Beto ha cambiado súbitamente de tono. Con el ceño contraído, el muchacho parecería estar sufriendo un peso o un dolor insoportable, y lo que más inquieta al piloto es un ligero estrabismo que al otro se le ha instalado en los ojos.
A la constricción sobreviene un estallido. Incapaz de controlarse, Beto rompe el vidrio de un aletazo. Llora y ríe como aterrorizado de sí mismo mientras le muestra a su compañero el antebrazo y el puño ensangrentados. Todo en tan poco tiempo que cuando Brian frena el auto apenas se han alejado unos metros del acceso al super.
–Beto, ¿qué te pasa? –grita Brian al borde de la histeria–.
–¡Me quieren eliminar!
–¿Quiénes?, ¡por dios!
–L y el Viejo. Quieren el auto.
–Ah Beto, estás celoso.
El muchacho empieza a llorar. Se cubre la cara con las manos, ambas con sangre a esta altura, y llora convulsivamente con la cabeza apoyada en la guantera.
–Beto, sos divino. No llores más ¿Qué pasa? ¿Querés fumar?
Sin esperar respuesta reinicia la marcha. A esta hora el cielo de la ciudad aparece surcado por simétricos andariveles aéreos con fluorescencias ámbar. Después de la lluvia, un aire fresco se cuela entre las calles del centro como un hidratante paliativo del calor.
Al llegar al extremo sur dejan atrás los blockes y toman la ruta. Antes de subir al puente desvían a la derecha y se detienen junto a unos arbustos. El sol desaparece detrás de unas nubes rezagadas que el viento arrastra del otro lado del puente. No obstante en el cielo y en el río persiste un resplandor difuso.
–Mirá Beto, la flor del ceibo. Dicen que la historia de su flor es la historia de un corazón que estalla.
Con la vista tendida hacia el infinito, Brian improvisa su monólogo para un interlocutor ideal, en nada asimilable al bulto rígido echado en el asiento del acompañante.
–Vos no sos romántico, pero sos un niño de tierno. Tenerle miedo al Viejo. ¡Tenele miedo a Dios! Te enfermás por nada. Vos por lo menos tenés trabajo. Pensá en mí, ¿yo qué tengo? ¿La pensión del viejo?, ¿Un plan de vivienda en esa mugre?, ¿Changas en la vecinal?
–Ahora pensás que mis amigos te quieren matar. Vos te estás matando, porque no resignás nada al amor. Ni siquiera estás conmigo, que soy capaz de darte la vida.
Beto permanece estático en el asiento reclinado al tope, con el brazo herido apoyado en el vientre. Parece dormir con los ojos abiertos, o al menos nada de lo que esté ocurriendo dentro o fuera de su mente parecería llamarle la atención.
–¿Quién te dijo que L y el Viejo te quieren eliminar? Estás paranoico de tanta pasta. Acá tenés un pañuelo.
Sin esperar respuesta se pone a trabajar él mismo. Enciende la luz interior del coche y se inclina sobre su amigo tomándole el brazo con delicadeza. Rasga la tela de la manga hasta la altura del hombro y la sujeta con un nudo sobre el bíceps. Con mirada microscópica hurga entre la sangre y las fibras de piel buscando astillas de vidrio. Las quita una por una empleando las uñas del pulgar y del índice antes de iniciar el vendaje.
De pronto recuerda algo y sale del coche. Busca en el baúl un bidón de agua y un trapo limpio cuidadosamente doblado y guardado en la caja de herramientas. Vuelve al interior y con esmero de enfermera embebe el trozo de paño en agua y lo escurre sobre las heridas del brazo. Una vez limpio no se muestra en tan mal estado. Hay sólo un corte profundo que viene del codo y en torno una miríada de pequeños cortes superficiales que, no obstante, contribuyen a aumentar el caudal de sangre.
–Ahora voy a frotar, así que portate bien.
Apoya el trapo en el antebrazo y lo hace correr hacia la mano presionando con fuerza.
–¡Ya está! ¡Ya está!
Sin embargo Beto no se queja, ni tiene de qué, puesto que ha dejado de respirar hace más de quince minutos, y para cuando Brian se entere, su amigo ya se habrá acomodado un lugar en el otro mundo. Entonces no le quedará más remedio que apurar el mal trago abandonándolo ahí mismo, entre los arbustos junto al río. O hacerlo rodar por la pendiente, hacia los cofres de hormigón de la autopista nueva y regresar al departamento con el auto.




&lt;/div&gt;&lt;div&gt;8. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Visita a los chilenos&lt;/span&gt;


Entramos. La casilla está en penumbras y huele horrible. El viento hace titilar la llama de una vela apoyada en el suelo irregular de tierra. Al fondo de la habitación están los chilenos haraganeando sobre un colchón sin cubierta.
–¡Compadre! –grita Andy, y nos estrechamos la mano.
Saludo al otro que terminó de armar un porro y camina en cuatro patas para tomar fuego de la vela. M se prepara un asiento con una de las mochilas y se pone a charlar.
Como no se me ocurre qué hacer aprovecho para recorrer la casa y hacerme una idea completa del lugar. Me meto en una habitación donde la oscuridad es totaL Poco a poco mi visión se adecua a las sutiles variaciones de luz. Primero distingo un resplandor amarillo que se cuela por el zócalo mal asentado en las paredes divisorias. Después una fluorescencia gris en líneas horizontales que dibujan una jaula en todo el perímetro del cuarto.
Aparece ahora también un rectángulo. Se trata de una ventana con el mecanismo de una tapa de baúl. Levanto la tapa y la trabo con un palo dejado expresamente en el borde del marco. Lo que veo es una película en blanco y negro. El cielo encapotado neutraliza los contornos de manera tal que todas las cosas parecerían surgir de una misma materia gris licuada, con diferentes grados de concentración. El vecindario duerme.
Ningún movimiento en los traspatios de tierra. No hay frontera marcada entre los terrenos ni evidencia de criterio en la disposición de las casillas. Una pañoleta de color atrae mi atención asomándose desde detrás de un arbusto. Alterna sus apariciones como una enorme flor amarilla o una bolsa de residuo enganchada en una rama y agitada por el viento.
De una casilla de zinc plantada en el mismo terreno salen dos niños. Uno de ellos hace rodar una cubierta y corren tras ella. Aparece también una perra gorda con las tetas super desarrolladas que corre al verlos correr y se les interpone en el camino. Cuando llegan a la altura del arbusto el primero voltea la rueda y se sienta sobre ella. El otro se le tira en cima disputándole un lugar. Ruedan por el barro chillando como teros, se ríen y se golpean en serio.
La pañoleta se eleva y descubre una gorda vieja que reprime con más sopapos el escándalo de los chicos. Luego desaparece todo el grupo por la puerta del rancho. La perra reina sobre la cubierta hasta que se aburre y también se va. Liberado de la acción y del color el panorama se limita a flamear.
El olor es insoportable una vez que vuelvo a meter la cabeza dentro. En un rincón próximo descubro lo que parece ser su foco: un poso de escasa profundidad con un promontorio de mierda y papeles en el centro. Me acerco y distingo la palabra Eclesiastés en una de las hojas. Hay por lo menos media Biblia echa bollo ahí a dentro.
Vuelvo a la primera habitación. Los chilenos y mi compañera fuman y conversan en cámara lenta. Todavía no hay señales de comida. Al rato tocan la puerta. Andy se arrastra y atiende. Es una vieja que trae una cacerola negra envuelta en una nube de vapor con un agradable olor a salsa.
–Ojo que está caliente - advierte con un gesto maternaL
El otro chileno le da algo de plata y la mujer se va contenta. A través de un ojo en la pared la veo saltar ágilmente la cuneta y cruzar la calle a grandes trancos.
Mientras todos comen yo me termino el porro y me duermo. Cuando despierto la casa está oscura y una lluvia torrencial golpea la chapa del techo. Alguien meó en el rincón próximo no hace mucho ya que la tierra aún despide un vapor nauseabundo. Enciendo un fósforo y con él el cabo de una vela. A un costado la olla negra con un resto de guiso apelmazado en el fondo.
Voy hasta la puerta. Está trabada con una cadena con candado.
–¡Qué gente estúpida¡ -grito enfurecido. Me vuelvo a echar nuevamente en el colchón imbuido de una segunda inyección de sueño.

No tengo idea de cuanto dormí. Me levanto tambaleando y voy hacia la puerta. Intento voltearla a patadas pero está tan húmeda que parece de caucho. Espío a través del agujero de la cadena. Está ese resplandor monótono que no me dice nada de la hora salvo que todavía es de día. La lluvia es lo único patente.
Cuando considero que es inútil seguir esperando, escarbo la tierra al pie de la puerta hasta que consigo un boquete entre la pared y el suelo. Salgo arrastrándome en el barro como una lombriz y en el colmo de mi desesperación descubro que se llevaron el auto.
Sin saber qué hacer me cruzo a la casa de la cocinera pensando que a lo mejor ella me pueda decir algo. Golpeo. Nadie contesta. Vuelvo a golpear con más ímpetu y esta vez la puerta cede a los golpes. La escena que se desarrolla en el interior me deja petrificado.
El único foco de luz proviene de un fuego encendido en la cavidad de una Maquinaria rectangular erigida en el único ambiente de la casilla. Es una especie de robot con un diseño geométrico muy primario como los de las viejas películas de ciencia-ficción. Las partes del monstruo son módulos que enseguida reconozco como latas de galletitas ensambladas con soldaduras y bisagras. Algunas conservan el ojo de vidrio intacto y a través de ellos se hace visible la pirámide humana que oficia de médula y motor.
Un muchacho y un viejo ocupan respectivamente uno de los gabinetes inferiores que hacen de piernas. Estos son los únicos reforzados con nervaduras de metal fundido ya que deben soportar toda la carcasa y su tripulación. En el módulo inmediatamente superior, que hace de tronco, hay dos niñas al control de palancas que activan los movimientos de los brazos.
Aparentemente se trata de una prueba piloto ya que, a cada orden impartida desde la cabina, cada uno, y en orden sistemático, ejecuta su misión articulando el miembro del robot que tiene a su cargo. El gabinete capital es el único que no tiene ojo de vidrio. Es un cubo herméticamente sellado, del tamaño de un lavarropas, incrustado en forma de diamante sobre la viga de los hombros. No respetando el orden antropomórfico aparece montado sobre el lado izquierdo, dando esa inquietante sensación de inestabilidad de algunas construcciones modernas.
Me vienen a la memoria esos gigantescos camiones llamados Terex, con que se construyen las represas, y que tienen una cabina individual en un costado. Del extremo superior emerge una chimenea que escupe un humo claro de poca densidad con un olor agradable, por lo que intuyo que no proviene de combustión de petróleo sino de alguna otra sustancia menos tóxica.
A una nueva orden impartida desde la cabina (no puedo precisar si se trata de un hombre o una mujer, debido a la distorsión que produce el precario sistema de audio), los niños responden jalando de un aparejo común que hace girar el tronco del robot.
Cuando lo tengo de frente el nervio me abandona y caigo de rodillas ante una imagen de Cristo estampada en el vientre del monstruo, con la inscripción NUEVO PODER VECINAL en letras fileteadas en rojo y dorado.
Me arrastro a contramarcha por el barro y en el impulso por saltar la cuneta recupero algo de mis fuerzas. Remonto la calle, atravieso las vías del ferrocarril y, una vez a salvo, me tiro en uno de los bancos del andén.




&lt;/div&gt;&lt;div&gt;9. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Brian y Terry
&lt;/span&gt;

Valija, muestrarios, facturas, cobranzas, equipo de mate, teléfono..., todo perdido. Por suerte me quedan la tarjeta, el carnet y cincuenta pesos. Urgente llamar a Buenos Aires para dar una nueva casilla y acelerar el pago de las últimas liquidaciones, sin dar detalles por supuesto. Pero si el auto no aparece voy a tener que viajar, esto no es cosa de tratar por teléfono. Tengo que inventar una buena versión de la historia porque si no me echan y encima voy preso. Necesito una certificación de denuncia policial para cubrirme, ese es otro problema. A lo mejor se puede comprar. Tengo que encontrarlo a R.
Salgo rodeando la estación para no aparecer con este aspecto en una calle concurrida. Siguiendo las vías llego hasta un puente y desciendo por el terraplén hasta un camino de tierra que muere en una rotonda. Más allá el campo enorme y árboles. Al otro lado unas columnas de luz que pueden ser del acceso. Voy en esa dirección.
Camino unos metros y veo venir un auto a mi encuentro. Cuando me alcanza reduce la marcha y el conductor me habla. Todavía no puedo verle la cara por el polarizado de los vidrios. Me acerco a la ventanilla, pero el tipo abre la puerta y sin más preámbulos me meto.
–Buen día.
–Me podés acercar al centro, estoy perdido.
Ya estamos marchando y esta evolución me tranquiliza. Saco un cigarrillo y le convido.
–No gracias. ¿Cómo vino a parar acá? -no me tutea y dejo de hacerlo yo también.
–No sabría como explicarle, tuve un accidente...

El auto es viejo pero está bien cuidado. Es un Peugeot 405 con equipo de gas. El tipo maneja muy maL No pasa los cambios de segunda y cada vez que frena y vuelve a andar hace corcovear el auto. Me pone nervioso y no puedo controlar el impulso de mis piernas de frenar y meter embrague. Pero no le puedo decir nada porque el auto es suyo y me está haciendo un favor.
Más allá de eso tiene buen aspecto, un poco excéntrico. Con ese chal y esa campera inflable ajustada parece un muchacho, pero debe andar por los treinta a juzgar por los rasgos bien definidos en su cara angulosa. Tiene pinta de personaje simpático. Sus gestos al volante son graciosos, muy femeninos, y cada vez que mete la pata estudia mi reacción con un rabillo chispeante, sin vergüenza.
–Disculpemé ¿Hace cuanto que maneja?
–Un mes... –titubea-, menos. El auto no es mío. Bah, hace poco que lo tengo. Estoy practicando. Y Usted ¿de dónde viene con esa mugre en la ropa?, disculpe la indiscreción.
–Estuve comiendo con unos amigos acá atrás.
–¿En la villa?
–Sí, atrás de la estación. Me dormí y cuando desperté se habían ido todos. Salí por un boquete, por eso el barro. ¡Qué lluvia!
–Mmmm, ¡qué tipo raro! ¿Quiere volver a la casa?
–No, no. Voy para el centro.
–Pero ¿qué clase de amigos tiene?
–No sé, en realidad no los conozco mucho. Soy viajante y me los encontré de casualidad. Me invitaron a comer y ya ve. A lo mejor me hicieron un chiste.
–¿Y no tiene móvil? ¡Qué presupuesto! ¿O le pagan los viáticos?
–No, la empresa me dio un auto y me lo van descontando de las liquidaciones, pero...
–¡Se lo robaron!
–Algo así, todo es parte del chiste de estos graciosos que le dije. Ya los voy a encontrar.
–Mmmm. Me parece que se la hicieron bien. También usted donde se va a meter. En esa villa no hacen chistes. Yo que usted haría la denuncia.
–Creo que esta es la calle, doble en la próxima que es mano.
–Mire -dice mi chofer y para junto al cordón–, lo mejor va a ser que maneje usted, así evitamos una multa. Yo ni siquiera tengo carnet.
Salgo del coche y aprovecho para sacudirme el barro de la ropa que ya está un poco seco. No llueve más y en la capota del cielo se abre una brecha entre nubes por la que se filtran rayos de sol como en las pinturas religiosas. La calle se anima con el alboroto de los chicos que salen de la escuela y padres y combis escolares con arcoiris en las luces.
–Yo me llamo Brian –me dice mi copiloto extendiéndome la mano.
–Mi nombre es Terry –miento desconfiando de que también él me miente con lo de Brian.
–¡Pero Brian y Terry es una serie! ¿De verdad se llama Terry?
( Es verdad. ¡Qué ocurrencia estúpida elegir ese nombre! Pero ya no me puedo echar atrás sin sembrar desconfianza en mi benefactor.)
–Si, le juro, aunque parezca increíble. Que coincidencia ¿No?
–Mi nombre no es Brian. Me dicen, hace mucho tiempo, y ya lo tengo asumido. En cambio mi nombre verdadero lo odio.
–¿Cómo es?
–Rolando, es un nombre soso. Me suena a tabla redonda, a bando, esa ene es muy gomosa. ¿Qué le parece?
No puedo sofocar la carcajada. Él también se ríe y se deschava con toda la mariconada.
–¡Atenti, atenti! –grita señalándome un zorro que controla el tráfico en un semáforo roto. Lo esquivo y continuamos.
–Mirá Brian, en realidad te mentí. Me llamo Fabricio y me metí en un problema que no sé dónde me va a llevar.
–Puede confiar en mí, yo también estoy metido en una.
–Te agradezco. Resulta que me enganché con una chica, una tal M, amiga de mi amigo R que es de acá. Fue en su cumpleaños donde yo estuve, ya te digo, de casualidad porque es conocida de R. Ahí conocí a unos chilenos que nos invitaron a comer a su casa al otro día, o sea, hoy. Me quedé a dormir con ella, vinimos juntos a la villa y después de una siesta me encuentro con que desaparecieron todos incluido el auto de la empresa. Yo quisiera volver a lo de esta M, pero me parece que lo mejor es encontrar antes a mi amigo que es el responsable de todo. Por lo menos de no advertirme acerca de estos personajes.
–Lo entiendo. Qué situación. Yo tengo un problema similar, más grave quizás porque hay un muerto de por medio.
El barrio de M está desierto. Cruzamos a paso de hombre por el frente de la casa que conserva el aspecto de cuando la abandonamos. Detengo el coche un par de casa más adelante sin apagar el motor y desciendo.
–Esperame un segundo.
–No hay problema.
Salto el portón, me acerco a la ventana sin hacer ruido. Lo único que se escucha es un zumbido como de ventilador y pienso si lo habremos dejado prendido al salir. Espío por la mirilla de la cochera. Está vacía y también la parte visible del patio. Me vuelvo al auto.
–Vamonoooos.
–¿No hay nadie?.
-Creo que no. Ni rastros del auto.
Doy una vuelta a la manzana para ver si lo estacionaron en otro lugar. Después seguimos hacia lo de R, donde tampoco tenemos suerte. La casa está cerrada.
–¿Querés que nos tomemos una cerveza? Yo te invito.
–Buenísimo.
–La compramos y la tomamos en el auto. ¿Qué te parece? ¿Conocés un lugar tranquilo para parar?
–Sí, acá nomás está el parque y hay quioscos.
Tomamos por una calle con árboles viejos de copas enormes que forman un tinglado vegetal sombrío. El túnel desemboca en un parque circular extenso con una capilla y un lago artificial circundado de bancos de cemento. Estacionamos en una dársena del perímetro frente a un drugstore poblado de grupos de adolescentes con el guardapolvo desprendido.
Entro y pido una cerveza a un anciano con cara de pasarla mal con el desorden de los chicos. Es un lisiado en silla de ruedas muy ducho en desplazarse entre los freesers con su moviL Me llama la atención que esté con la televisión encendida a sus espaldas, pero enseguida advierto un rectángulo de espejo ajustado a un parante de la silla donde hecha un vistazo cada tanto.
–Muy ingenioso –le digo cuando me estoy yendo.
–Siempre me supe dar maña –me contesta sonriendo con una dentadura envidiable. El dueño especula con los partidos codificados para atraer gente, pero a mí me tiene prohibido ver la tele por miedo a que le roben si me distraigo. Pero ya no soy un chico para que me pongan penitencias, así que inventé este artefacto. Ahora dígame ¿Cómo se dio cuenta?
–Porque la pantalla se le refleja en los ojos –miento y me voy.

Mi compañero puso música en la radio y descansa con la butaca reclinada.
–Contame qué pasó con ese muerto.
–Es el dueño del auto, un buen amigo. Tampoco puedo hacer la denuncia porque se pasó de droga y a mí ya me tienen calado.
–Entiendo.
–Lo que más me pesa es que lo tuve que abandonar en el camino como un perro.
¿Sin sepultarlo?
–Sí. Está tirado entre unos encofrados de la circunvalación nueva.
–¿Y qué pensás hacer?
–No sé. Si usted me puede ayudar... No puedo contar con nadie mas que con mi compañero de departamento, pero no quisiera meterlo en esto porque ya está viejo y vio demasiadas cosas feas en su vida. Justo ahora que teníamos planes de cambiar...
–No hay problema, tenemos que conseguir una pala.
–Gracias. Podemos venir a la noche. Primero resolvemos lo suyo y si se demora se puede quedar en casa, ahí hay lugar.
–Hecho.
Nos relajamos fumando y bebiendo. La tarde cede pronto paso a la noche y hay vecinos que sacan sus sillones a la vereda para tomar el aire fresco que dejó la lluvia. Nos tomamos el tiempo sabiendo que nuestra empresa nos va a llevar todo el resto.
–¿Te suena Nuevo Poder Vecinal?
–Por supuesto. Pertenezco a la Liga del Fonavi. ¿Por?
Le cuento entonces lo del Terex en la casilla.
–¿A qué se dedican?
–A comandar fuerzas, grupos barriales. Es un grupo criminal organizado. Con personería jurídica y punteros por todos lados: la policía, la legislatura, los medios.
–Sí, oí hablar de esos grupos. Y cómo consiguen esos favores.
–¡Ah¡ Es un secreto. Pero se lo cuento, por ser usted.
–Primero montamos varias farsas televisivas llamando la atención con pancartas y ollas populares. Una vez que llegaban las cámaras fraguábamos un suceso inesperado, una muerte o alguien que se acercaba espontáneamente y daba un testimonio aberrante. El próximo paso fueron arreglos de palabra con dirigentes de los medios para que los espectáculos empezaran a ser periódicos y pagos.
Desde ahí las vecinales funcionaron como productoras de casting. Se instalaron mesas de edición de videos y pequeños estudios para mejorar y acelerar las producciones, y al cabo de tres meses estuvimos en la cima de los ratings en todo el país.
–¿No me digas que ustedes son los de Gato con papas?
–Exacto, yo aparecí varias veces. Ahora me dedico a manejar las cámaras porque ya estoy muy visto. Por favor que no se le escape nada de esto. Con el viejo, mi pareja, nos queremos salir porque se tornó muy peligroso. Se juntó mucho dinero con este negocio y los más avispados acapararon el grueso.
Los que hicieron algo de plata y se la vieron venir se fueron. Nosotros no hicimos ni lo uno ni lo otro pensando en pasarla lo más tranquilos, pero sucedió todo lo contrario. Somos carne de cañón. Encima la muerte de mi amigo lo complica todo porque él estaba muy relacionado con gente que ahora lo va a buscar.
–Me dejás sin palabras.
–Nosotros podríamos servirle de mucha ayuda si usted colabora con nuestro proyecto...
–¿Qué proyecto?
–El de irnos. ¿No me dijo que necesitaba viajar? Usted sería nuestro chofer. Antes pintamos el auto y le hacemos papeles nuevos. Todo esto en el caso de que usted no encuentre el suyo ¿no?
–Mmmm no creo, ahora que se como se están manejando las cosas... ¿Vos podés conseguirme una denuncia para presentar en la empresa?
–Ni lo dude.

En ninguna de las dos casas dan señales de vida así que continuamos hacia el sur. En el fonavi hay mucho movimiento de vecinos y música que sale de los departamentos.




&lt;/div&gt;&lt;div&gt;10. &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Todos juntos ahora&lt;/span&gt;


–Él es Terry, un amigo nuevo. Lo encontré haciendo dedo en la circunvalación.
( L y el viejo se lo quieren comer con los ojos.)
-No sean paranoicos, es buena gente. Está metido en un lío, como nosotros. Le robaron un auto que es ajeno y no encuentra a sus amigos.
-¿Y qué podemos hacer nosotros?
-Darle cama y comida por esta noche. Tenemos un plan para mañana temprano. Recuerden que tenemos el auto de Beto, que en paz descanse.
El viejo le hace una seña con los ojos y se meten en el cuarto.
-¿Cuales son los planes, Terry? –pregunta L una vez que se quedan solos.
-Ustedes quieren viajar a la costa ¿no? Bueno, yo tengo que llegar a Buenos Aires cuanto antes. Ahora tienen ese coche y yo permiso para conducir. Nos pareció una buena idea...
-Sabe, el panorama acá es bastante sucio. Brian se toma las cosas con demasiada naturalidad, es el típico bueno que trae mala suerte. En cualquier momento cae la policía a buscarme, o lo que es peor, gente fea con armas. ¿Le sigue interesando la oferta de Brian?
-Sí. Me prometió un certificado de denuncia que necesito. Y con gente fea me topo en todos lados, hace dos meses tuve que matar un tipo en la ruta...
-¿Por qué?
-Porque me salió al cruce con un fierro y me rompió el parabrisas. Un pobre loco al final de un puente roto que hay en Virasoro...
-¿Y qué hizo con el tipo?
-Nada. Le disparé y seguí.
-¿Y todavía tiene el arma?
-No. Se la llevaron con el auto. ¿Ustedes no tienen?
-Sí, algo debe haber acá. Pero siempre es mejor una más. Tome esta automática, guárdela por las dudas.
-Gracias.
-Me sigue pareciendo que está un poco desorientado, fume un poco de esto, le va a caer bien para relajarse.
-Gracias, así estoy bien.
-Haga lo que le digo, necesito socios decididos y usted tiene facha de flojo. Fume un poco.
El viajante toma la pipa y aspira, Tose y lagrimea.
-Retenga el humo todo lo que pueda, por favor no desperdicie droga.
-Dis...cu-cu-pe-cof!, cof!
Las pupilas del viajante se dilatan. Se levanta y camina como para probarse en ese nuevo estado. Recorre el living del departamento deteniéndose en objetos del mobiliario, sorprendido con la nueva dimensión de las formas. Se detiene frente a un espejo y ve una cara extraña, con una barba rojiza y descuidada, el pelo endurecido por el polvo y los ojos rojos.
-Está bueno–dice soltando una carcajada- ¿Cómo no me avivé antes? Ja já.
L se tienta viendo a ese hombre grande desvariar posando frente al espejo, como una criatura. Se le acerca y le toma una mano.
-Me cae muy bien, usted... ¿Cómo era?
-Terry.
-Eso, Terry. Escúcheme –aflojando la risa- ¿porqué no fue directamente a la policía? Por lo del auto digo...
-Digamos que no era lo más conveniente. Entendé que no puedo declarar que me robaron el auto unos hippies amigos de una amante de veinte que conocí ayer. Se supone que estoy trabajando con el auto de una empresa y eso es demasiado comprometido. Pero además... no tengo ganas. Supongo que voy a encontrar a mi amigo y él me va a dar pistas para dar por lo menos con la chica. Si la cuestión se complica tengo la ventaja de una carrera intachable y a lo sumo van a pensar que estoy muerto.
-Mire, no sé porqué le creo, de ser otro ya lo hubiese boleteado ¿me entiende? Una persona como usted generalmente me parece un estúpido. Nosotros no jugamos a la aventura.
-Yo tampoco, quedate tranquilo. Por qué te pensás que estoy acá, ¿me ves cara de curioso?
-Y, sí. Además si la policía lo encuentra con nosotros ¿Qué le decimos? ¿Que de golpe se volvió criminal y se alistó en nuestra banda? Usted es peligroso para nosotros.
-Puede ser, pero no soy estúpido. Algo se nos va a ocurrir, ¿o me vas a decir que ustedes tienen un plan?

El living del departamento se transforma en una oficina de operaciones. Sobre la mesa ratona hay un mapa desplegado del país, una recortada y un rifle de caza que Brian y el Viejo no se animan a tocar. Y el total de billetes que reunieron: cincuenta del viajante, trescientos de L y con lo de los putos suma quinientos en totaL Mientras los otros van y vienen preparando los bolsos y deliberando nerviosos el viajante pide el teléfono.
-No queremos ninguna jugarreta –le advierte L- considérese más que un socio un rehen, ¿me entiende?
-No te preocupes, necesito encontrar a mi amigo.
Atiende el contestador. La voz grabada de R dice “te comunicaste con el -----, en este momento no te podemos atender...” y Terry piensa que lo que sospechó de R y M al verlos juntos en la fiesta era verdad, y que todo fue una trampa para robarle el auto. Imagina ese tour de luna de miel con los chilenos vomitando en el auto y R y M riéndose de éL Les desea un accidente. Trata de producirlo concentrándose en el odio que de pronto se desata en su cabeza al sentirse estafado por su amigo y la Ternera.
-Debí escuchar la advertencia del borracho esa noche, tenía razón. ¿Pero cómo pasó todo este tiempo sin que yo me diera cuenta de nada, de cómo puede terminar una aventura de estas? Falta de tacto supongo. ¿Qué pasó con R desde que nos separamos el año pasado y planeábamos un negocio juntos en Brasil? Vivir en el coche me enajenó de todo. ¿Qué es eso de Nuevo Poder Vecinal? ¿Puedo confiar en estos tipos?

La tele y el fuego de la pipa quemando mezcla son las únicas luces encendidas. En las cortina corridas se dibujan las torres iluminadas y algunas siluetas en los departamentos de enfrente. El silencio es total en el living y en cada sonido involuntario el otro cree adivinar una conspiración: un crujido del sofá, una explosión de tos. Brian preparó sanguches y tragos que van y vienen de la mesa a las bocas y es él único que disfruta de la cena manifestándolo con exclamaciones suspiradas. ¡Mmmm¡, o, ¡Qué bue...! Su modelo de entre casa es una vincha elástica con la que se sujeta los rulos sobre la frente y una pollera pantalón de hilo azul eléctrico.
Nada de filmaciones ni chantaje, eso es pura película –está diciendo Ele. Tenemos que salir cuanto antes.
-¿Y mi denuncia?
-Esperá, dice el viejo. Revuelve unos papeles en una carpeta y saca un formulario en blanco sellado por la policía. Garabatéa una fecha y pide nombre, número de documento y señas del auto de Terry.
-Bueno, entonces, ¿qué esperamos? -dice Terry. En eso se escuchan pasos en la escalera. Pasan frente a la puerta y continúan hacia arriba.
-Esto –dice L saltando como un gato hacia la persiana. Los demás se tiran detrás del sofá.
La puerta hace clanc y se abre. Entran cuatro siluetas esgrimiendo armas; la última enciende la luz.
-No están. Se escaparon.
-Imposible, la pipa todavía está prendida.
-¡Salgan despacio! No pasa nada. L, queremos hablar no más, salí.
L se les aparece por atrás, entrando desde el lavadero. A último momento se le ocurrió salir por la ventana, justo cuando los monos entraban, y ahora los tiene de espaldas. El viejo sale del cuarto fingiendo ¿qué pasa? mientras el viajante y Brian se atrincheran detrás del sofá con las armas gatilladas.
-Despacio chiquito, mirá que a las armas las carga el diablo.
-¿Dónde está L?
-No se, en su casa. ¿porqué no lo dejan en paz?
-No te metas viejito hoyo, contestá lo que te pregunto.
-Mirá mocoso que voy a hablar con tu padre y te la va a dar. Salgan ya mismo de mi casa.

La última vez que L los vio vivos fue de frente. Les habló antes de iniciar fuego cruzado con el viajante, que desde detrás del sofá acertó con dos tiros su parte en la tarea. Les dijo: animalitos míos, y disparó a quemarropa.




&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Fin
&lt;/span&gt;

Mi nombre es Terry Vargas. Tengo 46 años y vivo de filetear pescado en Mar del Plata. Hace seis años atrás era otra persona. No sé si mejor o peor que ahora pero no es cosa a la que le dedique espacio en mi mente. Me gusta mi trabajo, me gusta pasear temprano por el puerto esperando los barcos y beber cerveza en la puerta de mi casilla cuando termino.
A la noche vienen amigos a cocinar lo que me dan en la pescadería y ellos se encargan de llenar la pipa. Son viejos amigos. Gente con la que me crucé en plena bancarrota y me ayudó a reconciliarme con migo.
Ahora tengo una idea más clara de mí mismo y en esta situación el pasado no tiene peso. Sé que fui padre, jefe de familia, corredor de comercio. Que tuve un coche que a veces extraño porque viví en él mucho tiempo, pero que siempre supe que tenía que abandonar para poner los pies en la tierra.
No se puede vivir sobre ruedas todo el tiempo. La vida es una estancia con un casco y caminos que te llevan y te traen, aunque ese punto quieto sea una casilla, una mesa, alguien que te trata bien. Y el mar, la gran salida a otros mundos, es la perfecta imagen de lo que uno espera siempre, o de lo que deja correr, como la idea de lo que podríamos llegar a ser siendo otros, en otro lugar, en otra película.
Hoy recibí una carta de mi viejo amigo R en la pescadería. No sé cómo dio con migo después de tantos años. La cuestión es que me pide disculpas por “la broma que te hicimos con M y los chilenos con lo de sacarte el auto”. No sé a lo que se estará refiriendo. No porque ya no recuerde nada, sino porque no puedo relacionar esos hechos con una broma.
Me cuenta a demás que está en la ruina y que le gustaría venirse a trabajar una temporada. Que su mujer le reclama cosas y sus dos hijos le vacían los bolsillos cada fin de semana bajo la amenaza de no volver a verlo nunca más.
No creo ser la persona adecuada para darle una mano, así que rompo la carta y la tiró en la basura. Enseguida siento un fuerte aleteo en el pecho. Entro en la casilla y me sirvo una cerveza helada. Desde la ventana de la cocina, mientras acompaño el trago con el primer cigarrillo del día, veo llegar los barcos desde mar adentro.
Luego de una ducha refrescante estoy listo para filetear hasta las siete. Después vienen mis amigos a verme, los verdaderos. Y espero que traigan hierba para la pipa.
Quizás recuerden lo de la maratonista en el puerto y la primera impresión que me causo M, la chica vampiro. Bueno, cosas así me pasaban en aquel entonces, raptos de soledad descontrolada. Si les quedan unos minutos y algo de interés por esta parte de la historia, les contaré algo más.
Mientras huíamos por la ruta 14, yendo por Entre Ríos, vimos un accidente. No sé bien cómo convencí a mis compañeros de que parásemos, pero la cuestión es que bajé yo solo. Hacía uno de esos días de calor en que el pavimento recalentado genera una ilusión óptica de charcos en la ruta y recuerdo que volví al auto en busca de gafas.
A cien metros de la banquina había un auto rojo volcado. Alguien, una adolescente, había logrado salirse por la ventanilla de atrás y sentada en el pasto se quitaba el pelo ensangrentado de la cara. Un rostro familiar, como aquel otro de la corredora en el puerto, a pesar de que no lograba encontrar su mirada.
Cuando estuve a unos pocos metros y mi sombra se interpuso en su ángulo de visión, se dio vuelta.
–Mi mamá está adentro –dijo sollozando-, y entonces reconocí a mi hija. Me agaché para ver en el interior y vi a Muriel hecha un bollo en el volante, cabeza abajo y con el cinturón puesto. Parecía una anciana, con el pelo suelto y sin tintura, el rostro encogido, las manos ajadas aferrando el volante.
El asiento del acompañante estaba vacío y entonces le pregunté a mi niña si había alguien más.
–Sí –dijo señalando un bulto marrón tirado unos treinta metros campo adentro, hacia donde vi a Brian avanzar lloriqueando.
Yo me ocupé de forzar la puerta del volante y sacar a Muriel arrastrándola de los tirantes de la maya que llevaba puesta, algo que aprendí en documentales médicos. Con el movimiento volvió en sí y se me quedó mirando sin hablar. Luego balbuceó algo ininteligible y cuando le pedí que repitiera la frase sonrío plácidamente y volvió a quedarse dormida.
El hombre estaba muerto. Unos metros atrás encontramos su teléfono celular. El viejo me indicó un número y pedí una ambulancia. Tuve que correr cien metros hasta un mojón para dar el kilómetro exacto, después corté.
–Ya vienen para acá –dije-, y nos marchamos.




Frente a la cámara


L: ¿Alguien trajo algo para comer? (silencio, el contraluz muestra al viejo echado en la butaca del acompañante y a Terry conduciendo, ambos concentrados en sus pensamientos. Está cayendo la tarde y la ruta se extiende hasta cortarse en el borde del parabrisas. El sol está apoyado en el campo del oeste donde se ven grupos de vacas quietas y bandadas de teros trazando parábolas chillonas. L se estira por sobre el asiento y aparece en cámara. Pone la radio donde comienza a sonar un tema viejo de Madonna y cambia a una emisora de rock.)
Terry: Brian, apagá esa cámara (su mano lanzada hacia atrás avanza hasta tocar la lente de la cámara que comienza a retroceder y a moverse.)
Voz de Brian: Espere, ¡hey!, epa, no quiero perderme este atardecer, escuche ¿a qué le tiene miedo?
Terry: No tengo miedo, no me gusta que me filmen todo el tiempo. Tengo que conducir. (silencio, la cámara se queda quieta.)
Voz de Brian: ¿Qué?
(nadie contesta. En un ángulo se ven las manos de L que sacan un bolso de debajo del asiento, una de ellas revuelve el interior y saca una bola de pooL La destapa como si fuera un pote y echa el contenido sobre una revista extendida en su falda. La cámara hace foco en este procedimiento pero la imagen ya no es tan nítida por efecto del contraluz. Las manos vuelven al interior del bolso y una de ellas trae un saca bujías. Con una lanceta una de ellas revuelve dentro del conducto extrayendo algo que la otra limpia con un pedazo de papel o un trapo. Luego hacen lo mismo dentro del hornillo de donde extraen a demás un circulo muy pequeño de alambre tejido, como una maya. Una de las manos toma un encendedor y quema la maya acercándola a la llama, una breve columna de humo se desprende hacia arriba. Las manos vuelven a colocar el filtro en su lugar, luego sacan de un bolsillo interior un paquete de papel que colocan junto al otro montículo sobre la revista y preparan un tercero mezclando partes de ambas sustancias. Lo echan dentro del hornillo y extienden la pipa presentándola a la cámara.)
Voz de Brian: Este viaje va a ser inolvidable. Me siento en el arca de Noe con la diferencia de que acá no hay ni una hembra, ¿no es cierto chicos?, jua jua jua. (silencio, el viejo carraspea y su cabeza desaparece detrás del asiento. Una voluta gigante se desprende desde atrás inundando la cabina del coche.)
Voz de Bian: ¡Qué cara de culo que tienen todos hoy! (la cámara cae de lado mostrando un plano inclinado de la ruta que va paulatinamente desapareciendo en la oscuridad.)
Voz de radio: en nuestro segmento oscuro vamos con Monotremata de Godflesh... (al final de la canción la grabación se corta.)&lt;/div&gt;
&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21821081-115800850384180634?l=elarbolencantado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/115800850384180634'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/115800850384180634'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/2006/09/monotremata.html' title='MONOTREMATA'/><author><name>marlboroblog</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13518549802093400899</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='19' src='http://2.bp.blogspot.com/-wMyqzbMRt6w/Tt2o6PtqsqI/AAAAAAAAAio/EKE8AW3h9cw/s220/alba.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_qH0ly2LxdXY/R79O1pZsTrI/AAAAAAAAAM8/BQX9RWVSXSQ/s72-c/Puente-carretero.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21821081.post-114666611091467847</id><published>2006-05-03T07:19:00.000-07:00</published><updated>2011-02-20T11:00:25.985-08:00</updated><title type='text'>Candy mixto</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;/ por fin descubrimos el lado bueno de mirar la tele, qué pena todos los que tuvieron que cargar con la culpa del placer de arrobarse frente a la bomba catódica /
&lt;/span&gt;
Me meto en el parque chupando un candy mixto de Mc Donald. Es una siesta sofocante de fines de noviembre en la que el verde brilla como si estuviera a punto de hablar, o bien se ahueca y la exhalación de vapores al ras del suelo evoca la duración de una vocal abierta. Tomo agua de la fuente, recorro los sectores buscando un lugar donde echarme a retozar, pero cada reposera del suelo es un hervidero de insectos que protesta.
Los bancos de piedra están inundados de agua de lluvia que demora en secarse por efecto de la bóveda de árboles que los cobija del sol. Recorro la senda empedrada hasta el final, atraído por un murmullo que crece a medida que avanzo.
La visión del balneario atiborrado de niños me enceguece: con el agua que salpican los cuerpos tensándose como arcos que describieran rayos, con la cerca de caños amarillos protegiendo el predio, con el murmullo grave de los jóvenes parados en el borde de las piletas exponiéndose secos al sol rajante.
Las piletas circulares convergen de mayor a menor en una más pequeña, superpuesta a todas las otras, con un chorro de ballena surtiendo de un caño. Apenas se la distingue, cubierta como está por una cinta animada de niños que trepan y saltan dentro de otras piletas en las que hay niños saltando y trepando a los bordes de otras, y así sucesivamente.
Me trepo a un árbol a leer las Ensoñaciones de Rousseau. Me salteo las venenosas líneas que le dicta el resentimiento porque no es un pan que yo quiera morder, atorado como suelo estar con el mío. Me concentro en los pasajes del vagar herborizando por los bosques, el oficio de la soledad y el autoconocimiento predicados por el oráculo de Delfos luchando por encarnar en la versión más pusilánime y egocéntrica del iluminismo romántico europeo.
Cuando era niño soñaba con ser entomólogo. Había leído un libro que narraba un naufragio de unos hombres que iban a parar a una isla desierta en donde cada uno continuaba desarrollando sus oficios y al cabo componían una sociedad perfecta. Mi personaje favorito era el entomólogo, un joven inglés que se las pasaba recolectando especies extrañas de insectos para investigarlos y clasificarlos con los instrumentos que llevaba en un pequeño maletín. Por supuesto que era el personaje del grupo menos interesado en sobrevivir, pero también el menos perjudicado por la ambición cuando todo volvía a ser el mismo bodrio de siempre y el autor, compadecido, les otorgaba una nueva (tercer) chance de ser rescatados por un transatlántico salido de ruta.
Por ese tiempo yo había comenzado el bachillerato y para las clases de biología nos habían pedido un equipo similar al de Fred, que así se llamaba el romántico naturalista, con punzones y bisturís y láminas de corcho y vidrios porta objetos. Imagínense el entusiasmo con que preparé mi equipo, soldando durante horas pequeñas sierras de ampollas de medicamentos al extremo de una birome, para diseccionar, agujas para hincar y perforar, y espatulitas de plástico para raspar; todo pensando en seres vivos, por supuesto.
Pero la desilusión llegó pronto, cuando la profesora propuso examinar las células del corcho, que no debe haber células más inocentes y aburridas que las de una inerte lámina de corcho. Yo para entonces tenía varias cucarachas y grillos encerrados en frascos, dentro de mi caja, con intención de diseccionarlos y estudiarlos en el microscopio de la escuela. Mientras llegaba la clase semanal en el laboratorio me las pasé inyectándoles inútilmente agua y otras soluciones de sal y vinagre que se me ocurrían para ver si podía hacer hablar a la naturaleza por mi cuenta. Obviamente los bichos se me pudrieron y una mañana que destapé furtivamente un frasco en clase el olor a podrido inundó todo el área de gabinetes y tuvimos que salir de las aulas. Si no me creen hagan la prueba de inyectar agua en un grillo y guardarlo al vacío en un frasco. Al cabo de unos días el hedor superará al de cualquier cadáver humano desenterrado en plena descomposición.
La cuestión es que el entomólogo del libro encontraba una mariposa extraordinaria de la que sólo tenía noticia por enciclopedias, pero en su situación actual de náufrago todas sus aspiraciones de contribución y reconocimiento por la colectividad científica resultaban inútiles, así que decide no cazarla y de esta manera descubre algo más emocionante, que es cruzarse en sus excursiones diarias con la mariposa viva. Persiguiendo a la Ópalus no sé cuánto descubre un poblado pequeño emplazado en un recoveco de zarzas entre el mar y unas colinas donde habita una muchacha salvaje que lo fulmina con su belleza. Este encuentro modifica la rutina del entomólogo quien, a partir de ese día, deja de cazar y coleccionar insectos para dedicarse a pasear con la muchacha por la foresta. El espectáculo fugaz, huidizo, de las especies en libertad lo ayuda también a emanciparse de todo sentimiento de posesión con respecto a los seres y es así como el entomólogo descubre el amor en su estado puro.
Por supuesto que en mi temprana edad yo hacía oídos sordos a estas moralejas y metafísicas, dado que mi interés pasaba por medir y tentar los límites de mi poder sobre las cosas, sean éstas seres vivos, muertos, reales o imaginarios, y en este caótico magma de pulsiones en el que me servía indiscriminadamente de todo lo que estaba a mi alcance yo era muy proclive a la destrucción irreflexiva, y el goce de saciar mi curiosidad vaciada de criterio daba forma a ese espíritu criminal que afortunadamente conservamos todos los hombres. Y digo afortunadamente porque estoy convencido de que el mal nos nutre y nos hace crecer más allá de la dirección que cada uno luego le dé a su aprendizaje de la vida. No sé a quien escuché decir que el bien no es más que un tope al que los humanos tendemos a acercarnos, pero finalmente es el infierno de las simas el que genera el vapor, la presión, las explosiones y las fallas de que nuestra alma se sirve para ascender.
Estoy entonces en el parque, refrescándome con la visión de los muchachos saltarines en las piletas del balneario, leyendo en orden arbitrario las lecciones del putón del dieciocho, sabiendo que yo tampoco me quedo atrás con mis caprichos de finales del veintiuno. Creo.

Paulatinamente la atmósfera se ha ido cerrando en gruesas y oscuras nubes que acechan desde el sudoeste. Me tienta la idea de quedarme hasta que la tormenta explote y poder ver explotar también las piletas, con muchachos saltando olímpicamente la valla y corriendo en todas direcciones. Pero tengo una tarea para dentro de quince minutos, así que guardo mi equipo en el bolso, me descuelgo del árbol y salgo del parque bordeando las piletas.
Al cruzar la avenida, frente al hospital público, me quedo varado por una marcha de manifestantes que se desplaza por la calle transversal cerrándome el paso. Reconozco a algunos de los muchachos que vi hoy temprano en la fuente, ahora acalorados y con remeras y estandartes de arpillera de plástico. Filas de murga y zancos y la imagen de un político incendiándose sobre las cabezas de cientos de manifestantes enardecidos entonando un cantito que dice:

El que lo votó, nos jodió,
se cagó en sus hijos, y metió
a todos en la tumba.
A lo que me dio
ya me lo chupé
y para las mujeres
(otra vez)
el culo de la sopa.

¡Y pa las mujeres el culo de la sopa!

Contesta un coro de mujeres de variada edad.

La mayoría de los músicos son niños, como así también los zanquistas. Los adultos se limitan a cantar, y algunos, formando un cinturón serpenteante entre las filas, ordenan el avance.
Entre tanto hago una llamada desde el locutorio del hospital. Explico a mi amiga, que me espera, que estoy a apenas unas cuadras de su casa esperando yo también a que se disipe una marcha para poder llegar. De paso saco el auricular fuera de la cabina para que ella pueda escuchar el cantito.
–No es necesario –me dice–, los tengo en la puerta.
Entonces ella también saca el auricular por la ventana y ambos escuchamos, con retardo de milésimas de segundos, un paneo estéreo imperfecto de las frases del canto desde un extremo al otro de la marcha.
Para cuando llego, resulta que mi amiga se metió a bañar. Me da indicaciones, desde la ducha, de que la computadora está encendida. En el cuarto, la única luz proviene del monitor con un archivo de video puesto en pausa. Pongo play y me tiro en la butaca.
Las imágenes están muy crudas, con mucha explosión de naranja y rosa, típicos del porno yanqui que no queríamos imitar. Pero todo lo demás fluye muy bien. La economía de las tomas, todas de siete minutos, porque están programadas, ocurren y suceden con naturalidad, sin violencia, y la edición de la banda sonora que acaba de terminar Liliana es una maravilla. Y eso que estoy hablando de, por ejemplo, explícitos cum shots amateurs con fondo de viejos tracks de Piero.
Lo que más me gusta de este proyecto con Liliana y Graciela es que no somos amigos, pero en ciertos aspectos nos manejamos con una confianza ciega, como si tuviéramos un espíritu rector que nos indicara a cada uno la manera en que debemos actuar dentro de la empresa sin despertar susceptibilidades. Y además de eso, el arma más difícil de empuñar, llamémosle por hoy deseo, funciona perfecto. Somos tres tarados con la potencia de un motor de camión que cuando nos ponemos frente a la cámara nos olvidamos de todo enseguida y nos abandonamos al placer sin límites.
Es increíble como el dinero, la promesa de conseguirlo, puede hacerte excitar sexualmente. Es casi tan efectivo como el amor, aunque menos complicado, porque no hay otros objetos, siquiera ideales, en tu mira, más allá de papeles de color, billetes, ¿no? para hacer con ellos lo que se te dé la gana.

Cuando empezamos con esto Liliana y yo apenas nos conocíamos, pero ya había algo, o quizás mucho, de confianza sembrada sobre un reconocimiento mutuo por nuestros trabajos. Ella había leído mis cuentos en la red, no se perdía un recital de Imán, aun esas noches terribles en que me tocaba cantar frente a no menos de veinte mesas vacías. Y yo, por mi parte, siempre concurría con asombro a sus llamados, que era como había bautizado a sus extraños eventos artísticos. Cortinado verde de tiritas hecho con un borroso planisferio estampado en un hule, pizarra, escolar, dando acceso a cosquilleantes laberintos sinestésicos, en el underground de un banco, y entre luces y volutas blancas de una máquina podrida de humo rock, y un fondo musical de viejos discos de rock, cuando ya ni en la feria de Munro (hablo del invierno del 2066) se conseguían, anacrónicas referencias familiares explotando el sentido sin herir el orden de sus propios textos: manteles estampados con motivos vegetales sobreimpresos con figuras vinílicas de connotación animal, casi carne, si hablamos de los rojos, casi sangre, si de los negros torrentes precipitados hasta alcanzar el latex de la pista de baile donde nos movíamos.
Graciela, una transformer barrial de asombrosa erudición cinematográfica, había estado siempre rondando nuestros proyectos. Al principio yo nada más sabía de ella que era modelo de Liliana, pero una noche, al cabo de escucharla cantar a capella, en un club casi vacío, una versión de The final countdown, de Europe, comencé a adorarla y varias veces la alenté para que preparáramos un talk-ficción radial que, al final, nunca pudimos concretar (y ahora tiendo a creer que a causa de una extraña paradoja que suele conspirar contra la perfección).
Recuerdo algunas cosas del guión que compuse para ella por ese entonces. Se trataba de una líder de “X” Sociedad Protectora del Tamagochi que reclamaba la negligencia con que los niños, aburridos, insaciables y al mismo tiempo atiborrados de información, dejaban morir, con consentimiento de sus padres, sus mascotas virtuales. Su discurso recreaba paródicamente el mito de la criatura monstruo, tipo Frankenstein (y, en cierta manera, también Pinocho), víctima de la ambición desmesurada del hombre científico, sólo que nuestra versión era un disparate seudo moral para un segmento de humor que yo producía en un programa de F.M.
Recuerdo también ahora que Liliana estuvo presente en muchos de aquellos ensayos, que fueron casi todos en plazas. Siempre de casualidad, ella pasaba paseando su perro o haciendo diligencias en el auto. Compraba Coca Cola y golosinas y se tiraba muy calladita en el pasto a vernos ensayar. A lo sumo renegaba con su mascota. Y cuando ya parecía que apenas estaba prestando atención, como cualquier ocioso que pone la tele para poner su mente en blanco, pasar el rato, se despabilaba con unas ideas tan precisas, voladoras, audaces, sí, pero acertadísimas y llenas de gracia, que cualquier otro, estoy seguro, y mucho más conociendo, como creo conocer, la sordera mal llamada soberbia de tantos autores de mi localidad, hubiese tendido a desdeñar. Primero nos sugirió vender la idea a un canal de cable y entonces de allí en adelante pasamos a reunirnos en su casa. Todos los encuentros se registraban a cámara abierta y esto nos exigía despachar las ideas espontáneamente pero con un rigor mínimo de producción como para tener un registro lo más claro posible.
Al tercer encuentro Graciela ensayó una masturbación frente a la cámara mientras nosotros la alentábamos desde afuera para que no perdiera confianza. Lo del Tamagochi se agotó en dos o tres episodios y nunca más se volvió a hablar del tema. La idea que estuvo en el origen de Potrillo Mojador fue una masturbación grupal al aire libre, en el patio de la casa de Liliana. La cámara tomaba desde una ventana, así que habíamos logrado un buen clima, relajado y caliente, muy adecuado al tipo de persona que éramos en hasta ese entonces: un gremio de promiscuos reprimidos aspirantes a artistas.
Por supuesto que ese primer registro nunca lo usamos para el film porque fue un desastre, pero de allí en más las ideas para el guión no pararon de surgir y la película dejó de filmarse con P.C. Lo ideal es una cámara de 16 mm, dijimos, y vendimos el equipo de Liliana, o mejor dicho, lo cambiamos a un estudiante de cine por su viejo equipo de cámara y tortas de película, luces y consola de edición. El tipo creyó que salía ganando, pero nosotros todavía recibimos cheques de sitios de internet donde se distribuye Potrillo...
Con la plata que ganamos al principio compramos una mejor P.C., equipada para digitalizar registros analógicos, y ya no tuvimos que pagar el trabajo a terceros que nos extorsionaban con denunciarnos si no le pagábamos la plata que pedían, que era una barbaridad, y que encima se quedaban con copias, para masturbarse, porque ni se les ocurría venderlas ni cómo. Pero, en el fondo, lo nuestro no era, bueno, es, estrictamente porno, digan lo que digan, y los productores también lo saben y nos cuidan porque saben que inventamos un nuevo género documental, autobiográfico, que está teniendo cada vez más adeptos en la red y del que somos hasta ahora los únicos expertos.
Pero yo estoy viniendo ahora a lo de Liliana a arreglar mi parte, porque me voy. Me salgo, como se dice, porque ya tuve lo que quería con esto y me aterra la idea de quedarme pegado con lo de vender mi imagen para que la gente se delire, aprenda y se divierta, siendo que yo ya no aprendo nada más. Quiero hacer películas en serio, o al menos escribir libros y guiones y venderlos, pero lejos de aquí.
Cuando le digo todo esto a Liliana se larga a llorar. A ella también le pasa lo mismo, con la diferencia de que no se le ocurre por ahora otra cosa. Encima se queda con toda la inversión en equipos que valen una fortuna y que nunca va a volver a usar si vuelve a los llamados (pero yo estoy seguro de que sí).
Esto me dice y yo le digo: No. Tu agencia estuvo siempre y ahora más que nunca en marcha. Algo se te va a ocurrir.
Y guardo mi gran cheque y me voy. Y cruzo el balneario del parque ahora vacío porque se hizo de noche y me meto saltando la valla. Dejo mi bolso en el borde de la pileta grande y me meto vestido a nadar.
Dios mío. Este cheque quedó incobrable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21821081-114666611091467847?l=elarbolencantado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/feeds/114666611091467847/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21821081&amp;postID=114666611091467847&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/114666611091467847'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/114666611091467847'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/2006/05/candy-mixto.html' title='Candy mixto'/><author><name>marlboroblog</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13518549802093400899</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='19' src='http://2.bp.blogspot.com/-wMyqzbMRt6w/Tt2o6PtqsqI/AAAAAAAAAio/EKE8AW3h9cw/s220/alba.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21821081.post-114091303196904691</id><published>2006-02-25T16:09:00.000-08:00</published><updated>2008-10-03T17:35:11.045-07:00</updated><title type='text'>Aspe seis</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/5310/2210/1600/evergrn.0.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5310/2210/200/evergrn.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;/ Si está visto que no sólo el futuro, sino también el pasado, entra en el terreno de la posibilidad /
&lt;/span&gt;


I

Aspe seis, le había dictado la voz de una señora por teléfono, pero no anotó nada porque pensó que jamás podría olvidarse de una dirección con nombre tan sonoro. Pagó y salió del locutorio para sumergirse en la atmósfera flamante de la calle. Todo el sol del verano cayendo a pique esa mañana sobre el centro de Elx.
–Aspe seisss. Assspe sei.
Sonaba como una fórmula, como el título de un proyecto artístico o de ingeniería civil… En todo caso, el denominador común a todas las analogías parecía estar cifrado en esa palabra que inconscientemente sus labios dejaron escapar.
–Futuro.
Y una joven lusitana que venía en la dirección contraria, muy guapa con su vestidito de gasa, pero evidentemente agobiada por las bolsas de la compra, cazando al vuelo esa palabra perdida, respondió con un gesto despectivo que puso en evidencia su natural vanidoso. Seguro que interpretó un piropo. ¡Bien por ella!
A poco de andar encontró y tomó la calle indicada, bajando recto desde la avenida hacia el Palmeral, para luego, a la altura de Correos, girar a la derecha. Todas cosas que esa tal Marisa le había indicado por teléfono.
El cartel de la próxima calle, efectivamente, ponía “Aspe”, y la numeración partía allí de cero, puesto que se trataba de una cortada que empezaba a mitad de la cuadra. La calle Aspe se precipitaba en forma de rampa empinada en dirección a ese famoso “Palmeral” del que apenas entreveía, allá abajo y a lo lejos, el revoltijo amarillo y estático de sus copas.
El hecho de ver la referencia escrita allí, expuesta y al alcance de cualquier mortal, no disipó un punto las fantasías estimuladas por el sonido de semejante palabra desde que se la dijeron. Tanto que ni siquiera prestó atención al dato inminente de que se encontraba ya a muy pocos metros de su destino. La casa de esa tal Marisa, con quién se había puesto en contacto a través de un clasificado del diario “Información”.
“Se necesitan chicos para casa de servicios a caballeros en Elx”


II

En realidad el muchacho había viajado en tren desde Alicante, y ese primer día Marisa lo había recogido en coche en la puerta de la estación de autobuses de Elx. Pero como creo que no es justo andar con tantos devaneos en los cuentos, pensé que sería conveniente partir desde acá. Sólo que ahora creo que tampoco es justo que por criterios estéticos me abstenga de contarles cómo reconoció Marisa a Rubio en el portal de la estación, y a su vez, cómo este muchacho cayó en la cuenta de que se trataba de ella. Cosas tontas pero que, si mi intuición no falla, uno siempre se cuestiona a la hora de las citas a ciegas, propias o ajenas. Y al respecto, Rubio pudo comprobar por propia experiencia que todos esos temores y prejuicios se diluyen en el momento en que dos miradas extrañas y anhelantes se entrechocan para producir, como las espadas enemigas, la comunión de la chispa. La chispa en el ojo bueno de Marisa, que el derecho lo tenía arruinado y virola.
“¡Vaya pinta la de mi colega!”
Fue más o menos lo que pudo Rubio descifrar en los gestos de la señora del Seat rojo, el tiempo en que ella se demoraba en acercar el coche al cordón.
“¡Y a éste tío quién lo manda, a ver!”
Pero lo que la bizca dijo en realidad fue: “Sube”, empujando hacia fuera la puerta del coche.
Un autobús urbano hizo sonar la bocina apremiándolos y el muchacho apresuró su andar movedizo para zambullirse dentro.
– ¿Cómo te llamas?
–José –mintió pudorosamente el chico.
–José, yo soy Marisa. Encantada.
Y le tendió una mano laxa y regordeta, atiborrada de anillos de metal y piedras de fantasía. Las uñas, sin esmalte aunque prolijamente esculpidas, volvieron a tomar posición sobre la palanca de cambios cerrándose como una falange de hoplitas en posición de tortuga.
–No te molestará que me haya apresurado a bautizarte Rubén para el anuncio, ¿verdad? ¿Qué nombre acostumbras llevar?
– ¿Qué anuncio?
–El del periódico, chaval. Que ayer mismo, luego de que llamaras, mandé a poner para que salga hoy. No están las cosas para perder el tiempo.
Concluyó la frase bajando el volumen de la radio, con un gesto contrariado y a la vez mecánico, y echando miradas nerviosas por el retrovisor, inició una maniobra no reglamentaria para tomar la calle Aspe yendo en reversa, poco menos de media cuadra. Estacionó sobre la vereda y apagó el motor.
–Supongo que tienes experiencia en esto, verdad José.
–Sí.
–Con hombres, digo. ¿Ya has estado trabajando?
–Claro…, pero ¿dónde está el local?
Por toda respuesta Marisa descendió y lo esperó junto a la fachada de una casa antigua, con la puerta clausurada por una pesada persiana de madera. Cerrada más de la mitad, la persiana podrida amenazaba con desprender su guillotina sobre el plano de mármol del escalón de la entrada, elevado unos treinta centímetros de la línea de la vereda. Por el tramo que la persiana dejaba al descubierto, se alcanzaba a ver la parte baja de una puerta de madera de dos hojas, que pronto cedió silenciosa a la mano de Marisa.
Rubio empujaba la puerta del coche echando un vistazo a la redonda, mientras la mujer activaba el seguro antes de desaparecer como un duende, o un ratón, hacia el interior oscuro de la casa.


III

Una parte interesante de la conversación en el coche que también había decidido apresuradamente recortar:
–Déjame adivinar… eres argentino.
–Tibio, Tibio…
–Vaya, ¿sabes que eres un tipo raro?
Rubio no pudo reprimir una carcajada nerviosa que contagió saludablemente a la alcahueta y se expandió como un gas benéfico en toda la cabina.
–Eres guapo, masculino y muy reservado, tres cosas que no suelen darse en la gente de ambiente. Y ahora me sales con eso de que “Tibio, tibio”. ¿Cuánto misterio?
–Nada de misterio, Marisa. A lo sumo es que estoy un poco nervioso. Y con eso de “tibio, tibio” quiero decir que por un pelo no has acertado.
–Ya, ya. No me hagas caso. ¿Entonces…?
–Entonces, vengo de Montevideo, Uruguay. Un país pequeño, pegadito a la Argentina.
–Hay, qué bonito lo que dices –acompañando las palabras con una melancólica caída de cuello.
– ¿Conoce?
– ¿Que si conozco? Yo he nacido en Salto Uruguayo.
– ¡No me diga! Eso sí que es raro.
–Pero claro, no sé si a eso se le pueda llamar conocer. Mis recuerdos verdaderos recién comienzan en Madrid, donde me crié. Los otros son como espejismos hechos con imágenes que, de tanto machacar mi madre con sus cuentos y sus fotos, se me han quedado grabadas.
–Claro, es lo que suele pasar. Nunca sabremos lo que somos…
Pero a Marisa parecía ya no interesarle escuchar nada más que las voces removidas en su interior. Voces que evidentemente la complacían, muy a pesar de su dudosa legitimidad, porque aun así le devolvían o ayudaban a dar forma patente a ciertas partes oscurecidas de su historia, equis tesoros postergados y sepultados por los insondables caprichos de la vida en apremiantes situaciones de crecer y de tomar arbitrarias decisiones, tales como olvidar, tergiversar, entre tantas otras.
–Imágenes de un río gigantesco y oscuro –continuaba la señora–, ancho casi como el mar. Mi padre allá lejos, internado en la corriente, parado sobre una roca negra, a la pesca de esos famosos… ¿dorados? ¿Digo bien? Tú corrige.
El muchacho cabeceaba sonriente.
–Yo mirándolo desde la costa, tan pequeñita, vistiendo apenas un bombachudo y una gorra, a upa de mi pobre mamá. Las patitas en la corriente fría, que pasa como una tromba entre las rocas. Un olor penetrante a hierro… Si es que, ya te digo, hasta esos mínimos detalles se me han quedado grabados.

&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Rubio se dejaba llevar. Sonreía dentro de una nebulosa condensada en torno de tantas inesperadas referencias familiares. No obstante no dejaba mentalmente de pellizcar su conciencia para mantenerla alerta y a la altura cabal de la circunstancia. Lejos de ofenderse o espantarse, el chico condescendía con el arrebato de esa perfecta y, por lo mismo, potencialmente peligrosa extraña, yéndole a la par.
Porque, salvando las distancias, intuía un vínculo estrecho y, por así decirlo, espiritual, que lo ligaba a esa inescrupulosa prostituta devenida, a exigencias de la edad, en matrona de una casa de citas. Uruguaya, como él. Bizca de un ojo, como rengo desde hacía unos años también él (y esto a cuento de la dimensión somática que acaban por alcanzar ciertos estigmas). Esclava de un natural vicioso, autodestructivo, miserable, propenso a dejarse seducir por oscuras pasiones, y todavía encima el remate contundente de un detalle: la indeleble imaginación del padre como un punto difuso, lejano, inalcanzable, parado con su reel sobre una roca negra del Salto Uruguayo, concentrado en la utopía redentora del dorado.
&lt;/span&gt;
– ¿Y cómo es que terminaron por volver? –fue lo que se le ocurrió en ese momento a Rubio preguntar.
–Eso es lo que nunca me supieron responder con claridad. Si estábamos en el cuarenta y pico, con todo el rollo de la segunda guerra, ¡a qué volver! Había un problema, ya, con mi abuelita, que en esos días se había quedado viuda, solita y pobre. Dicen que el abuelo se puso malo desde que partimos y a los pocos meses murió de tristeza. Papá le mandó dinero a la abuela para que tomara un vuelo desde Madrid, pero no había forma de convencerla de que subiera al avión. Total, que tuvo que abandonar un buen trabajo y viajar. Allí comenzaron los problemas. La vieja se plantó a cinco minutos de Barajas. Hizo parar el taxi, porque se orinó y otras cosas feas que no vienen a cuento.
–No lo puedo creer, jajajaja. Pero qué vieja loca…
– ¿Loca? ¿Qué dices? ¿Qué crees tú que tenía que hacer la pobre Concha en el Uruguay, con setenta años y el marido aun calentito bajo tierra?
– ¿Y entonces?
–Mi padre. ¡Pobre! Nada más fue llegar que ya lo estaban reclutando en un coche de estos de las películas. Casi dos años en reserva y otros tantos meses en un hospital, en B...
–Al diablo todos los proyectos.
–Pos, claro. Tuvimos que volver y aprender a vivir de la caridad que nos tuvieron unos primos de mi madre, y luego vine a enterarme de que también de cierto oficio que frecuentaban las mujeres. De dónde, al cabo de unos años, y ya por pura tradición familiar, resultó que yo también vine a aprender.
Mientras esperaban que el semáforo diera el verde para cruzar la avenida, se abrió un paréntesis de silencio. El tráfico de las doce y media del día figuraba un hormiguero removido entrando en pánico. Marisa encendió un cigarrillo, le dio dos o tres calada y lo escupió fuera. Acto seguido pulsó el levanta vidrios y puso al máximo el aire acondicionado. Actuaba como un hombre.
–A propósito –continuó–, ¿qué tal se trabaja en Uruguay? ¿Vienes de ejercer allí la prostitución?
–Con el nombre de Lucas, cierta noche de juerga, me ofrecí a unos caballeros. Por pura curiosidad.
– ¿Cuántos eran?
–Diez, o doce.
–Eso está muy bien. ¿Y te dejaste penetrar?
–No fue necesario. Los tipos querían otra cosa.
– ¡No veas!, siempre pasa lo mismo con esos cochinos. Y cómo vienes de adelante.
–19 x 5.
– ¡Jolines! Ten cuidado entonces con las chicas.
– ¿Qué chicas?
– ¡Mis chicas! Ya te las presentaré. Ellas también son argentinas.
–¿…?
–Todavía conserváis la piel caliente allí. ¿Cuál es el secreto?


IV

Ahora sí llegamos al portal. Bajando a pie desde la avenida, o aparcando el Seat rojo de Marisa. Como más les guste. La cuestión es que hay un cartelito en la pared que pone “6” al lado de la persiana de madera bajada hasta un poco más de la mitad. Agachándose para poder entrar, y empujando una de las hojas de la puerta, el tintinear de un llamador de cuentas de vidrio les da la bienvenida.
– ¡Hola chicas! ¿Dónde estáis bonitas?
La primera sala está en penumbra. El mobiliario huele a madera, metal y género pesado. Con un fondo musical de radio, que proviene de una habitación del ala izquierda, poco a poco van apareciendo, en los estantes, los contornos de un millar de baratijas de diseño hortera, de otros siglos: un candelabro judío, con sus siete brazos de bronce oscurecido, el destello de la platería y un juego completo de té, chino, dentro de una vitrina, miles de abanicos y muñecas antiguas de porcelana desconchada, gobelinos desteñidos enrareciendo el aire con un tufo agrio.
–Ven, es por aquí. Recuerda lo que te he dicho, de otra manera se terminará pronto el negocio.
Las chicas fumaban a pata suelta en una sala contigua. Tenían puesta en la radio una emisora de latinos y todo olía a quitaesmalte y musk. Era como haber entrado en una peluquería, o una pequeña fábrica de ropa. Dos sofás unidos en ángulo, atiborrados de cojines con motivo de cebra, en torno de una mesita baja con superficie de vidrio protegiendo una estampa japonesa, desleída. Y aquellas dos muchachas de rojo. Parecían hermanas.
–Les presento a Pepe. Rubén, para los clientes. Y, ¿a que no se lo imaginan? Es argentino, como vosotras.
Las chicas levantaron con afectación la vista de sus uñas. Estudiaron con ojillos penetrantes al recién llegado, con las limas suspendidas a mitad del trayecto, para luego estallar en una contagiosa carcajada.
–Ya, Ya. No tenéis por qué burlaros ¿A que es guapo?
–Guapísimo, doña Marisa, si no es del joven que nos reímos.
Rubio, abochornado, pidió a sus santos la chance de despertar o desaparecer.
–Qué pena, madrecita, que no recuerde que somos venezolanas.
–A ver. Claro que lo recuerdo, niñas. Es que he querido decir que sois todos de Suramérica.
Para entonces, las chicas se ponían de pie y saludaban al novato con besos frescos, muy cerca de la comisura.
La madama contemplaba encantada el cuadro de su cándido corrillo, suspirando con un dejo de envidia sana frente los pormenores del alegre recibimiento. Echó un par de veces un vistazo a su reloj pulsera con el rabillo del ojo bueno, luego de lo cual hizo un gesto conclusivo de palmearse rítmicamente los muslos sobre la falda.
–Los voy a dejar solos un rato. Tengo cosas que hacer. Sobre las dos estaré de vuelta con el almuerzo, así que ahora, a trabajar.
Y antes de salir:
–Pepe, acércate. Voy a confiarte mi móvil para que trabajes. Es el que hice figurar en el anuncio, hasta que tengas uno propio.
El chico se acercó, visiblemente emocionado, y estiró la mano para tomar el diminuto aparato.
–Puede que llamen unos muchachos de Murcia: Carlos y Fernanda, si mal no recuerdo. Indícales cómo llegar. Por lo pronto, te deseo mucha suerte, y ya sabes… Pos, nada.
Y se fue, guiñándoles el único ojo vivo. Y el chasquido imperceptible de los párpados pintados al cerrarse continuó vigente en el aire hasta mucho tiempo después de que hubo salido.


V

–Mi niñito quedó en Caracas, con mi madre… –globitos de historieta, de sueño o de pensamiento, proyectados hacia arriba, con un gesto de ojos anegadizos, por encima de la crisma, la de cabello rojo.

–¡Ay, mi Papito, que está en Miami…! –apresurada, y en el mismo tono lastimero que la otra, la morena–. Me prometió venir en diciembre para casarnos. Él no sabe nada de esto, claro…

Rubio escuchaba con atención, guardando pudoroso silencio, apenas preguntándose por qué esas dos profesionales del sexo completo necesitarían excusarse así, justamente, frente a él.
–Que es como te lo he dicho, yo tampoco vine a Europa para esto, sino para ser artista…

Esta última era Moni, la pelirroja. Morena de facciones, pero de tez muy blanca y delicada, Mónica se lamentaba de haber sido siempre una “muchacha de familia”, allá en Caracas, y con “varios oportunos pretendientes a sus pies”. Pero después de terminar el Bachillerato, con sobrado puntaje, había ingresado al magisterio, y al poco tiempo había quedado deslumbrada por la imponte figura de un tal Renato Noe, quien coordinaba los cursos de dramaturgia en el instituto. Un hombre mayor, soltero o viudo, en plena decadencia de su carrera actoral, pero cuya virilidad todavía era ponderadísima entre las jóvenes. El tal fulano, luego de inflamar a Moni de una ardiente pasión y de un embrión inoportuno, la había abandonado por otra admiradora menor, con quien finalmente se casó.
–Se llama Jeremías –concluyó llorosa–, mi bebe. Un bonito nombre que recordé, durante el parto, de los cuentos de la Biblia que me contaba mi abuelita.
Hubo entonces un largo bache de silencio. Un tiempo muerto en el que no podría afirmarse, ya a esta altura, si Musi, la morochita, y el chico nuevo lloraban o sonreían.
–¿Y tú? –soltó de prepo la pelirroja, luego de reponerse, dirigiéndose al muchacho.
–¿Yo…? ¡Ah!, mjm. Nada raro. Mi hermano se casó con mi novia.
–¡No digas! –exclamó Moni.
–Si sabré yo algo de esas cosas… –atinó a continuar Musi, acongojada.
–Calla, déjalo que continúe…
–Casi diez años de pareja, ¡Ja! Ehh… ella, resultó que más de seis con los dos al mismo tiempo, así que… aquí me tienen. No sé qué tendrá que ver lo que le digo con su pregunta…, señora.
–¡Ya, cariño!, nada de “su”, ni “señora”. Llámame Mónica.
–Mónica. Guay…, Yo me…
–¡Moni!, prefiero… Y aquí, la amiga Música. Ya ves, en inglés suena como un lema muy chévere: Money &amp;amp; Music. ¡Dinero y Música!
–… me llamo Rubio –concluyó el chico.
–… y no te reprimas, tesorito… ¡¿Quéeee?! ¿Rubio? ¿Oyes, Musi? Se llama “Rubio”.
–¡Pero si eres morocho!, ¡Qué gracia!
–En realidad me llamo Hernán, pero de niño me dicen Rubio.
–¿Y se puede saber por qué?
El muchacho se sonrojó. Y luego de levantarse, carraspear y ponerse a dar vueltas sin sentido alrededor de la sala, dijo que por ahora prefería pasar sobre el tema.
–Es una cosa muy íntima…, digamos, un lunar, o un “defecto” de nacimiento. Pero tranquilas, nada que pueda contagiar ni matarme.
Las chicas, intrigadas, guardaron respetuosamente compostura, pero con muestras evidentes de haber quedado afectadas por el enigma que el chico había dejado a medio resolver.
Musi continuó trabajando sus uñas perfectas con la lima, mientras que Moni revisaba su teléfono con afectada concentración.
–Claro –se decidió por fin la morocha a continuar–, entiendo que los hijos marcan un rumbo muchisísimo más severo. Son para siempre. Lo mismo que el vínculo que naturalmente crean entre los padres. Pero no se olviden que el amor, sobre todo cuando es el primero, por más que no se realice en hijos, deja una marca imborrable. Y si cuando estábamos juntos, yo y Papito, allá en Caracas, ni todo el amor del mundo vino a impedir que nos separáramos…
Y aquí empezó el llanto a raudales.
–¿Para lo que tengo que hacer yo acá en España? ¡Si sabré quién consiguió meterle en la cabeza eso de hacerse rico yéndose a Miami!
Rubio, al principio, también lloró un poquito, viendo cómo la hasta hace unos minutos impenetrable alegría de la morocha se desmoronaba. Y como no sabía qué hacer, hizo lo que vio hacer a la otra compañera. Acercar el cuerpo. Entibiar. Sostener el exangüe cuello con cariñosas prensas manos y, por último, también besar. Besar, de a dos, la piel delicada y humedecida de lágrimas del escote de una chica de 25 años. Beber, de pronto y como sin querer, la sal de ciento cincuenta mil millones de turgentes y calientes arribas o senos o bocas de mujeres a la deriva, en un mundo en donde la desgracia, para ellas, significa incluso un poco más que la palabra “nada”. Y el chico, que sin quererlo, con ser un hombre, también lo significaba. La nada besante. El escozor que sentía en lo más descubierto que encontró entonces siendo su espalda. Sus hombros, el torso, el pecho neumático, entre tantos otros poderes que Musi le venía a descubrir con su reclamo. ¡Qué hermosos estaban!

Y entonces, sin reparo, el chico se bajó los pantalones para exponer su vientre payo a las muchachas. Un vello lacio y casi invisible, como decolorado, que apenas alcanzaba a ensombrecer una cuarta del tronco de un pene fuera de lo común. Algo verdaderamente inédito, pero para nada monstruoso, si no de finas y delicadas proporciones. Una vena púrpura, de un calibre que en ocasiones es posible ver en el reverso de ciertos atléticos antebrazos, afirmaba la estructura de la máquina.
Con la misma velocidad el chico volvió a cubrirse, y antes de que cualquiera de las dos latinas recuperara el aliento, se despatarró en el extremo más alejado de los sofás de cebra, sacó un cigarrillo y se puso a fumar.

Sonó un teléfono. Moni hurgó con su delicada manita de uñas esculpidas dentro de un bolsito blanco y, luego de aclararse la garganta, contestó.
–Aló… Venga, padrecito, tú dirás cuánto dinero quieres gastar… Sí, papi, se me da muy bien. Sí. Sí… Pero deja ya de gastar en móvil y vente para aquí, tenemos todo lo que se te ocurra… Ya, ese es el coste, tú decides. Hasta ahora, guapo.
Mientras tanto, Musi había subido el volumen de la radio y bailaba, haciéndole ademanes al muchacho para que la acompañara.
–Esto se merece un brindis, ¿no os parece? ¡Vaya polla la que traes, Rubio! Con lo pequeño que eres.
– ¡Sálveme Dios, chiquillo! –exclamó Moni, todavía empuñando el teléfono–, que traes mucho más de 20x5 allí. Eres un fenómeno.
–Además de guapo. Te llenarás de dinero, pero no creo que este sea el lugar adecuado. Tú mereces algo mejor. Quizás en Murcia…, pero ¡qué digo!, Barcelona y Madrid a ti te quedan chico. ¿Qué edad dices que tienes?
–Diecinueve.
– ¡Diecinueve!, pero chico, ¿qué haces que no estás en la escuela?
–Ya terminé el colegio, ¿qué creíais?
– ¿Y tus padres, saben de esto que haces?
–Claro que no. Mi padre, hoy día, es presidente de Uruguay. Ni se entera de mí. Y mi mamá se murió. Es decir, acaba de morirse hace unos meses. Un accidente de coche, saliendo de Villajoyosa. Quizás escucharon hablar…
–Ya decía yo que esto merecía un brindis. ¿Quieres ir hasta la granja en busca de cerveza? Aquí tienes. Todas las latas que te alcance.
–De acuerdo.


VI

Antes de salir, el chico manoteó su teléfono y el dinero que le extendía Musi. No sin un contenido arrebato de pudor, esto último, ya que su triste realidad era, desde hace un tiempo, traer bolsillos vacíos. Pero qué felicidad cuando el llamador de cristales de la puerta ejecutó su música, dándole paso y sosiego a ciertos lógicos temores de Rubio de que la jefa los haya dejado encerrados. Se apresuró entonces a escurrirse como una laucha por el hueco que dejaba la persiana.
El empedrado de la calle Aspe reverberaba bajo un sol de pleno mediodía que partía la tierra y lo obligó a calzarse las gafas oscuras. Sonrió. La música y el alboroto de las chicas seguía escuchándose desde afuera. Remontando con la vista la calle en ambas direcciones, reconoció, a pocos metros, el toldo de una tienda de alimentación. Cruzó la calle y se metió en el local acondicionado.
Mientras esperaba junto al mostrador a que alguien lo atendiera, echó un vistazo a un anuncio manuscrito, pegado en el costado de la cortadora de fiambre.
“Se necesita monitor particular para niño con problemas de dislexia. Por contactos, consultar aquí.”



Epílogo
Carlos y Fernanda finalmente llamaron y aparecieron en casa de Marisa sobre las seis. Para entonces la alcahueta había regresado y vuelto a salir varias veces, fastidiada por que la única que había sabido concretar una visita aquella tarde fue Musi. Carlos era un gitanito tostado, de aproximadamente 27 años, temperamental y escueto con las palabras. Se puede decir que eso era todo lo que tenía de guapo. Pasó la tarde fumando porros y conversando con Pepe en una sala de espera del ala posterior de la casa, diminuta y pintada de rosa, con una heladerita, que, pronto descubrieron, estaba llena de latas de cerveza Cruz Campo, y una litera, o camilla, arrimada a la pared izquierda. Ambos simulaban estar atentos a sus teléfonos cada vez que la charla naufragaba.
Mientras tanto, en la primera habitación, las chicas derivaban a merced del estimulante relato de Fernanda, una travesti valenciana de apenas 18 años que se jactaba de haber invertido más de un millón de pesetas en cirugías. Vestía un enterito de jean celeste sobre una prenda elastizada color sandía. Algo que podía ser un body o una camiseta de breteles, que le favorecía mucho el arriba, pálido, escotado, en torno de un par de senos discretos de pezones en forma de estrella.
Mostró que en el costado no tenía rollos. Que el vientre estaba recuperándose de una lipo reciente ...


&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Fernando Callero
Santo Tomé – Santa Fe
Febrero de 2006&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21821081-114091303196904691?l=elarbolencantado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/feeds/114091303196904691/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21821081&amp;postID=114091303196904691&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/114091303196904691'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/114091303196904691'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/2006/02/aspe-seis.html' title='Aspe seis'/><author><name>marlboroblog</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13518549802093400899</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='19' src='http://2.bp.blogspot.com/-wMyqzbMRt6w/Tt2o6PtqsqI/AAAAAAAAAio/EKE8AW3h9cw/s220/alba.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21821081.post-114073894822666115</id><published>2006-02-23T15:42:00.000-08:00</published><updated>2008-08-25T17:05:04.929-07:00</updated><title type='text'>El bañista</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/5310/2210/1600/litoral.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 255px; CURSOR: hand; HEIGHT: 192px" height="237" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5310/2210/320/litoral.jpg" width="313" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;

&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;/ Para que duerma un gran dolor debes esforzarte en hablar claro y permanecer despierto /
&lt;/span&gt;
&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;1
&lt;/span&gt;
La primera vez habías bajado al río a mediodía, dejándote llevar por la intuición y los patentes espejismos que en la nada del cielo iba trazando el calor. El azar fue desplegando entonces, a partir de que sortearas el túmulo de la ruta, la alfombra mágica de un camino ardiente y desolado, de fina arena suspendida en remolinos, flanqueado a la derecha por extensos lotes pelados donde se veía trabajar una máquina. De tanto en tanto, y como para resaltar aún más la ausencia de los árboles, un cartel rompía la horizontal con el anuncio de una casa de bienes raíces.
A la izquierda, tendido a lo largo de los metros que conectan la ruta con la costa, un alambrado olímpico resguardaba exageradamente las precarias instalaciones de palo, paja y cristal de un complejo que unos cartelitos manuscritos identificaban con el nombre de “Club Atlético Comuna X”. Todo lo demás, silencio y calor flameando banderas de atmósfera turbia, en circuitos ascendentes hacia el cielo, y los tallos carnosos y nervados de un cardo florecido en blancas coronillas, tan quietas que parecían no estar ahí. Vos quebrabas algunos para alentar la marcha sorbiendo del extremo herido, ligeramente mentolado. Hasta que por fin apareció el río.
Una franja estrecha y correntosa, con las márgenes pobladas de camalotes en flor, al final de una pendiente. Bajaste buscando un pedazo de playa limpia y la encontraste. Te quitaste la ropa. Trepaste a un tronco encallado en la arena y, sin precaverte, como solías, tanteando primero el agua y el terreno del fondo con el pie, practicaste un clavado. El brazo rampante y helado del río te recibió como un bautista. Te dejaste llevar a la deriva unos cuantos metros que luego supiste remontar con vigorosa natación.

Rara vez una silueta humana apareció en escena: dos niños a caballo, un jardinero trajinando en una finca. Prácticamente nadie.

Volviste a la casa con el crepúsculo, retomando el mismo camino ahora menos infinito.


2

Ocho y media de la mañana. Antes de partir intercambiaste unas frases con la vecina, a cuento del calor y de los perros que revolcaron la basura por la noche. Entonces surgió lo del camino al río.
–No sé si es más directo el que te digo, pero por lo menos hay árboles y casas.
Con lo que quiso decir que era más fresco y llevadero.

Tenía razón la señora. Todo a lo largo y hacia ambos lados de ese camino, si bien de aspecto igualmente desértico, se desarrollaban parques floridos, árboles y fincas con piscina. También casitas con huertas, corrales y hediondos criaderos de aves. Una veterinaria de mascotas. Algunos animales sueltos, solitarios, o en tropilla. Caballos lustrosos con cachas como de armaduras, mascando hierba, con la vista perdida en paraísos rarísimos, la tripa negra del sexo colgando exangüe como un asustasuegras vencido. Pájaros parados en el lomo comiéndoles los piojillos de la crin, castaña, blanca, o azabache y como de vinilo. Esporádicos hombres blancos en cuero y, por lo general, bastante fuera de estado, lavando el coche o arreglando el jardín. Hombres morochos, petizos, lampiños y bien plantados, arreando tropillas al trote sobre un pingo, o en cuatro patas aplicados al desmonte de un terreno. ¿Recordás que sólo estos últimos te saludaban?
Una niña descalza apareció de no sé dónde, viniendo al trote y a los saltos por unos riesgosos palos tirados ex profeso sobre el barro del costado del camino. Perseguía un rebaño asustadizo, de vellones pardos, fluctuante, evolucionando como un torrente de lava por las anfractuosidades del terreno. Más adelante, terneros recién paridos irguiéndose titubeantes, a tiro de una poderosa vaca roja, o de esa otra matrona negra y blanca, redonda como una luna de cuero venida abajo.
Hacia el final del camino, otro complejo. Con el perímetro alambrado y un cartel de tronco. Cincuenta metros de desvío hasta retomar la dirección del río por una callecita estrecha, al cabo cortada por una valla de caños a la altura del terraplén. Una vez allí viste aparecer la escalera y, antes de bajar, desde esa oportuna terraza, echaste un vistazo remontando la playa desierta.

Otra vez en la costa, buscando hacia la derecha la misma playa limpia de ayer, salvo que hoy un poco más lejana. El tronco varado desde donde te tiraste, los agujeros de serpiente o de tucu tucu en el escalón de la costa socavado por la corriente, el medallón de un verde pulido y someramente fantástico de la isla que partía el agua en dos, multiplicando el empuje del torrente. Garzas azules con el pico rojizo o, si se quiere, negras con el pico anaranjado. Una pareja de patos corneteándose mensajes eróticos sin pudor.
–Extraño que hoy tampoco –seguro pensaste–, nadie –mientras dejabas caer la ropa en la arena, un segundo antes del sordo estertor de cuando zambulliste.





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&lt;/span&gt;
Cuatro y media de la tarde. El calor bajó bastante por efecto de unas rachas de viento fresco y húmedo que comenzó a soplar del este, desde la madrugada, haciendo alardes de lluvia con nubes que, al final, al promediar el día, desaparecieron. Por eso es que temprano habías tenido la dichosa “experiencia celeste”. Esa que tantas veces me habías pedido que te “respetara” y yo, debido padecer. Arrebujarte como un caracol entre las sábanas, a primera hora, cualquier día, laborable o no, a la espera de la descarga del meteoro que una fina sensibilidad ósea, o sea, tus putos huesitos transformados mágicamente en antenas, te predecían.
–Dejame que está por llover. Sabés que hoy no puedo hacer nada de nada.
Pero esta vez yo no estaba. Y me juego la cabeza que, a pesar de estar de vacaciones, lamentaste no tener a quien molestar, ni quien te moleste.

Cuatro y media de la tarde, decía. Esta vez elegiste el camino reparado de las fincas. Vas con el pecho descubierto, azotando moscas con la remera, entretenido en reconocer y nombrar los árboles por su nombre. Disfrutando el vacío de personas. Dijiste por lo menos treinta veces “ceibo”, no menos de veinte “sauce” y “paraíso”, un poco menos “timbó” y, para tu sorpresa, más de siete o nueve veces “álamo”. Álamos plateados. Sin lugar a duda excéntricos, de acuerdo con las oportunas consultas a la “Guía de Avifauna del Litoral” que me robaste antes de irte, tan enojado. Álamos con tatuajes de expresivos ojos egipcios en toda la correosa piel del tronco. Estigmas de viejas ramas perdidas durante el crecimiento que te impresionaron, quizás por corroborar de prepo aquella hipótesis mía de que el pasado nunca podrá borrarse de un plumazo.

Llegaste una vez más hasta la valla del terraplén y, antes de descender, echaste un vistazo de rigor todo a lo largo de la costa. En tu playa se recortaban siluetas de extraños, quienes, además de las combas en el aire proyectadas a cada salto que daban desde tu tronco, te espetaban el bullicio impertinente de sus voces y el chasquido de las trémulas cortinas de agua y espuma elevadas tras el impacto.
Al acercarte distinguiste a dos muchachos. Bogaban infructuosamente un trecho contra la corriente y luego se dejaban llevar, o descansaban un rato agarrados a los pastos de la isla. Cuando te sacabas la ropa sentiste cómo, desde su escondite, ellos te clavaban los ojos.
En el agua, a pocos pasos de la costa, había también un hombre. Un viejo de pelo blanco, tostado, de ojos azules, que llevaba un hermoso animal asido de una cuerda. Saludaste y él respondió con manifiesta alegría.
–Esta es mi vaquita tal, me la trajeron del norte.
–Parece que le gusta el agua –acotaste, por decir algo.
– ¡Ah!, le encanta venir al agua, y que le acaricien las tetas– contestó el paisano con luces en los ojos, acompañando lo dicho con maliciosas sobadas a la altura de las ubres de la becerra.
Esto último te inspiró una carcajada “remota, pero como aun fresca”, según me decís en uno de los mails. Pero esos pocos mails son, sin dudas, lo de menos ahora. La cuestión es que te reíste frente al viejo, ese viejo choto refregándose contra una exótica belleza de animal, contra un mamífero místico, en la profunda intimidad de un río, arrimados al punto de disolver y mezclar algo de sus jugos apremiantes en una sopa instantánea que el viejo se tomaba aquella tarde en esas aguas.
El agua está caliente, me decís que te decía, mientras batía remolinos a la altura del sexo, con las palmas abiertas.


&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;4&lt;/span&gt;

–Le gusta que le acaricien las tetas.
El animal va aparejado con un bozal de cinta roja. A penas la línea del lomo y la cabeza completa sobresalen del agua, y sus ojos enormes, de un gris oscuro, brillantes, parecen confirmar con un gesto profano la afirmación del dueño.
–Es por demás de cariñosa.
La becerra explora al bañista alternativamente con uno u otro de sus scanners adosados a cada lado de su cabeza. Botones negros y brillantes, como de fantasía. El muchacho no para de tirarse un clavado tras otro desde el tronco, circulando, al volver, los límites imprecisos del limbo en que esa extraña, y como bíblica escena, se desarrolla. Un presentimiento ambiguo lo acompaña. Difuso. Atávico. Sostenido en una tensión secreta que cree adivinar detrás del gesto impávido del bicho.
El animal de pronto lo confirma dando un respingo.
–A veces se pone nerviosa –se excusa el dueño, disimulando con una sonrisa el esfuerzo por contener la puja.
Pero no alcanza a completar la frase cuando la vaquita arremete con un segundo salto. Esta vez la correa cede y los cuernos se clavan certeramente en la ingle sumergida del chico. El animal cabecea bajo el agua y, con precisión quirúrgica, extrae, de una sola vez, el sexo completo.
Ante el espanto del dueño, el cuerpo del bañista se desagota en el río. Un ovalo de sangre se expande en torno como una pollera, o una capa ocre, de un género pesadísimo del que la vaquita se pone a beber con gusto.


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&lt;/span&gt;
Reaparecen los muchachos. Son dos adolescentes de entre quince y diecisiete años. La piel marrón espejada, con joyas de luz resbaladizas. El más alto lleva un pantalón deportivo, de nailon negro, hasta mitad de las pantorrillas, y el otro un clásico short azul con guardas laterales rojas, hasta mitad del muslo. Ambos sonríen y miran a los ojos. El bañista también los mira, y empalma arteramente palabras de la conversación ya gastada con el viejo con otras nuevas que ahora son para los chicos.
–Debe haber un lugar más alto, para tirarse de cabeza…
– ¿Usted siempre viene a entrenara acá?
–No. Llegué hace unos días.
–Nosotros siempre saltamos de un tronco que traemos. Ese es nuestro.
– ¿Así que aquí los troncos sueltos tienen dueño?
–Claro.

Le avisan de una barranca que hay al extremo norte de la isla, a un tiro de donde están.
– ¿Por qué no va?
–Porque no me animo.
– ¡Ah…! no se anima…
–No conozco.

Al rato iba tras ellos.

Abandonan al viejo y su vaca. Las patas metidas en el pantano le dan ensueños acelerados de nuevas laceraciones. Por ejemplo, un lagarto. Una raya tapada de barro. Una palometa serrada. Una tortuga. Nada más “algo” que sepa morder bien el tendón del tobillo. Una ñacanina en el calcañal. Remontando el río, yendo por el bañado de fondo plasmático afirmado en un tejido de raíces, pedos de arcilla y otros muy distintos de pulmón de camalote desinflado. Hasta alcanzar la altura de la punta de la isla, allá enfrente. A menos de veinte metros. Y, sorprendentemente, a costa de un mínimo esfuerzo: el de los miembros, ya que con pocas brazadas el bañista descubre que puede prescindir de la respiración. Se lleva instintivamente la mano a la ingle, bajo el agua, para recorrer con las yemas de los dedos la sutura que el viejo, luego de rellenarlo con partes de agua de río y partes de arcilla de la costa y del fondo, había compuesto con pericia, sirviéndose a penas de una crin de la panza de la becerra. Precisamente de una de las que componían el flequillo ventral en que residía toda la particularidad de su satánica raza.
Trepan la barranca.
El bañista se clava primero. Desaparece poco menos de un minuto y emerge en un punto lejano, corriente abajo. Al verlo aparecer, los chicos se tiran a su vez, según su estilo. Parados. Verticales o bombitas. Pero nunca de cabeza. Cuando el bañista se acerca, el rubio se le tira encima. Emergen. Carcajadas, y el otro que también se tira. Ya podemos ser amigos.


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&lt;/span&gt;
Cuántas veces me negaste, últimamente, como amigo. Me dijiste que ahora las cosas habían cambiado, como es natural que las cosas cambien, pero que, en razón de mi comportamiento, otras se habían precipitado sin control. Cosas que “nos hacían daño”, a pesar de que yo me “negara a reconocer”. Siempre con esa fórmula, la fórmula del éxito. Algo que seguro aprendiste en la facultad. ¿Te acordás cuando “cursamos” el C.B.C.? ¿Te acordarás algo de las teorías de esos tales “Carnap” y “Popper”? Yo no, pero no puedo dejar de acordarme de vos cuando algún drogado de lentes pronuncia, en una fiesta, uno de esos antipáticos nombres.
Te hace daño que todavía te quiera, ya que de vos sospecho que no podrás decir lo mismo. De otra manera no me explico que te hayas ido con ese argumento tan infeliz.
“Me dijiste que ya no me querías” (con voz de mariquita muerta).
Cuando, por lo que recuerdo, mi frase se completaba con las palabras “con locura”. ¡Claro que te dije que ya “no te quiero con locura”!, pero hay más de una manera de interpretar eso. ¿O no?
Tu planta tiene un hongo blanco en las hojas. Les pasé un trapo húmedo, y al principio parecía que ya estaba, pero cuando el agua se secó, el hongo volvió a aparecer. No sé qué se te ocurrirá al respecto. Se la ve muy mal.


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&lt;/span&gt;
Los juegos consistían en poner metas y cumplirlas. En esto el morocho lideraba. Las de saltar y cruzar ya estaban agotadas, así que sugirió la de dar la vuelta a la isla. Dejándose chupar por la otra corriente, circularon el lado opuesto. La vegetación era mucho más brillante y profusa, lo mismo que las aves, que fueron sorprendiendo en el camino en graciosas escenas familiares. Aparecieron unas parejas de alguaciles negroyrojos, de textura sintética. El rubio cazó uno y se lo regaló al bañista. Continuaron nadando juntos, uno muy cerca del otro, esquivando con pudoroso recelo cada súbito tacto submarino.


&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;8&lt;/span&gt;

El bañista volvió a sorprenderse de no necesitar respirar, cosa que por pura costumbre continuaba practicando. Al no penetrar aire en el cuerpo, el ejercicio se limitaba a expandir y contraer las aletas de la raíz. Pero pronto descubrió que conservaba la capacidad de chupar aire y agua por la boca, y luego que, de estos elementos, sólo el agua parecía cumplir cierta función, quizás renovando la que del interior se iba evaporando con el sol y la actividad física.

De pronto y sin razón aparente reparó en que los chicos no habían prestado la más mínima atención a su cicatriz. ¿Cómo explicaría esa huella? Cuando llevó los dedos allí, obtuvo una mínima información en forma de una línea áspera, casi imperceptible. Palpó un extremo de crin y con un ligero tirón la arrancó. Sin saber muy bien qué hacer, la miró y decidió conservarla.
Volvió a acercarse al rubio, que descansaba abandonado a la deriva, mientras el otro desaparecía en la distancia.
–Espero que al viejo no se le ocurra tocarme la moto –le dijo al bañista.
– ¿Qué moto? ¿Por qué?
–Ya me la quisieron robar una vez, y él justo estaba en la playa. Dice que no vio nada.
–Mmm…

&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;&lt;/span&gt;
&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Lo que se dice “El Río” habita muy a gusto en ciertas páginas. Espero, en el futuro, poder escribir alguna de ellas.
&lt;/span&gt;

– ¿No quiere que lo lleve?
– ¿A dónde?
–No sé.
– ¿Y tu amigo?
–Puedo hacer dos viajes.

Se quedaron mirando lejos.

–Se me ocurre algo mejor. Mientras llevás a tu amigo, yo voy caminando. Después volvés a recogerme.
– ¿Después, dice usted, que lo recoja?



&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;9&lt;/span&gt;

Te pusieron algunas gotas de Rímolo en las nalgas. Estabas en cuatro patas, anestesiado. Y una sustancia viscosa que extrajeron, efectuando pequeños cortes, del tronco de un arbolito parecido al Tártago. El baquiano, y cierto anónimo secretario.

Cuando la catarata de productos alcanzó el vientre, el viejo comenzó a trabajar por abajo con la sutura. Hincaba un extremo del pelo atravesando varias capas de piel, como si estuviera hecho de acero aliado con otro material más liviano y flexible, parecido a una tanza.
La vaca mugía estaqueada en la playa. La operación se llevaba a cabo al resguardo de unos troncos de eucaliptos, varios metros más arriba, desde donde serían prácticamente invisibles.

Lo sorprendente era que, más allá del horrible momento de la mutilación, el bañista ya no había vuelto a sentir dolor. Claro que tampoco había permanecido todo el tiempo conciente. En este sentido, todo se le aparecía borroso.

Y ahora resulta que la única testigo de la verdad había comenzado a borrarse.

¿Cómo podía un animal eviscerado y relleno con agua y tierra continuar en pie?
¿Cuánto tiempo iba a tardar en renunciar a practicar la vida tal como si todavía…?
¿Era que aun no se le habían agotado todos los gestos humanos de su repertorio?



&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;10&lt;/span&gt;

La Becerra te exploraba alternativamente con uno u otro de sus scanners adosados a cada lado de la cabeza. Botones negros, brillantes, como de fantasía. Un aparentemente estúpido animal brasilero, extrañado de su pampa y de la carne y de la leche de su madre. Mientras, vos te tirabas con arrogancia un clavado tras otro, circulando, cada vez que volvías a la playa para recurrir el vértigo de ese trampolín ajeno hecho con un tronco funesto, el límite impreciso del limbo en el que aquella extraña y como bíblica escena se desarrollaba.
El animal, de pronto, dio un brinco arrojándose sobre ¿ti? Un ataque que, desafortunadamente, el baquiano nunca alcanzó a sofocar. Y el sistema de correas se ajustó como una media en torno de la cara de la vaquilla, cuyas facciones lucieron, en un punto, como rebalsadas.
–A veces se pone nerviosa.
Pero ya era tarde. De una certera cornada el animal logró vengarse de la distracción del amo alzándose con tu pene, con toda tu belleza que ahora muere-re-re-ré, para siemp-e-re.

Y yo ¿para qué dije tantas cosas, cuando lo único que me proponía decirte es que ya no te amo con locura, sino que te amo?


&lt;span style="color:#ff6600;"&gt;Fernando Callero.
Santo Tomé, Santa Fe.
16/02/06&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21821081-114073894822666115?l=elarbolencantado.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/feeds/114073894822666115/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21821081&amp;postID=114073894822666115&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/114073894822666115'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21821081/posts/default/114073894822666115'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elarbolencantado.blogspot.com/2006/02/el-baista.html' title='El bañista'/><author><name>marlboroblog</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13518549802093400899</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='19' src='http://2.bp.blogspot.com/-wMyqzbMRt6w/Tt2o6PtqsqI/AAAAAAAAAio/EKE8AW3h9cw/s220/alba.JPG'/></author><thr:total>1</thr:total></entry></feed>
