(Utopía evolutiva en 10 capítulos)
por Fernando Callero / 1998-2000
Esta novela es la primera que escribí, entre el 1998 y el 2000. Al principio concentré toda la narración en un dibujo que luego derivó en el cuento de base que es la historia de L y su fuga. Una especie de reconstrucción de un hecho imaginario expuesto del modo en que alguien intetaría explicar con gráficos un accidente. Esa distracción derivó en una serie de aventuras que luego fueron cruzándose con otras, ligadas al otro heroe que es el viajante. Aunque creo que por aparecer primero L logra ganarse el protagonismo. Espero que les divierta, porque no tiene otro propósito que ese.
Intro
Abre los ojos. Está vivo. Lo siguiente es el emplasto húmedo del jean y un peso muerto a la altura del estómago. Toca una mata de pelo y desciende la recta pendiente de un tabique. Es suficiente para que la imagen se complete en su mente y en cuestión de segundos todo el complejo mecanismo del recuerdo se dispara como una moviola que vomitara en simultaneo toda su historia. Con este brillante tesoro como mapa comprimido en un exiguo taper mental vuelve a la vida, es decir, olvida. Lo que sucede de ahora en adelante es otra historia.
1. L en las pistas de arena
a.m. del viernes
Un estruendo de motores irrumpe de pronto desde la derecha. El sobresalto le arranca un dolor que se expande como una señal de alerta del cuello a las extremidades. La parálisis cesa y vuelve a enfocar. Dos D.R. y un Jeep que pasan por el camino hacia las pistas de arena. Se incorpora lentamente procurando que el cuerpo de la chica no se golpee entre las piedras y vuelve a acomodarlo en el hueco que su propio cuerpo deja en el suelo.
Hacia el final del camino se recortan los médanos y en un punto varios vehículos estacionados en círculo. Llega hasta uno de los Jeeps. Una voz distorsionada da la temperatura en la radio: “ ...32 grados, la sensación térmica es de 39 grados en la ciudad de Santa Fe. Llegando a las seis y cuarto de la mañana...”
Se pone al volante e instintivamente enciende un cigarrillo húmedo puesto a secar sobre el tablero. La primera bocanada le inunda los pulmones dejándole un regusto agrio en la garganta. Se le encienden los ojos y por primera vez cobra cuenta del cielo infinito, sin marcas, apenas interrumpido por el perfil del puente hacia el extremo más huidizo del rabillo.
Enciende el motor y va a reunirse con el cuerpo. Lo alza con dificultad echándolo a lo largo del asiento trasero, luego atraviesa una tabla para evitar que resbale y vuelve al volante. Por el retrovisor ve a tres chicos que acaban de deslizarse por la pendiente del médano abandonar sus tablas y correr hacia los Jeeps. Da un giro en U y se pierde levantando una densa cortina de polvo.
Trepa la pendiente de la carretera y al llegar a la mitad del puente se detiene. Desciende al balcón de cemento de uno de los arcos de la estructura remontando con la vista la margen derecha del río. Atento a los movimientos del grupo de surfistas ve que algunos continúan deslizándose, otros parecen discutir junto a los Jeeps. Procura mantener el ángulo exacto que le permita mirar sin ser visto. El muro de hormigón mantiene oculto el coche.
Vuelve al auto y se pone unas gafas. El sol ya comienza a arder trepando el lomo barroso de las islas. Tiene un bosquejo de plan esquemático que ejecuta casi sin atender a su objeto: alzar el cuerpo, depositarlo sobre la baranda y dejarlo caer. Y así lo hace. El cuerpo se mantiene en suspenso unos segundos, se inclina, da un giro completo en el vacío y se zambulle con un sordo pluf en un remanso.
Debe apresurarse a abandonar el auto. Un Jeep y un D.R. vienen acortando velozmente la distancia. Deshecha la idea de continuar caminando y vuelve al volante. En segundos llega al final del puente y se cruza de mano para descender por la pendiente de un club náutico.
Oculta el auto bajo el puente y lo abandona. Se arranca la ropa y la mete hecha un bollo en un tambor de basura. Se pone unos bermudas y una remera limpia que encontró en el Jeep. Trepa la pendiente opuesta y se escabulle entre el tráfico que ya comienza a fluir en la avenida del centro de la ciudad. Para un remís y desaparece.
2. Un rostro familiar para T
p.m. del jueves
La muchacha que camina bordeando la costa tiene el río y una franja de cielo limpio como fondo. Su figura graciosa, asentada sobre gruesas plataformas de unas zapatillas deportivas, se enmarca con el tráfico de coches por un lado y una cerca baja de caños por el otro. La cerca describe un arco siguiendo el contorno curvo de la calzada y resguarda la caída hacia la pendiente de hormigón que va hasta el agua. A esta hora de la tarde el sol aparece detrás de los silos del puerto tiñendo de rosa unas hebras de nubes dispersas.
Las primeras luces de los coches hacen destellar un calco flúor en uno de los bolsillos de su mochila, el reflectivo de las zapatillas y los cables del walkman. Mira insistentemente su reloj de pulsera tratando de encontrar el ángulo de luz que le permita leer en el cuadrante. Cuando lo consigue su tranco y la expresión de su rostro se relajan. Se deja llevar por la pendiente a favor del viento.
El semáforo da paso y me cruzo de mano para doblar. Comienzo una vez más a contar las cuadras: una, dos, tres. Giro a la derecha. Cuento otra, dos tres cuatro... ¡No puede ser! Otra vez en la avenida costanera. Acelero para aprovechar el semáforo que súbitamente se pone en rojo y en mitad de la bocacalle recibo el bocinazo de un camión que se viene encima. Lo esquivo con odio y aprovecho una dársena lateral para usar como refugio. Mientras espero que el tráfico se descongestione vuelvo a ver a la chica. Acaba de cruzar un puente que lleva al otro lado del lago del parque y continúa bordeando la orilla. Pronto la tengo de frente, pero la lejanía disuelve su silueta entre los estertores del crepúsculo.
Cuando el tráfico se corta me cruzo y tomo el puente yendo inconscientemente tras ella. Me adelanto despacio. En cierto punto que se me escapa se hace evidente que ella no me ignora. Pienso en alguna pregunta tonta que me saque del apuro. Pero ¿qué apuro?, me digo soltando una carcajada para darme ánimo. La chica quedó atrás.
El camino muere para los coches en el portal de acceso a un club. Hay una rotonda, y ya dentro del predio un hangar para las embarcaciones donde veo unos hombres ocupados en cargar una lancha sobre un trailer. Los saludo como para no inquietarlos pero ninguno se da por aludido. Doy la vuelta a la rotonda y al pasar otra vez junto a ella hago sonar estúpidamente tres bocinazos antes de acelerar avergonzado. Es todo por hoy.
En el puente las luces se encienden como una guirnalda de cuarzo. Al final la ciudad aparece gris, debajo de una campana de bruma, animada con el tráfico de coches y gente que sale del trabajo. Mientras cambio la emisora en la radio pienso en que ahora va a ser mucho más complicado dar con esa dirección. Oscurece tan de pronto.
Finalmente doy con la casa. Reconozco el auto de mi amigo Reno estacionado en la puerta y con pocas maniobras acerco el coche al cordón. Pongo el seguro, arranco el frente del estéreo y desciendo. Mi amigo atiende la puerta. Me recibe medio borracho, con una porción de pizza en una mano y una botella en la otra. Mi tímido buenas noches queda sepultado bajo el tumulto de voces y música en un living atestado de gente.
3. Púb. Buzios
madrugada entre el jueves y el viernes
(vereda)
Remises estacionados a 45 grados en la puerta del Púb. Los remiseros sentados en los capots fuman mientras escuchan el cotorreo de un grupo de mujeres que ocupa varias mesas en la vereda. Una de ellas, con la cabeza tumbada de lado y ojos abstractos de novillo, sigue el derrotero caprichoso de un corcho que las comensales se arrojan desvergonzadamente a la cara o a los senos. El juego es una versión de mesa del huevo podrido y la prenda para quién se queda con el corcho es narrar una aventura caliente.
En un momento la jarana empieza a decaer y cuando ya nadie se hace cargo de llevar la cuenta de los puntos, la comensal borracha despierta y como tocada repentinamente por un rayo se despacha con un monólogo inesperado.
–Señoras... -(escándalo y risas)-, prepárense a escuchar la aventura más caliente que dio enero de 1983. Para enfatizar el exabrupto eructa sonoramente culminando con un quejido nasal silbante.
–A la mierda –dice una. Las demás permanecen expectantes.
–Cuando yo tenía la Yoli chica (pausa larga, pucho)..., antes del Maxi, vivíamos en Barrio Candioti. Necochea y Boulevard, por Necochea. (En una segunda pausa escamotea una aceituna de un pedazo de pizza fría).
–En la otra esquina había un técnico. Tenía una linda casita con un local adelante con cartel luminoso y todo. Trabajaba bien, le iba bien en aquella época. Era gente que estaba bien... Arreglaba electrodomésticos y a mi no sé por qué se me empezaron a romper las cosas.
–Me daba placer hablar con ese tipo, era feo y medio pelirrojo... pero se cagaba de risa y te explicaba todo, lo que se empastaba, lo del bobinado, parecía un maestro y se notaba que le gustaba lo que hacía. Lo mismo te podía hablar de una comida, de la escuela de los chicos... esas cosas que con Caio nunca.
(Cruce de miradas furtivas entre las chicas. Dos sonoras carcajadas estallan al unísono y culminan en un punto como tragadas. Luego silencio. La locutora, sin prestar atención a la reacción del público, continúa la narración ensimismada).
–Armaba un auto en el fondo de la casa, un Siam que ya era viejo en aquel entonces. Se ve que había sido taxista, o el padre. Yo lo espiaba desde la terraza cuando subía a tender la ropa y él sabía que yo lo espiaba... (alguien hace puntería con un carozo de aceituna contra la bincha de carey de la señora)
–...el día que mamá me pasó el televisor los tipos del flete lo azotaron contra la cancel, casi me muero. El gringo estaba tomando mate en la puerta, recién bañado, y se acercó enseguida a ver... Caio estaba en la Sancor, los chicos en la escuela...
–¡Tere! –interrumpe la morocha de enfrente, la del carozazo–, esa historia la sabemos de memoria. Levanta una aceituna con un pinche y se la lleva a la boca.
–¿No cierto chicas? Además no pasó nada.
La anfitriona aprovecha para hacer fondo blanco con una copa de sidra. Acto seguido se va de costado con silla y todo.
Gran conmoción. La gente que está adentro sale a la vereda atraída por el golpe. Los remiseros se compenetran con el salvataje organizando el tumulto en forma de cadena humana en torno a la ebria:
–Atrás por favor, necesita oxígeno. Que nadie la toque.
Entre tanto una moto inadvertida se mete contramano viniendo desde la avenida. Sube la vereda y se pierde en el terreno baldío que circunda el Púb. En la oscuridad del fondo se abre una brecha de luz y una puerta lateral da paso al piloto.
(Cocina del Púb.)
Habla el motociclista.
–¿Ves estas bolas de pool?
El cocinero asiente con desinterés.
–Son perfectas, pero... –las exhibe con prolijidad gestual de mago-, ¡Ja!, tienen una muesca en la mitad. ¿Te das cuenta? Es una rosca. ¿Te das cuenta?
Ninguna expectativa en el semblante del viejo. No obstante el otro continúa.
–En cada parte entran más de cien gramos. ¿Qué te parece?
–¡Bien! ¡Muy bien sobrino! ¡Qué sofisticación!
–¿Por qué ponés ese tono tío? ¿No te convencen?
–Sí, son perfectas, pero el tema es que seguimos “invirtiendo” plata en esta historia y yo todavía no veo un peso.
–Pará un poco, si tuvieras que poner el cuerpo como yo te volvés loco entonces. Quedate super tranquilo que la plata va a venir toda junta.
–¿Te vieron entrar?
–No, hay un despelote en la puerta. Una borracha creo.
a.m. del viernes. Ya de día y evacuado el drama de la borracha
El remís para en la puerta del Púb. Una chica negra baldea la vereda. Lleva un guardapolvo rosa desteñido abierto sobre un vestido rojo de fibrana y unas botas de caucho beige con plataformas que crujen con el pívot de cada baldazo.
–Hola Leo, ¿y esa pinta?
–Me voy a Mar del Plata. ¿Querés venir?
–Ni loca mi amorcito.
El salón está despejado. Las mesas, las sillas y el pool arrinconados contra las paredes. La pista con su círculo naranja de látex está sembrada de montañitas de colillas y papeles. Por los parlantes suena una f.m. En la caja hay otra chica contando y separando plata. Lleva todavía su producción de noche con restos de papel picado en el flequillo. Simula no darse cuenta de la aparición de L que va y se le planta delante.
–¿Está B?
–Está ocupado –sin levantar la vista–.
L se sonríe, se sirve un chop y se lo toma. Se sirve otro, le tira un beso y se mete a la cocina.
B tiene medio cuerpo metido dentro de un freeser. Con el ruido del hielo y las botellas no advierte la entrada de L que se trepa a una pila de sillas y espera. Desde ese trono observa el proceder de B, su aspecto degradado por la caravana del insomnio. Sus movimientos nerviosos, desincronizados. Dos gotas de sudor se le escurren por la nuca hacia una mancha húmeda en el cuello de la chemise.
Se incorpora de golpe y se enfrenta a L que salta de las sillas y le tiende la mano. En ese momento entra el tío. Trae unos tacos de madera y una plancha de terciada que deja apoyados contra la pared. Saluda y se va.
–El viejo truco del fondo falso –dice L parodiando el doblaje de las películas. Se acerca a echar un vistazo al fondo del freeser.
–¿Qué hacés así vestido?
B intenta hacer que las bolas de pool que sostiene en la mano pasen desapercibidas pero L les clava los ojos como si adivinara el contenido oculto en su corazón.
–¿Qué te pasó? ¿Dónde esta Jessica?
–Murió.
–¿Dónde está? –repite maquinalmente B sin alterar su expresión.
–En el río. Nos mataron a palos. Sin querer, pero la mataron. La tuve que tirar...
–¿Quiénes?
–¿Quiénes van a ser?
B se limita a sacarse la remera y secarse con ella el sudor del cuerpo.
–Mis amigos –dice L con sarcasmo.
El otro corre nervioso haciendo tintinear las bolas en una mano.
–Mirá L –suelta de pronto- lo más conveniente es que te vayas lo antes posible.
L sonríe con el labio partido.
–Tengo trescientos –continúa B–, te doy una de estas y la movés por ahí -destapa una bola y se levanta un pase con una tarjeta. Vuelve a hundir el plástico y prepara una línea en la tapa del freeser. Saca un billete de cien nuevo, arma un cilindro y se lo pasa. Deja otros dos billetes sobre la tapa.
–Dame doscientos más y quedate con las bolas –dice L–.
–No puedo, debo plata hermano. Mové esta bola y quedate con setecientos.
–Estás loco, me duele todo el cuerpo -le muestra unos hematomas en el hombro. Además robé un jeep de los surfistas para cargarla y estoy seguro de que me vieron. Lo que necesito es plata para viajar un tiempo.
B se pone rojo, se pasa las bolas de mano mientras piensa un nuevo argumento. Se toma la línea toda por un mismo canaL
–Te tenés que ir ya, yo no tengo más plata. Monos son una banda y vos todavía les debés algo, ya te dije hace rato que te muevas. O volvés con ellos o te vas lejos, no jodás más, no me jodás a mí. Vos los criaste, son tus cuervos.
De pronto hace silencio. Alguien está entrando en el local y por el silbido de las suelas B reconoce a su madre que viene a controlar la caja. Se apura a esconder las bolas de pool en el freeser. Coloca los tacos y encima la plancha que trajo el pinche.
–Estuviste tomando –dice la madre al verlo-, se te nota. ¿Dónde está tu padre?
Deja caer el bolso en otra una pila de sillas sin advertir la presencia de L Cruza la habitación y espía por la puerta del fondo. B se relaja y le hace una seña a su compinche para que se quede callado.
–Se fue a llevar las chicas. No vuelve.
La madre desaparece unos segundos y al volver se topa con L
–¿Y vos, mataste a alguien?
L esboza una sonrisa mogólica como respuesta y B maldice por lo bajo.
–Mamá, haceme un favor. Llevalo a una casa, en Centenario.
Mientras le habla la esquiva para agarrar la cartera de sobre las sillas. Busca dentro hasta que encuentra plata.
–Dale cien que yo le debo, no trabaja más conmigo. Yo después te devuelvo – todo esto corriendo en círculos por la cocina y la madre yendo detrás a los gritos. B le alcanza a tirar un bollo de plata a L por lo alto antes de que la madre le arranque la cartera de un tirón.
–¡Andate! -grita B desencajado.
La madre se da cuenta que va enserio y se apresura.
Antes de salir L se abalanza sobre el freeser y manotea una de las bolas.
–Esto a cuenta de la Patri.
–Ok –dice B y le extiende la mano- buena suerte.
4. M, la del cumpleaños
Reno aparece desde lo que parecería ser la puerta del patio de la casa arrastrando del vestido a una chica flaca que viene trastrabillando y riéndose como loca. Los dos están borrachos y de primera impresión cualquiera diría que acaban de sellar un pacto amoroso y vienen a festejarlo en público. No obstante tengo entendido que la amante oficial de X es S y ésta se encuentra presente en la reunión.
En realidad soy el único que les presta atención y cuando me doy cuenta me avergüenzo y miro para otro lado, un poco porque temo constantemente hacer el ridículo entre tantos extraños, pero creo que aun más porque la belleza y la soltura de la chica me han impactado y no quiero ser tan evidente. Cuando vuelvo a mirar a Reno lo tengo enfrente soltándome la criatura en la falda. Ella se deja caer confianzudamente y me pasa un brazo sobre los hombros.
–¿Vos sos el famoso amigo itinerante? –me interpela con ojos soñadores.
–Ella es Maqui, la del cumpleaños –me explica Reno.
–Encantado. Feliz cumpleaños –digo con el piloto automático, puesto que para entonces estoy tan replegado sobre mí como un bicho bolita.
–¿Cuantos ...?
–Veintiséis
–¡Veintiséis! ¡Qué maravilla!
–¡Qué palabras tan estúpidas elijo dios mío! Por suerte no me escucha. Sale corriendo a cambiar la música. Se pelea con el disk jockey hasta que consigue cambiarla. Pone Michael Jackson y todo el mundo sale a la pista. Vuelve y me arranca de la silla. Me lleva al medio del salón donde todos se ponen a mirarnos y a aplaudir.
Me siento completamente desnudo, atrapado en su red. Un bienestar repentino invade mi cuerpo como una inyección relajante y comienzo a moverme. Al cabo de unos minutos estoy fuera de mí, girando en su órbita, y ella y yo a la vez somos el centro de una elipse mayor que nos disuelve a toda velocidad... bla bla bla bla.
Hacia el final de la noche el aspecto de la reunión es el de esas canciones de gente borracha abrazada y llorando. Yo estoy lúcido y feliz porque la del cumpleaños no se me despegó en toda la noche. Es muy dulce cuando dice pavadas e imponente cuando lanza un comentario filoso, acompañado con ojitos chispeantes, pequeños e inteligentes.
Algunos salen a la puerta a tomar aire y otros se van yendo. Hay unos artesanos chilenos que vomitan con naturalidad en los canteros y que parece que nunca van a terminar de despedirse. Cargan unas mochilas enormes y andan todo el tiempo a la caza de un nuevo interlocutor. Uno se nos acerca. Me dice que se llama Andy y que es de Santiago. Maqui aprovecha para escurrirse.
Le pregunto si son artesanos y me contesta que ellos se autodefinen plásticos errantes. Está tan borracho y fumado que a veces lo único que entiendo de sus frases es el cachay del remate. Me habla de un tal Escher, de la reversibilidad del espacio. Yo le digo que de eso no entiendo nada. Que soy viajante y que vivo en mi auto desde que mi esposa me echó de casa. Mientras le hablo se desmonta la mochila y comienza a hurgar en su interior. Extrae objetos metálicos envueltos en paños que va depositando sobre el césped del jardín. Toma uno y me lo extiende.
–Éste te lo regalo compadre –me dice.
–Está muy bueno, ¿qué es?
–Es un objeto reversible, de recorrido infinito. Un Moebius, como le decimos.
Lo examino atentamente, probando cada posible mutación facilitada por la articulación de las piezas. Después examino los otros que son como variaciones de un mismo motivo en forma de rosa o loto. También parecen constelaciones hechas de alambre, con pequeñas cuentas de cristal enhebradas y aseguradas con alambre más fino.
–Muchas gracias. Lo conservaré.
–Mañana pueden venir a casa con MAQUI, se quedan a comer y le muestro todo el stock. A lo mejor le interesa venderlas y va a comisión.
–Puede ser –respondo sin disimular la gracia que me produce pensarlo–, en principio acepto lo de la comida. Yo solamente sé de ropa y mercería. No sé si esto me va a funcionar.
–Sin compromiso, después charlamos compadre. Se puede hacer dinero con esto. A demás tengo unos catálogos con explicaciones, muy bonitos a color.
–Muy bonitos a color –repito por lo bajo.
El otro chileno lo llama. Se está trepando a la caja de una camioneta que va cargada de gente. Andy guarda todo en la mochila y me da la mano. Se despide también de Maqui y llega justo para colgarse de la camioneta en marcha.
Reno desapareció con su novia. Pienso en cuáles serán mis próximos pasos. Deambular hasta que amanezca y abran los negocios, echarme un sueñito en un parque, cosas a las que estoy acostumbrado. Hace quince años que viajo y más de un año que no paro en una casa. A no ser cuando paso por aquí y me quedo una noche o dos en lo de Reno, el único contacto que mantengo con mi vida anterior. Los demás amigos y parientes se hicieron a un lado cuando caí en desgracia. Tiempos horribles en los que me vi deambulando en busca de afecto, prestamos en efectivo y garantías propietarias para alquilar. Hasta que decidí adoptar el auto como vivienda y todo se solucionó, o por lo menos una parte.
Pero parece ser que mi nueva amiga tiene otros planes. Cuando me despido se queja, me aprieta la mano y me lleva a saludar a otro grupo que se va. Mientras intercambia chistes con unos que no saben que hacer con su Renault me elevo espiritualmente a unos metros de altura y desde allá arriba, como si fuera a la vez amante y cupido, veo un matrimonio feliz despidiéndose de sus amigos desde el porche de la casa, con el hijo menor dormido en brazos y todo. Bella fantasía del amor conyugal, libérame de más desgracia.
–Tené cuidado –me gritan desde el auto-, es una chica vampiro.
–Estoy preparado para cualquier cosa –contesto reprimiendo el bombazo de sangre que se me sube a la cara.
Ella me rodea la cintura con un abrazo consolador. Me distrae de la bronca señalando el lucero de la mañana que es patente sobre un fondo plomizo de cielo. Por el Este se insinúa un tinglado de nubes negras cargadas de agua e iluminadas esporádicamente por refucilos.
–¿Creés en eso de pedir un deseo? –digo–.
–No sé, creo que siempre que tuve uno tomé sin pedir.
–Jajajaja… Seguro, a veces es lo mejor. La intercesión cristiana es muy romántica, pero es estúpido esperar que las cosas te caigan siempre del cielo.
–Bueno, lo de pedir deseos a una estrella o a un panadero no está tan mal. La cuestión es mendigar a gente que no vale la pena por cosas que sí la valen y tienes todo el derecho a tomarlas.
Entramos a la casa. Rescatamos unos vasos entre el desorden y preparamos un trago con lo último que queda de vodka.
–Espero que no te preocupe –me dice echada en un sillón hamaca del living–.
–¿Que seas un Vampiro? –respondo capciosamente para despistarla de mi preocupación, que todavía no me abandona–.
Ternera, como la llamaré por menos de veinticuatro horas, me incrusta su nariz filosa en el cuello y yo me vuelvo a entregar de cuerpo y alma. La nariz permanece ahí mientras la cargo hasta la habitación, que todavía no conozco pero que no me es difícil adivinar al final del pasillo.
Enciendo la luz con el codo. Unas tulipas de color amortiguan el resplandor del foco, dándole homogeneidad al desorden que reina en la habitación. Hay posters de T.C.2000 sobre el respaldar de la cama y banderas a cuadro cruzadas como emblemas en cada ángulo del cielo raso. Ropa tirada sobre los muebles y objetos, envases, revistas. Dos monitores de televisión puestos en estantes de ménsulas sobre la computadora.
Hay más equipo que no conozco. Una especie de consola, dos estantes bajos con cientos de videocasetes a lo largo de dos paredes, casi todos los títulos que aparecen en los lomos son fechas y el nombre de una localidad, o un barrio, escritas a mano. Recorro las estanterías dándole tiempo para que despeje la cama y se quite la ropa, pero al parecer mi curiosidad la fastidia porque enseguida me pide que ponga algo en el equipo de música.
Elijo al azar un compact, uno de los miles que hay tirados o en montones por toda la pieza, y lo pongo en el equipo de audio. Una especie de bossa nova rápida me distrae de una idea que había comenzado a rondarme y en la fuga me deja una picazón molesta.
–Es drum ‘n’ bass –me dice.
–No los conozco.
–Es el nombre del estilo, la banda se llama Everything but the girl, un grupo de moda. Algo así como Todo menos la chica. ¿Qué música te gusta?
–Cualquiera, la de la radio... –pienso en algo moderno– un bolero de los Fabulosos Cádillacs...
–¡Dios mío!, no, no, otra cosa.
–Bueno.. ¿Cómodores?
–Sí...
–Chic. Air, Wind and Fire...?
–Sí, a eso me refería... –mucho más tranquila–, ¡Qué suerte!
La espiral no nos abandona. Es acústica y nos devuelve al baile. Trepado a su espalda recuerdo el frío delicado de las cariátides del patio de la escuela. Mi manera furtiva de acariciarlas aprovechando las gotas deslizantes del rocío matinal. Todo flujo y sonido vibrantes. Me invade una imagen primaria del amor, un presente escolar, un trofeo en el polideportivo, y Úrsula, mi compañera de equipo, acariciándome en la pileta.
Jadeo sobre su nuca y chupo como un bebe hambriento. Ella me busca los dedos y también chupa con la pulpa húmeda de los labios que adivino roja y a punto de brotar. Aminoro la marcha y retrocedo, dolorosamente.
Estoy a su merced, libre de mí. Gracias, le digo al oído.
Me despierta un torrente de lluvia. Entre dormido cierro las ventanas y al volver miro instintivamente el reloj. Las diez. Apenas dormí tres horas. Como sé que va a ser imposible volver a dormirme me tiro a hacer fiaca en un sillón.
La veo dormir. Ni se me ocurre despertarla. Quiero evitarle el disgusto de abrirle la puerta a un extraño que invitó, borracha, a dormir en su casa y al otro día no lo quiere ni ver. Pienso que lo mejor sería buscar la forma de salir después de la lluvia. Dejar una esquela amable en la mesa de luz y luego tirar la llave por debajo de la puerta. Se me ocurre también probar suerte esperándola con el desayuno listo (cosa que, teniendo en cuenta su temperamento, podría resultar contraproducente). Prepararme un mate y sentarme a disfrutar del patio. Sacar la radio al porche, ver caer la lluvia sobre las espumillas deshechas que entreví antes de cerrar la ventana. Hogar dulce hogar. Si no me caso ahora, no me caso más.
Una vez en el porche se me ocurre hacer unas anotaciones. En el mismo folio del remito que estuve preparando anoto: Ayer conocí una chica de veintitrés años que me cambió la vida. Pero otra vez la desconfianza del imbécil del Renault se me mete en la cabeza y tacho la frase. En todo caso debo ser yo el que decide cambiar su vida y no creo estar seguro de querer eso. Esto lo pienso nada más.
Debajo del borrón hago un dibujo. Estamos Maqui y yo jugando a la paleta en una playa. A la derecha el mar encrespado con un sol naciente y al otro lado, sobre la arena, el auto con las puertas abiertas. Dibujo en el aire unas notas musicales para representar que hay música saliendo de la radio. Escribo Everything but the girl.
5. El agujero de los putos
Trepa al quinto piso por la escalera caracol. En el patio delantero del departamento sus amigos retuercen una sábana en equipo vertiendo un estridente chorro contra la pileta de cemento. Carcajadas y voces se cuelan tras la cascada y viento caliente que se embolsa en la cavidad del lavadero. Cierra los ojos y piensa en chicas jugando con agua. Mira el cielo y ve llegar un frente de nubes gordas desde el Este.
–¿Qué hacés? Pasá –grita el viejo–.
–¿Quién es? ¡L!
Brian suelta la sábana y se le tira en cima propinándole sonoros besos en el cuello y en los cachetes. El viejo se acerca y lo abraza, le tira del pelo.
–¿Qué te pasó? Desapareciste.
–Estoy trabajando en San Jorge, bah, estuve...
Brian se asoma a la puerta entreabierta del departamento y discute algo con un tercero al que L no alcanza a distinguir en la oscuridad del living. La penumbra azul del televisor sólo alcanza a recortar una figura echada sobre el sofá cama del cuarto.
–¡Beto, armá una pipa que hay visita! ¡Qué vampiro esta mujer! Hace dos días que está ahí.
L interroga con un gesto al viejo: ¿Quién es?
–Un “amigo” de Brian –responde con tono despectivo–.
Cuando entran, el viejo levanta de un tirón la esterilla de la ventana. El sorpresivo ataque de luz hace que el tipo sufra una especie de shock. Intentar ponerse de pie y arrastra en el movimiento la funda del sofá con un arsenal de objetos con que se ha ido atrincherando durante la estadía.
–¡Guarda el control, bruta! –suelta Brian–.
L emboca por la puerta que da a la cocina y va a reunirse con el viejo que prepara mate. Sentados a una mesita de camping lo pone al tanto de su situación.
Jessi está muerta. Necesita algo de plata, un arma... Desaparecer después. ¿Adónde? A la costa del Uruguay. Tiene un amigo en Colón que...
El viejo no tiene plata. Le propone vender los instrumentos que L les dejó a cargo antes de irse. Hay una banda interesada. ¿Cuánta plata pueden juntar? Trescientos, cuatrocientos, no más. L descarta la idea.
Brian sale del baño donde estuvo encerrado más de quince minutos. Trae el pelo mojado y peinado hacia atrás. Se escurre las manos agitándolas exageradamente tratando de captar la atención tanto del drogón que continúa apoltronado frente a la tele como del grupo silencioso que forman L y el viejo en el fondo de la cocina. El viejo aprovecha para pasar un último dato: Beto tiene un auto y él y Brian se mueren por unas vacaciones.
–¿Qué hacemos con él? –susurra L-.
–¿Con quién?
–Con Beto.
–Nada. Bah, lo que vos quieras.
L se trepa al alféizar y echa un vistazo al barrio. Al final de la mole circular de cemento se destaca la arboleda muy por encima de los últimos pisos. Deben haber pasado un par de años, piensa. De pronto cree escuchar (imposible, dada la distancia) como un murmullo entre las copas. Desplazamientos. Una sombra descolgándose de una rama.
En las galerías de la planta baja hay niños jugando. Ve cómo un grupo obliga a una niña a sentarse en una hamaca. Luego el líder la impulsa con fuerza y los demás corren a esconderse entre las escaleras del cuerpo de blockes que queda a su espalda.
Algunos se treparon al descanso del tercer piso que da justo sobre ella y comienzan a arrojarle piedras. La mala puntería los excita a procurarse proyectiles de mayor calibre. El más pequeño del grupo de tres, que ocupa el descanso del tercer piso, se las ingenia para despegar un rectángulo de cerámica del borde de la loza.
L se queda quieto observando en detalle todo el procedimiento, como si eso que está ocurriendo frente a sus ojos perteneciera a un orden extraño que lo descalifica de antemano para actuar. No obstante sabe que algunos de ellos son los hijos de sus hermanos de crianza, sus compinches de la manzana 12.
Cuando el chico deja caer el proyectil por entre las rejas de la baranda, L saca medio cuerpo por la ventana. Los putos escuchan primero el grito de L, el impacto y luego un chillido estremecedor. Los tres se agolpan en la ventana. El drogón asoma al balcón delantero y los interpela con señas. En eso la silueta veloz de una mujer joven atraviesa el rectángulo del parque hacia la criatura que yace sobre la arena. La carga sobre un lado y se la lleva. La plaza queda desierta con un manchón oscuro secándose.
L vuelve la mirada hacia los árboles. Algo brilla un instante y vuelve a extinguirse entre el follaje. Algo que puede ser un relámpago en el cúmulo de nubes negras que se han ido estacionando como naves en el límite del Fonavi (pero también la sospecha de un filo de metal captando un último rayo.)
Brian se le acerca por detrás y le coloca un saca bujías humeante entre los labios.
–Esto te va a sacar la cara.
Aspira una bocanada amarga que le quema la garganta y se da cuenta de que no es hierba sino pasta. Retira la pipa y expulsa el humo por la ventana.
–Hay gente en los árboles.
–Hay Monopremas –replica el viejo–.
–¡Monotremas! –corrige Brian–.
–Son esos heavys. Animales, semimogólicos. Vos los conocés a todos.
¿Qué hacen?
–Editan la revista, fuman, asaltan gente. Ahora quieren armar una banda. Vos los conocés a todos.
6. Planes
Al atardecer Beto y Brian van en el auto a comprar comida. L y el viejo aprovechan para trazar el plan de fuga. El viejo da más detalles de la situación de Beto.
El muchacho es de Paraná. Viaja todas las semanas trayendo y llevando encargos (que no, no es droga.) Visita a Brian y se queda colgado un par de días, fumando y cogiendo en el departamento. Trae muy poca plata pero de buena fe se la da toda al viejo para que la administre.
La idea que sugiere el viejo es la de embarcarse todos en un viaje a Paraná, con cualquier pretexto. Lo siguiente es despachar a Beto y escapar con el auto. De ahí a la costa del Uruguay son cuatro horas. Pueden descansar en Concordia, en casa de amigos, y luego continuar bajando por la ruta 14 hasta los balnearios de Colón. Si consiguen plata pueden continuar viajando hacia el sur y disfrutar de una playa con mar.
L se deja llevar entusiasmado con la perspectiva del viejo y al cabo está tan eufórico y henchido de fantasías de viajero que se avergüenza cuando el viejo amigo lo estrecha en un abrazo y lo cubre de besos llamándolo primo Leonardo. La palabra mar lo envuelve en proteicas y oscuras resonancias y por primera vez en lo que va de su fuga la idea de futuro se abre paso en su mente. Un pasaje en penumbras, pero con los esbozos de carril suficientes como para correr seguro. El vértigo es algo que no trabaja con planes.
Golpean la puerta. L y el viejo cruzan una mirada inquieta interrumpiendo la conversación. El viejo se asoma prudentemente a la ventana de la cocina mirando de soslayo al descanso de la escalera. No ve a nadie allí, pero sí en el primer tramo de la planta baja donde hay dos monos esperando. Alguien se asoma al balcón del lavadero y les hace señas de que suban.
–¿Quién es? –grita el viejo yendo hacia la puerta–.
La respuesta es otra serie de golpes y al final:
–Aldo. Queremos ver los instrumentos.
–Esperen que vuelva Brian, me estoy bañando.
Luego silencio con deliberaciones en murmullo entrecortado.
–Tenemos una plata ¿Porqué no abrís?
–Digo que me estoy bañando, vuelvan más tarde.
L vuelve al living y se coloca junto a la ventana para espiar. Los reconoce a todos. A dos de ellos vio perseguir a Jessi cuando ella se soltó y corría hacia el río. Los vio perderse en la oscuridad y después escuchó los gritos. Él ya estaba muy nockeado, en cuclillas al lado del auto, y alguien le sacudió una patada en la cabeza cuando atinó a levantarse.
Pensó que si tuviera a mano una automática sabría lo que hacer sin que le temblara el pulso. Pero como la flema racional del viejo lo había enfriado ya lo suficiente, se limitó a quedarse quieto y esperar. No obstante los grabó en su mente, gatillando sus nombres verdaderos, exhumándolos minuciosamente de detrás de cada apodo glorioso con que una vez él mismo los bautizara: Máximo, G.T., Venom, Zancadilla y toda la prole de monos alfabetizados para la resistencia.
Les enseñó a vender droga en el centro, fuera del barrio, porque “donde se come no se caga”. A recuperar armas para venderlas a la policía. Les enseñó a no tomar hasta recuperar la plata y a respetar jerarquías en la redacción del fanzine, en la calle, en el vecindario. Pero cuando se fue a conseguir plata del otro lado del puente, se sintieron abandonados, traicionados. Entonces lo persiguieron para hacerle daño, para meterle culpa, sin saber qué hacer con el legado, sin importarles qué decisión lo había llevado a partir.
Tuvo un arrebato de salir a retarlos, pero sabía que el odio a esta altura era un sólido instalado para mover el daño en cualquier dirección, y no sólo entre ellos y él sino indiscriminadamente hacia fuera de cada uno.
El grupo permaneció deliberando en el lavadero unos minutos y después se retiró.
–Tenemos que acelerar los trámites L. No los quiero más en mi casa.
–Tenés razón, ya me estoy yendo.
–Esperá un poco. Si pudieras irte con Beto a Paraná, sin dejarte ver. Te quedás hasta el fin de semana. Ya se me está ocurriendo algo.
–¿Qué cosa?
–Yo tengo que levantar videos el sábado, como te dije. Tengo la llave de la vecinal y el tipo que está a cargo tiene una onda conmigo, así que siempre me espera. Es un puntero importante y sabe dónde está la plata, o una parte. A mí me tiene una confianza ciega, porque sabe que lo mío es el trabajo nada más.
Si Brian viene con migo, sin que el tipo se dé cuenta, puede hacernos unas tomas mientras cogemos, total ahí hay equipos. Después lo sobornamos, o lo apretamos, como sea. El tipo es casado así que se va asustar. Yo ya no tengo training en esto, pero me las voy a arreglar. Ya trabajé mucho y es hora de que se me cumpla el sueño de visitar Mar del Plata.
7. Beto y Brian van de compras
Cuando salen del super, ya es entrada la tarde. Llueve a cántaros y el estacionamiento está tan iluminado como un estadio. Beto se divierte activando las alarmas de los coches nuevos, sin prestar la más mínima atención al guardia que desde una garita le hace señas con un silbato.
Brian se mantiene a distancia llevando las bolsas, haciendo lo imposible para contener la risa. Cuando están junto al auto, empuja a su amigo por el agujero de la puerta y corre a ponerse al volante. Una vez ganada la calle estalla en una estruendosa carcajada que acompaña con bocinazos y virajes en “s” al estilo Dukes de Hazard.
Al instante advierte que el humor de Beto ha cambiado súbitamente de tono. Con el ceño contraído, el muchacho parecería estar sufriendo un peso o un dolor insoportable, y lo que más inquieta al piloto es un ligero estrabismo que al otro se le ha instalado en los ojos.
A la constricción sobreviene un estallido. Incapaz de controlarse, Beto rompe el vidrio de un aletazo. Llora y ríe como aterrorizado de sí mismo mientras le muestra a su compañero el antebrazo y el puño ensangrentados. Todo en tan poco tiempo que cuando Brian frena el auto apenas se han alejado unos metros del acceso al super.
–Beto, ¿qué te pasa? –grita Brian al borde de la histeria–.
–¡Me quieren eliminar!
–¿Quiénes?, ¡por dios!
–L y el Viejo. Quieren el auto.
–Ah Beto, estás celoso.
El muchacho empieza a llorar. Se cubre la cara con las manos, ambas con sangre a esta altura, y llora convulsivamente con la cabeza apoyada en la guantera.
–Beto, sos divino. No llores más ¿Qué pasa? ¿Querés fumar?
Sin esperar respuesta reinicia la marcha. A esta hora el cielo de la ciudad aparece surcado por simétricos andariveles aéreos con fluorescencias ámbar. Después de la lluvia, un aire fresco se cuela entre las calles del centro como un hidratante paliativo del calor.
Al llegar al extremo sur dejan atrás los blockes y toman la ruta. Antes de subir al puente desvían a la derecha y se detienen junto a unos arbustos. El sol desaparece detrás de unas nubes rezagadas que el viento arrastra del otro lado del puente. No obstante en el cielo y en el río persiste un resplandor difuso.
–Mirá Beto, la flor del ceibo. Dicen que la historia de su flor es la historia de un corazón que estalla.
Con la vista tendida hacia el infinito, Brian improvisa su monólogo para un interlocutor ideal, en nada asimilable al bulto rígido echado en el asiento del acompañante.
–Vos no sos romántico, pero sos un niño de tierno. Tenerle miedo al Viejo. ¡Tenele miedo a Dios! Te enfermás por nada. Vos por lo menos tenés trabajo. Pensá en mí, ¿yo qué tengo? ¿La pensión del viejo?, ¿Un plan de vivienda en esa mugre?, ¿Changas en la vecinal?
–Ahora pensás que mis amigos te quieren matar. Vos te estás matando, porque no resignás nada al amor. Ni siquiera estás conmigo, que soy capaz de darte la vida.
Beto permanece estático en el asiento reclinado al tope, con el brazo herido apoyado en el vientre. Parece dormir con los ojos abiertos, o al menos nada de lo que esté ocurriendo dentro o fuera de su mente parecería llamarle la atención.
–¿Quién te dijo que L y el Viejo te quieren eliminar? Estás paranoico de tanta pasta. Acá tenés un pañuelo.
Sin esperar respuesta se pone a trabajar él mismo. Enciende la luz interior del coche y se inclina sobre su amigo tomándole el brazo con delicadeza. Rasga la tela de la manga hasta la altura del hombro y la sujeta con un nudo sobre el bíceps. Con mirada microscópica hurga entre la sangre y las fibras de piel buscando astillas de vidrio. Las quita una por una empleando las uñas del pulgar y del índice antes de iniciar el vendaje.
De pronto recuerda algo y sale del coche. Busca en el baúl un bidón de agua y un trapo limpio cuidadosamente doblado y guardado en la caja de herramientas. Vuelve al interior y con esmero de enfermera embebe el trozo de paño en agua y lo escurre sobre las heridas del brazo. Una vez limpio no se muestra en tan mal estado. Hay sólo un corte profundo que viene del codo y en torno una miríada de pequeños cortes superficiales que, no obstante, contribuyen a aumentar el caudal de sangre.
–Ahora voy a frotar, así que portate bien.
Apoya el trapo en el antebrazo y lo hace correr hacia la mano presionando con fuerza.
–¡Ya está! ¡Ya está!
Sin embargo Beto no se queja, ni tiene de qué, puesto que ha dejado de respirar hace más de quince minutos, y para cuando Brian se entere, su amigo ya se habrá acomodado un lugar en el otro mundo. Entonces no le quedará más remedio que apurar el mal trago abandonándolo ahí mismo, entre los arbustos junto al río. O hacerlo rodar por la pendiente, hacia los cofres de hormigón de la autopista nueva y regresar al departamento con el auto.
8. Visita a los chilenos
Entramos. La casilla está en penumbras y huele horrible. El viento hace titilar la llama de una vela apoyada en el suelo irregular de tierra. Al fondo de la habitación están los chilenos haraganeando sobre un colchón sin cubierta.
–¡Compadre! –grita Andy, y nos estrechamos la mano.
Saludo al otro que terminó de armar un porro y camina en cuatro patas para tomar fuego de la vela. M se prepara un asiento con una de las mochilas y se pone a charlar.
Como no se me ocurre qué hacer aprovecho para recorrer la casa y hacerme una idea completa del lugar. Me meto en una habitación donde la oscuridad es totaL Poco a poco mi visión se adecua a las sutiles variaciones de luz. Primero distingo un resplandor amarillo que se cuela por el zócalo mal asentado en las paredes divisorias. Después una fluorescencia gris en líneas horizontales que dibujan una jaula en todo el perímetro del cuarto.
Aparece ahora también un rectángulo. Se trata de una ventana con el mecanismo de una tapa de baúl. Levanto la tapa y la trabo con un palo dejado expresamente en el borde del marco. Lo que veo es una película en blanco y negro. El cielo encapotado neutraliza los contornos de manera tal que todas las cosas parecerían surgir de una misma materia gris licuada, con diferentes grados de concentración. El vecindario duerme.
Ningún movimiento en los traspatios de tierra. No hay frontera marcada entre los terrenos ni evidencia de criterio en la disposición de las casillas. Una pañoleta de color atrae mi atención asomándose desde detrás de un arbusto. Alterna sus apariciones como una enorme flor amarilla o una bolsa de residuo enganchada en una rama y agitada por el viento.
De una casilla de zinc plantada en el mismo terreno salen dos niños. Uno de ellos hace rodar una cubierta y corren tras ella. Aparece también una perra gorda con las tetas super desarrolladas que corre al verlos correr y se les interpone en el camino. Cuando llegan a la altura del arbusto el primero voltea la rueda y se sienta sobre ella. El otro se le tira en cima disputándole un lugar. Ruedan por el barro chillando como teros, se ríen y se golpean en serio.
La pañoleta se eleva y descubre una gorda vieja que reprime con más sopapos el escándalo de los chicos. Luego desaparece todo el grupo por la puerta del rancho. La perra reina sobre la cubierta hasta que se aburre y también se va. Liberado de la acción y del color el panorama se limita a flamear.
El olor es insoportable una vez que vuelvo a meter la cabeza dentro. En un rincón próximo descubro lo que parece ser su foco: un poso de escasa profundidad con un promontorio de mierda y papeles en el centro. Me acerco y distingo la palabra Eclesiastés en una de las hojas. Hay por lo menos media Biblia echa bollo ahí a dentro.
Vuelvo a la primera habitación. Los chilenos y mi compañera fuman y conversan en cámara lenta. Todavía no hay señales de comida. Al rato tocan la puerta. Andy se arrastra y atiende. Es una vieja que trae una cacerola negra envuelta en una nube de vapor con un agradable olor a salsa.
–Ojo que está caliente - advierte con un gesto maternaL
El otro chileno le da algo de plata y la mujer se va contenta. A través de un ojo en la pared la veo saltar ágilmente la cuneta y cruzar la calle a grandes trancos.
Mientras todos comen yo me termino el porro y me duermo. Cuando despierto la casa está oscura y una lluvia torrencial golpea la chapa del techo. Alguien meó en el rincón próximo no hace mucho ya que la tierra aún despide un vapor nauseabundo. Enciendo un fósforo y con él el cabo de una vela. A un costado la olla negra con un resto de guiso apelmazado en el fondo.
Voy hasta la puerta. Está trabada con una cadena con candado.
–¡Qué gente estúpida¡ -grito enfurecido. Me vuelvo a echar nuevamente en el colchón imbuido de una segunda inyección de sueño.
No tengo idea de cuanto dormí. Me levanto tambaleando y voy hacia la puerta. Intento voltearla a patadas pero está tan húmeda que parece de caucho. Espío a través del agujero de la cadena. Está ese resplandor monótono que no me dice nada de la hora salvo que todavía es de día. La lluvia es lo único patente.
Cuando considero que es inútil seguir esperando, escarbo la tierra al pie de la puerta hasta que consigo un boquete entre la pared y el suelo. Salgo arrastrándome en el barro como una lombriz y en el colmo de mi desesperación descubro que se llevaron el auto.
Sin saber qué hacer me cruzo a la casa de la cocinera pensando que a lo mejor ella me pueda decir algo. Golpeo. Nadie contesta. Vuelvo a golpear con más ímpetu y esta vez la puerta cede a los golpes. La escena que se desarrolla en el interior me deja petrificado.
El único foco de luz proviene de un fuego encendido en la cavidad de una Maquinaria rectangular erigida en el único ambiente de la casilla. Es una especie de robot con un diseño geométrico muy primario como los de las viejas películas de ciencia-ficción. Las partes del monstruo son módulos que enseguida reconozco como latas de galletitas ensambladas con soldaduras y bisagras. Algunas conservan el ojo de vidrio intacto y a través de ellos se hace visible la pirámide humana que oficia de médula y motor.
Un muchacho y un viejo ocupan respectivamente uno de los gabinetes inferiores que hacen de piernas. Estos son los únicos reforzados con nervaduras de metal fundido ya que deben soportar toda la carcasa y su tripulación. En el módulo inmediatamente superior, que hace de tronco, hay dos niñas al control de palancas que activan los movimientos de los brazos.
Aparentemente se trata de una prueba piloto ya que, a cada orden impartida desde la cabina, cada uno, y en orden sistemático, ejecuta su misión articulando el miembro del robot que tiene a su cargo. El gabinete capital es el único que no tiene ojo de vidrio. Es un cubo herméticamente sellado, del tamaño de un lavarropas, incrustado en forma de diamante sobre la viga de los hombros. No respetando el orden antropomórfico aparece montado sobre el lado izquierdo, dando esa inquietante sensación de inestabilidad de algunas construcciones modernas.
Me vienen a la memoria esos gigantescos camiones llamados Terex, con que se construyen las represas, y que tienen una cabina individual en un costado. Del extremo superior emerge una chimenea que escupe un humo claro de poca densidad con un olor agradable, por lo que intuyo que no proviene de combustión de petróleo sino de alguna otra sustancia menos tóxica.
A una nueva orden impartida desde la cabina (no puedo precisar si se trata de un hombre o una mujer, debido a la distorsión que produce el precario sistema de audio), los niños responden jalando de un aparejo común que hace girar el tronco del robot.
Cuando lo tengo de frente el nervio me abandona y caigo de rodillas ante una imagen de Cristo estampada en el vientre del monstruo, con la inscripción NUEVO PODER VECINAL en letras fileteadas en rojo y dorado.
Me arrastro a contramarcha por el barro y en el impulso por saltar la cuneta recupero algo de mis fuerzas. Remonto la calle, atravieso las vías del ferrocarril y, una vez a salvo, me tiro en uno de los bancos del andén.
9. Brian y Terry
Valija, muestrarios, facturas, cobranzas, equipo de mate, teléfono..., todo perdido. Por suerte me quedan la tarjeta, el carnet y cincuenta pesos. Urgente llamar a Buenos Aires para dar una nueva casilla y acelerar el pago de las últimas liquidaciones, sin dar detalles por supuesto. Pero si el auto no aparece voy a tener que viajar, esto no es cosa de tratar por teléfono. Tengo que inventar una buena versión de la historia porque si no me echan y encima voy preso. Necesito una certificación de denuncia policial para cubrirme, ese es otro problema. A lo mejor se puede comprar. Tengo que encontrarlo a R.
Salgo rodeando la estación para no aparecer con este aspecto en una calle concurrida. Siguiendo las vías llego hasta un puente y desciendo por el terraplén hasta un camino de tierra que muere en una rotonda. Más allá el campo enorme y árboles. Al otro lado unas columnas de luz que pueden ser del acceso. Voy en esa dirección.
Camino unos metros y veo venir un auto a mi encuentro. Cuando me alcanza reduce la marcha y el conductor me habla. Todavía no puedo verle la cara por el polarizado de los vidrios. Me acerco a la ventanilla, pero el tipo abre la puerta y sin más preámbulos me meto.
–Buen día.
–Me podés acercar al centro, estoy perdido.
Ya estamos marchando y esta evolución me tranquiliza. Saco un cigarrillo y le convido.
–No gracias. ¿Cómo vino a parar acá? -no me tutea y dejo de hacerlo yo también.
–No sabría como explicarle, tuve un accidente...
El auto es viejo pero está bien cuidado. Es un Peugeot 405 con equipo de gas. El tipo maneja muy maL No pasa los cambios de segunda y cada vez que frena y vuelve a andar hace corcovear el auto. Me pone nervioso y no puedo controlar el impulso de mis piernas de frenar y meter embrague. Pero no le puedo decir nada porque el auto es suyo y me está haciendo un favor.
Más allá de eso tiene buen aspecto, un poco excéntrico. Con ese chal y esa campera inflable ajustada parece un muchacho, pero debe andar por los treinta a juzgar por los rasgos bien definidos en su cara angulosa. Tiene pinta de personaje simpático. Sus gestos al volante son graciosos, muy femeninos, y cada vez que mete la pata estudia mi reacción con un rabillo chispeante, sin vergüenza.
–Disculpemé ¿Hace cuanto que maneja?
–Un mes... –titubea-, menos. El auto no es mío. Bah, hace poco que lo tengo. Estoy practicando. Y Usted ¿de dónde viene con esa mugre en la ropa?, disculpe la indiscreción.
–Estuve comiendo con unos amigos acá atrás.
–¿En la villa?
–Sí, atrás de la estación. Me dormí y cuando desperté se habían ido todos. Salí por un boquete, por eso el barro. ¡Qué lluvia!
–Mmmm, ¡qué tipo raro! ¿Quiere volver a la casa?
–No, no. Voy para el centro.
–Pero ¿qué clase de amigos tiene?
–No sé, en realidad no los conozco mucho. Soy viajante y me los encontré de casualidad. Me invitaron a comer y ya ve. A lo mejor me hicieron un chiste.
–¿Y no tiene móvil? ¡Qué presupuesto! ¿O le pagan los viáticos?
–No, la empresa me dio un auto y me lo van descontando de las liquidaciones, pero...
–¡Se lo robaron!
–Algo así, todo es parte del chiste de estos graciosos que le dije. Ya los voy a encontrar.
–Mmmm. Me parece que se la hicieron bien. También usted donde se va a meter. En esa villa no hacen chistes. Yo que usted haría la denuncia.
–Creo que esta es la calle, doble en la próxima que es mano.
–Mire -dice mi chofer y para junto al cordón–, lo mejor va a ser que maneje usted, así evitamos una multa. Yo ni siquiera tengo carnet.
Salgo del coche y aprovecho para sacudirme el barro de la ropa que ya está un poco seco. No llueve más y en la capota del cielo se abre una brecha entre nubes por la que se filtran rayos de sol como en las pinturas religiosas. La calle se anima con el alboroto de los chicos que salen de la escuela y padres y combis escolares con arcoiris en las luces.
–Yo me llamo Brian –me dice mi copiloto extendiéndome la mano.
–Mi nombre es Terry –miento desconfiando de que también él me miente con lo de Brian.
–¡Pero Brian y Terry es una serie! ¿De verdad se llama Terry?
( Es verdad. ¡Qué ocurrencia estúpida elegir ese nombre! Pero ya no me puedo echar atrás sin sembrar desconfianza en mi benefactor.)
–Si, le juro, aunque parezca increíble. Que coincidencia ¿No?
–Mi nombre no es Brian. Me dicen, hace mucho tiempo, y ya lo tengo asumido. En cambio mi nombre verdadero lo odio.
–¿Cómo es?
–Rolando, es un nombre soso. Me suena a tabla redonda, a bando, esa ene es muy gomosa. ¿Qué le parece?
No puedo sofocar la carcajada. Él también se ríe y se deschava con toda la mariconada.
–¡Atenti, atenti! –grita señalándome un zorro que controla el tráfico en un semáforo roto. Lo esquivo y continuamos.
–Mirá Brian, en realidad te mentí. Me llamo Fabricio y me metí en un problema que no sé dónde me va a llevar.
–Puede confiar en mí, yo también estoy metido en una.
–Te agradezco. Resulta que me enganché con una chica, una tal M, amiga de mi amigo R que es de acá. Fue en su cumpleaños donde yo estuve, ya te digo, de casualidad porque es conocida de R. Ahí conocí a unos chilenos que nos invitaron a comer a su casa al otro día, o sea, hoy. Me quedé a dormir con ella, vinimos juntos a la villa y después de una siesta me encuentro con que desaparecieron todos incluido el auto de la empresa. Yo quisiera volver a lo de esta M, pero me parece que lo mejor es encontrar antes a mi amigo que es el responsable de todo. Por lo menos de no advertirme acerca de estos personajes.
–Lo entiendo. Qué situación. Yo tengo un problema similar, más grave quizás porque hay un muerto de por medio.
El barrio de M está desierto. Cruzamos a paso de hombre por el frente de la casa que conserva el aspecto de cuando la abandonamos. Detengo el coche un par de casa más adelante sin apagar el motor y desciendo.
–Esperame un segundo.
–No hay problema.
Salto el portón, me acerco a la ventana sin hacer ruido. Lo único que se escucha es un zumbido como de ventilador y pienso si lo habremos dejado prendido al salir. Espío por la mirilla de la cochera. Está vacía y también la parte visible del patio. Me vuelvo al auto.
–Vamonoooos.
–¿No hay nadie?.
-Creo que no. Ni rastros del auto.
Doy una vuelta a la manzana para ver si lo estacionaron en otro lugar. Después seguimos hacia lo de R, donde tampoco tenemos suerte. La casa está cerrada.
–¿Querés que nos tomemos una cerveza? Yo te invito.
–Buenísimo.
–La compramos y la tomamos en el auto. ¿Qué te parece? ¿Conocés un lugar tranquilo para parar?
–Sí, acá nomás está el parque y hay quioscos.
Tomamos por una calle con árboles viejos de copas enormes que forman un tinglado vegetal sombrío. El túnel desemboca en un parque circular extenso con una capilla y un lago artificial circundado de bancos de cemento. Estacionamos en una dársena del perímetro frente a un drugstore poblado de grupos de adolescentes con el guardapolvo desprendido.
Entro y pido una cerveza a un anciano con cara de pasarla mal con el desorden de los chicos. Es un lisiado en silla de ruedas muy ducho en desplazarse entre los freesers con su moviL Me llama la atención que esté con la televisión encendida a sus espaldas, pero enseguida advierto un rectángulo de espejo ajustado a un parante de la silla donde hecha un vistazo cada tanto.
–Muy ingenioso –le digo cuando me estoy yendo.
–Siempre me supe dar maña –me contesta sonriendo con una dentadura envidiable. El dueño especula con los partidos codificados para atraer gente, pero a mí me tiene prohibido ver la tele por miedo a que le roben si me distraigo. Pero ya no soy un chico para que me pongan penitencias, así que inventé este artefacto. Ahora dígame ¿Cómo se dio cuenta?
–Porque la pantalla se le refleja en los ojos –miento y me voy.
Mi compañero puso música en la radio y descansa con la butaca reclinada.
–Contame qué pasó con ese muerto.
–Es el dueño del auto, un buen amigo. Tampoco puedo hacer la denuncia porque se pasó de droga y a mí ya me tienen calado.
–Entiendo.
–Lo que más me pesa es que lo tuve que abandonar en el camino como un perro.
¿Sin sepultarlo?
–Sí. Está tirado entre unos encofrados de la circunvalación nueva.
–¿Y qué pensás hacer?
–No sé. Si usted me puede ayudar... No puedo contar con nadie mas que con mi compañero de departamento, pero no quisiera meterlo en esto porque ya está viejo y vio demasiadas cosas feas en su vida. Justo ahora que teníamos planes de cambiar...
–No hay problema, tenemos que conseguir una pala.
–Gracias. Podemos venir a la noche. Primero resolvemos lo suyo y si se demora se puede quedar en casa, ahí hay lugar.
–Hecho.
Nos relajamos fumando y bebiendo. La tarde cede pronto paso a la noche y hay vecinos que sacan sus sillones a la vereda para tomar el aire fresco que dejó la lluvia. Nos tomamos el tiempo sabiendo que nuestra empresa nos va a llevar todo el resto.
–¿Te suena Nuevo Poder Vecinal?
–Por supuesto. Pertenezco a la Liga del Fonavi. ¿Por?
Le cuento entonces lo del Terex en la casilla.
–¿A qué se dedican?
–A comandar fuerzas, grupos barriales. Es un grupo criminal organizado. Con personería jurídica y punteros por todos lados: la policía, la legislatura, los medios.
–Sí, oí hablar de esos grupos. Y cómo consiguen esos favores.
–¡Ah¡ Es un secreto. Pero se lo cuento, por ser usted.
–Primero montamos varias farsas televisivas llamando la atención con pancartas y ollas populares. Una vez que llegaban las cámaras fraguábamos un suceso inesperado, una muerte o alguien que se acercaba espontáneamente y daba un testimonio aberrante. El próximo paso fueron arreglos de palabra con dirigentes de los medios para que los espectáculos empezaran a ser periódicos y pagos.
Desde ahí las vecinales funcionaron como productoras de casting. Se instalaron mesas de edición de videos y pequeños estudios para mejorar y acelerar las producciones, y al cabo de tres meses estuvimos en la cima de los ratings en todo el país.
–¿No me digas que ustedes son los de Gato con papas?
–Exacto, yo aparecí varias veces. Ahora me dedico a manejar las cámaras porque ya estoy muy visto. Por favor que no se le escape nada de esto. Con el viejo, mi pareja, nos queremos salir porque se tornó muy peligroso. Se juntó mucho dinero con este negocio y los más avispados acapararon el grueso.
Los que hicieron algo de plata y se la vieron venir se fueron. Nosotros no hicimos ni lo uno ni lo otro pensando en pasarla lo más tranquilos, pero sucedió todo lo contrario. Somos carne de cañón. Encima la muerte de mi amigo lo complica todo porque él estaba muy relacionado con gente que ahora lo va a buscar.
–Me dejás sin palabras.
–Nosotros podríamos servirle de mucha ayuda si usted colabora con nuestro proyecto...
–¿Qué proyecto?
–El de irnos. ¿No me dijo que necesitaba viajar? Usted sería nuestro chofer. Antes pintamos el auto y le hacemos papeles nuevos. Todo esto en el caso de que usted no encuentre el suyo ¿no?
–Mmmm no creo, ahora que se como se están manejando las cosas... ¿Vos podés conseguirme una denuncia para presentar en la empresa?
–Ni lo dude.
En ninguna de las dos casas dan señales de vida así que continuamos hacia el sur. En el fonavi hay mucho movimiento de vecinos y música que sale de los departamentos.
10. Todos juntos ahora
–Él es Terry, un amigo nuevo. Lo encontré haciendo dedo en la circunvalación.
( L y el viejo se lo quieren comer con los ojos.)
-No sean paranoicos, es buena gente. Está metido en un lío, como nosotros. Le robaron un auto que es ajeno y no encuentra a sus amigos.
-¿Y qué podemos hacer nosotros?
-Darle cama y comida por esta noche. Tenemos un plan para mañana temprano. Recuerden que tenemos el auto de Beto, que en paz descanse.
El viejo le hace una seña con los ojos y se meten en el cuarto.
-¿Cuales son los planes, Terry? –pregunta L una vez que se quedan solos.
-Ustedes quieren viajar a la costa ¿no? Bueno, yo tengo que llegar a Buenos Aires cuanto antes. Ahora tienen ese coche y yo permiso para conducir. Nos pareció una buena idea...
-Sabe, el panorama acá es bastante sucio. Brian se toma las cosas con demasiada naturalidad, es el típico bueno que trae mala suerte. En cualquier momento cae la policía a buscarme, o lo que es peor, gente fea con armas. ¿Le sigue interesando la oferta de Brian?
-Sí. Me prometió un certificado de denuncia que necesito. Y con gente fea me topo en todos lados, hace dos meses tuve que matar un tipo en la ruta...
-¿Por qué?
-Porque me salió al cruce con un fierro y me rompió el parabrisas. Un pobre loco al final de un puente roto que hay en Virasoro...
-¿Y qué hizo con el tipo?
-Nada. Le disparé y seguí.
-¿Y todavía tiene el arma?
-No. Se la llevaron con el auto. ¿Ustedes no tienen?
-Sí, algo debe haber acá. Pero siempre es mejor una más. Tome esta automática, guárdela por las dudas.
-Gracias.
-Me sigue pareciendo que está un poco desorientado, fume un poco de esto, le va a caer bien para relajarse.
-Gracias, así estoy bien.
-Haga lo que le digo, necesito socios decididos y usted tiene facha de flojo. Fume un poco.
El viajante toma la pipa y aspira, Tose y lagrimea.
-Retenga el humo todo lo que pueda, por favor no desperdicie droga.
-Dis...cu-cu-pe-cof!, cof!
Las pupilas del viajante se dilatan. Se levanta y camina como para probarse en ese nuevo estado. Recorre el living del departamento deteniéndose en objetos del mobiliario, sorprendido con la nueva dimensión de las formas. Se detiene frente a un espejo y ve una cara extraña, con una barba rojiza y descuidada, el pelo endurecido por el polvo y los ojos rojos.
-Está bueno–dice soltando una carcajada- ¿Cómo no me avivé antes? Ja já.
L se tienta viendo a ese hombre grande desvariar posando frente al espejo, como una criatura. Se le acerca y le toma una mano.
-Me cae muy bien, usted... ¿Cómo era?
-Terry.
-Eso, Terry. Escúcheme –aflojando la risa- ¿porqué no fue directamente a la policía? Por lo del auto digo...
-Digamos que no era lo más conveniente. Entendé que no puedo declarar que me robaron el auto unos hippies amigos de una amante de veinte que conocí ayer. Se supone que estoy trabajando con el auto de una empresa y eso es demasiado comprometido. Pero además... no tengo ganas. Supongo que voy a encontrar a mi amigo y él me va a dar pistas para dar por lo menos con la chica. Si la cuestión se complica tengo la ventaja de una carrera intachable y a lo sumo van a pensar que estoy muerto.
-Mire, no sé porqué le creo, de ser otro ya lo hubiese boleteado ¿me entiende? Una persona como usted generalmente me parece un estúpido. Nosotros no jugamos a la aventura.
-Yo tampoco, quedate tranquilo. Por qué te pensás que estoy acá, ¿me ves cara de curioso?
-Y, sí. Además si la policía lo encuentra con nosotros ¿Qué le decimos? ¿Que de golpe se volvió criminal y se alistó en nuestra banda? Usted es peligroso para nosotros.
-Puede ser, pero no soy estúpido. Algo se nos va a ocurrir, ¿o me vas a decir que ustedes tienen un plan?
El living del departamento se transforma en una oficina de operaciones. Sobre la mesa ratona hay un mapa desplegado del país, una recortada y un rifle de caza que Brian y el Viejo no se animan a tocar. Y el total de billetes que reunieron: cincuenta del viajante, trescientos de L y con lo de los putos suma quinientos en totaL Mientras los otros van y vienen preparando los bolsos y deliberando nerviosos el viajante pide el teléfono.
-No queremos ninguna jugarreta –le advierte L- considérese más que un socio un rehen, ¿me entiende?
-No te preocupes, necesito encontrar a mi amigo.
Atiende el contestador. La voz grabada de R dice “te comunicaste con el -----, en este momento no te podemos atender...” y Terry piensa que lo que sospechó de R y M al verlos juntos en la fiesta era verdad, y que todo fue una trampa para robarle el auto. Imagina ese tour de luna de miel con los chilenos vomitando en el auto y R y M riéndose de éL Les desea un accidente. Trata de producirlo concentrándose en el odio que de pronto se desata en su cabeza al sentirse estafado por su amigo y la Ternera.
-Debí escuchar la advertencia del borracho esa noche, tenía razón. ¿Pero cómo pasó todo este tiempo sin que yo me diera cuenta de nada, de cómo puede terminar una aventura de estas? Falta de tacto supongo. ¿Qué pasó con R desde que nos separamos el año pasado y planeábamos un negocio juntos en Brasil? Vivir en el coche me enajenó de todo. ¿Qué es eso de Nuevo Poder Vecinal? ¿Puedo confiar en estos tipos?
La tele y el fuego de la pipa quemando mezcla son las únicas luces encendidas. En las cortina corridas se dibujan las torres iluminadas y algunas siluetas en los departamentos de enfrente. El silencio es total en el living y en cada sonido involuntario el otro cree adivinar una conspiración: un crujido del sofá, una explosión de tos. Brian preparó sanguches y tragos que van y vienen de la mesa a las bocas y es él único que disfruta de la cena manifestándolo con exclamaciones suspiradas. ¡Mmmm¡, o, ¡Qué bue...! Su modelo de entre casa es una vincha elástica con la que se sujeta los rulos sobre la frente y una pollera pantalón de hilo azul eléctrico.
Nada de filmaciones ni chantaje, eso es pura película –está diciendo Ele. Tenemos que salir cuanto antes.
-¿Y mi denuncia?
-Esperá, dice el viejo. Revuelve unos papeles en una carpeta y saca un formulario en blanco sellado por la policía. Garabatéa una fecha y pide nombre, número de documento y señas del auto de Terry.
-Bueno, entonces, ¿qué esperamos? -dice Terry. En eso se escuchan pasos en la escalera. Pasan frente a la puerta y continúan hacia arriba.
-Esto –dice L saltando como un gato hacia la persiana. Los demás se tiran detrás del sofá.
La puerta hace clanc y se abre. Entran cuatro siluetas esgrimiendo armas; la última enciende la luz.
-No están. Se escaparon.
-Imposible, la pipa todavía está prendida.
-¡Salgan despacio! No pasa nada. L, queremos hablar no más, salí.
L se les aparece por atrás, entrando desde el lavadero. A último momento se le ocurrió salir por la ventana, justo cuando los monos entraban, y ahora los tiene de espaldas. El viejo sale del cuarto fingiendo ¿qué pasa? mientras el viajante y Brian se atrincheran detrás del sofá con las armas gatilladas.
-Despacio chiquito, mirá que a las armas las carga el diablo.
-¿Dónde está L?
-No se, en su casa. ¿porqué no lo dejan en paz?
-No te metas viejito hoyo, contestá lo que te pregunto.
-Mirá mocoso que voy a hablar con tu padre y te la va a dar. Salgan ya mismo de mi casa.
La última vez que L los vio vivos fue de frente. Les habló antes de iniciar fuego cruzado con el viajante, que desde detrás del sofá acertó con dos tiros su parte en la tarea. Les dijo: animalitos míos, y disparó a quemarropa.
Fin
Mi nombre es Terry Vargas. Tengo 46 años y vivo de filetear pescado en Mar del Plata. Hace seis años atrás era otra persona. No sé si mejor o peor que ahora pero no es cosa a la que le dedique espacio en mi mente. Me gusta mi trabajo, me gusta pasear temprano por el puerto esperando los barcos y beber cerveza en la puerta de mi casilla cuando termino.
A la noche vienen amigos a cocinar lo que me dan en la pescadería y ellos se encargan de llenar la pipa. Son viejos amigos. Gente con la que me crucé en plena bancarrota y me ayudó a reconciliarme con migo.
Ahora tengo una idea más clara de mí mismo y en esta situación el pasado no tiene peso. Sé que fui padre, jefe de familia, corredor de comercio. Que tuve un coche que a veces extraño porque viví en él mucho tiempo, pero que siempre supe que tenía que abandonar para poner los pies en la tierra.
No se puede vivir sobre ruedas todo el tiempo. La vida es una estancia con un casco y caminos que te llevan y te traen, aunque ese punto quieto sea una casilla, una mesa, alguien que te trata bien. Y el mar, la gran salida a otros mundos, es la perfecta imagen de lo que uno espera siempre, o de lo que deja correr, como la idea de lo que podríamos llegar a ser siendo otros, en otro lugar, en otra película.
Hoy recibí una carta de mi viejo amigo R en la pescadería. No sé cómo dio con migo después de tantos años. La cuestión es que me pide disculpas por “la broma que te hicimos con M y los chilenos con lo de sacarte el auto”. No sé a lo que se estará refiriendo. No porque ya no recuerde nada, sino porque no puedo relacionar esos hechos con una broma.
Me cuenta a demás que está en la ruina y que le gustaría venirse a trabajar una temporada. Que su mujer le reclama cosas y sus dos hijos le vacían los bolsillos cada fin de semana bajo la amenaza de no volver a verlo nunca más.
No creo ser la persona adecuada para darle una mano, así que rompo la carta y la tiró en la basura. Enseguida siento un fuerte aleteo en el pecho. Entro en la casilla y me sirvo una cerveza helada. Desde la ventana de la cocina, mientras acompaño el trago con el primer cigarrillo del día, veo llegar los barcos desde mar adentro.
Luego de una ducha refrescante estoy listo para filetear hasta las siete. Después vienen mis amigos a verme, los verdaderos. Y espero que traigan hierba para la pipa.
Quizás recuerden lo de la maratonista en el puerto y la primera impresión que me causo M, la chica vampiro. Bueno, cosas así me pasaban en aquel entonces, raptos de soledad descontrolada. Si les quedan unos minutos y algo de interés por esta parte de la historia, les contaré algo más.
Mientras huíamos por la ruta 14, yendo por Entre Ríos, vimos un accidente. No sé bien cómo convencí a mis compañeros de que parásemos, pero la cuestión es que bajé yo solo. Hacía uno de esos días de calor en que el pavimento recalentado genera una ilusión óptica de charcos en la ruta y recuerdo que volví al auto en busca de gafas.
A cien metros de la banquina había un auto rojo volcado. Alguien, una adolescente, había logrado salirse por la ventanilla de atrás y sentada en el pasto se quitaba el pelo ensangrentado de la cara. Un rostro familiar, como aquel otro de la corredora en el puerto, a pesar de que no lograba encontrar su mirada.
Cuando estuve a unos pocos metros y mi sombra se interpuso en su ángulo de visión, se dio vuelta.
–Mi mamá está adentro –dijo sollozando-, y entonces reconocí a mi hija. Me agaché para ver en el interior y vi a Muriel hecha un bollo en el volante, cabeza abajo y con el cinturón puesto. Parecía una anciana, con el pelo suelto y sin tintura, el rostro encogido, las manos ajadas aferrando el volante.
El asiento del acompañante estaba vacío y entonces le pregunté a mi niña si había alguien más.
–Sí –dijo señalando un bulto marrón tirado unos treinta metros campo adentro, hacia donde vi a Brian avanzar lloriqueando.
Yo me ocupé de forzar la puerta del volante y sacar a Muriel arrastrándola de los tirantes de la maya que llevaba puesta, algo que aprendí en documentales médicos. Con el movimiento volvió en sí y se me quedó mirando sin hablar. Luego balbuceó algo ininteligible y cuando le pedí que repitiera la frase sonrío plácidamente y volvió a quedarse dormida.
El hombre estaba muerto. Unos metros atrás encontramos su teléfono celular. El viejo me indicó un número y pedí una ambulancia. Tuve que correr cien metros hasta un mojón para dar el kilómetro exacto, después corté.
–Ya vienen para acá –dije-, y nos marchamos.
Frente a la cámara
L: ¿Alguien trajo algo para comer? (silencio, el contraluz muestra al viejo echado en la butaca del acompañante y a Terry conduciendo, ambos concentrados en sus pensamientos. Está cayendo la tarde y la ruta se extiende hasta cortarse en el borde del parabrisas. El sol está apoyado en el campo del oeste donde se ven grupos de vacas quietas y bandadas de teros trazando parábolas chillonas. L se estira por sobre el asiento y aparece en cámara. Pone la radio donde comienza a sonar un tema viejo de Madonna y cambia a una emisora de rock.)
Terry: Brian, apagá esa cámara (su mano lanzada hacia atrás avanza hasta tocar la lente de la cámara que comienza a retroceder y a moverse.)
Voz de Brian: Espere, ¡hey!, epa, no quiero perderme este atardecer, escuche ¿a qué le tiene miedo?
Terry: No tengo miedo, no me gusta que me filmen todo el tiempo. Tengo que conducir. (silencio, la cámara se queda quieta.)
Voz de Brian: ¿Qué?
(nadie contesta. En un ángulo se ven las manos de L que sacan un bolso de debajo del asiento, una de ellas revuelve el interior y saca una bola de pooL La destapa como si fuera un pote y echa el contenido sobre una revista extendida en su falda. La cámara hace foco en este procedimiento pero la imagen ya no es tan nítida por efecto del contraluz. Las manos vuelven al interior del bolso y una de ellas trae un saca bujías. Con una lanceta una de ellas revuelve dentro del conducto extrayendo algo que la otra limpia con un pedazo de papel o un trapo. Luego hacen lo mismo dentro del hornillo de donde extraen a demás un circulo muy pequeño de alambre tejido, como una maya. Una de las manos toma un encendedor y quema la maya acercándola a la llama, una breve columna de humo se desprende hacia arriba. Las manos vuelven a colocar el filtro en su lugar, luego sacan de un bolsillo interior un paquete de papel que colocan junto al otro montículo sobre la revista y preparan un tercero mezclando partes de ambas sustancias. Lo echan dentro del hornillo y extienden la pipa presentándola a la cámara.)
Voz de Brian: Este viaje va a ser inolvidable. Me siento en el arca de Noe con la diferencia de que acá no hay ni una hembra, ¿no es cierto chicos?, jua jua jua. (silencio, el viejo carraspea y su cabeza desaparece detrás del asiento. Una voluta gigante se desprende desde atrás inundando la cabina del coche.)
Voz de Bian: ¡Qué cara de culo que tienen todos hoy! (la cámara cae de lado mostrando un plano inclinado de la ruta que va paulatinamente desapareciendo en la oscuridad.)
Voz de radio: en nuestro segmento oscuro vamos con Monotremata de Godflesh... (al final de la canción la grabación se corta.)
